Domingo 22 Ordinario C

 Vigesimosegundo domingo del tiempo ordinario C

Antífona de entrada

Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día, porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan (Sal 85,3. 5)

Solo unidos al Señor, que colma con su bondad y con su amor a quienes lo invocamos y perdona siempre nuestras infidelidades, encontramos la vida verdadera, aquélla que satisface plenamente nuestras verdaderas necesidades y nuestros deseos más hondos.

Oración colecta

Dios todopoderoso, que posees toda perfección, infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre y concédenos que, al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Por nuestro Señor Jesucristo.

Evocando su inmenso poder y su excelencia y superioridad en todo, pedimos al Señor que nos conceda el poder amarlo sobre todas las cosas y con todas nuestras fuerzas, que nos haga crecer en las virtudes cristianas y en las buenas obras, y que nos mantenga firmes en este crecimiento que, con su necesaria e inestimable ayuda, vamos alcanzando.

Lectura del libro del Eclesiástico - 3,17-20. 28-29

Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor. «Muchos son los altivos e ilustres, pero él revela sus secretos a los mansos». Porque grande es el poder del Señor y es glorificado por los humildes. La desgracia del orgulloso no tiene remedio, pues la planta del mal ha echado en él sus raíces. Un corazón prudente medita los proverbios, un oído atento es el deseo del sabio.

La primera lectura de este domingo es un canto a la humildad, cimiento de todo el edificio espiritual y fundamento sólido de demás virtudes. Afirmamos muy alegremente que la humildad es la verdad y, con ello, justificamos cualquier comportamiento, aunque a veces, nocivo para nuestro prójimo, como cuando  emitimos una crítica verdadera de alguien, sin tener en cuenta si ello le puede incomodar o herir. Para evitar este poco caritativo comportamiento, que impide nuestro progreso espiritual, San Pablo nos exhorta a unir el amor a la verdad: Así,  -nos dice- “practicando la verdad en el amor, creceremos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo” (Ef 4,15). La humildad es la verdad, sí, pero teniendo en cuenta que la Verdad es Dios y nosotros somos verdad en cuanto que, por la gracia, participamos de la verdad divina. La verdad -nuestra verdad- es que somos seres que hemos sido puestos en la existencia por Dios, a quien debemos todo lo que somos y tenemos.

“Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso” -así comienza nuestra lectura-. Actuar con humildad es situarse en los lugares más bajos de la sociedad. Nuestro crecimiento como personas debe ser un crecimiento hacia abajo: “El que quiera ser el primero -el más importante- que se haga el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). De esta forma tenemos la seguridad de que imitamos al Señor “que no vino a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos” (Mt 20,28).

“Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor”

Dios está siempre de parte de los humildes, y humildes han sido los santos de todos los tiempos, como Moisés, de quien dice el autor del libro de Los Números: “que era un hombre muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra” (Núm 12,3), y humilde era María, que ensalza la bondad y grandeza del Señor con estas palabras: “El Señor ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. Por eso, desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada (…) Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes” (Lc 1, 46.52). Así expresa esta verdad el autor de nuestra lectura: “Muchos son los altivos e ilustres, pero él revela sus secretos a los mansos”.

“Grande es el poder del Señor y es glorificado por los humildes”

No puede ser de otra manera: sólo pueden reconocer la grandeza del Señor aquéllos que carecen de todo, como son los pobres, los humildes, los mansos de corazón. El orgulloso jamás encontrará la felicidad -“su desgracia no tiene remedio”, pues él mismo, por creer que lo tiene todo, se niega, mientras persista en esta actitud, a recibir la riqueza que el Señor está empeñado en regalarle, y es que, como reza nuestra lectura, “la planta del mal ha echado en él sus raíces”

“Un corazón prudente medita los proverbios, un oído atento es el deseo del sabio”

El que cree que sabe, es un ignorante, pues su supuesta sabiduría no tiene nada que ver con las cosas que realmente importan y su sentirse bien proviene exclusivamente, como en el fariseo de la parábola, de su falsa conciencia de estar por encima del resto de los mortales: “Te doy gracias, Señor, por no ser como los demás hombres” (Lc 18,11). La persona sensata y realmente sabia es la que, en todo momento, tiene abierto el oído de su corazón para escuchar la voz del Señor, que resuena desde todos los rincones de su existencia. 

Concluyamos el comentario a la primera lectura dejándonos amonestar por el salmista que nos invita a tener siempre dispuesta nuestra alma a la espera de que la Palabra de Dios: “Si hoy escucháis la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón” (Sal 94 [95], 7b-8a).

Salmo responsorial- 67

Tu bondad, oh Dios, preparó una casa para los pobres.

Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría.
Cantad a Dios, tocad a su nombre; su nombre es el Señor.

Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece.

Derramaste en tu heredad, oh, Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada; y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh, Dios, preparó para los pobres.

Lectura de la carta a los Hebreos - 12,18-19. 22-24ª

Hermanos: No os habéis acercado a un fuego tangible y encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni al estruendo de las palabras, oído el cual, ellos rogaron que no continuase hablando. Vosotros os habéis acercado al monte Sion, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.

Los lectores a los que, con toda probabilidad, se dirige el autor de la carta a los hebreos son cristianos procedentes del judaísmo que, por ello, están interesados en conocer la relación existente entre la Nueva Alianza, inaugurada por Cristo, y la Antigua, en la que Moisés hizo de puente entre Dios y el pueblo. 

Después de la venida de Cristo, de su vida en la tierra, de su pasión, su muerte y su Resurrección, los acontecimientos acaecidos en la etapa anterior (Antiguo Testamento) son considerados por los cristianos como una fase necesaria en la historia de la salvación. Esta fase, aunque perteneciente al pasado, sigue teniendo sentido para la comprensión del presente: las vidas de los creyentes del viejo testamento, de Abraham, de Moisés, de los profetas, de los pobres y sencillos que lo esperaban todo del Señor, siguen siendo para nosotros, creyentes en Cristo, referentes para nuestra fe, pues en el fondo, aunque sin saberlo, es en el Cristo que había de venir en quien, como nosotros, creían. Y otro tanto hay que decir de las repercusiones de las verdades que, a través de Moisés y los profetas, iba revelando el Señor a su pueblo, sumido también, como nosotros, en un mundo en el que proliferaban los falsos dioses. La actitud con la que aquellos creyentes afrontaban los peligros contra la fe nos puede ayudar a superar los nuestros. 

Esta novedad y continuidad podemos considerarla en la lectura de la carta a los Hebreos que hoy nos propone la Iglesia. En ella se resalta la radical novedad que supone para nuestra relación con Dios la Nueva Alianza respecto de la Antigua.

En la primera, Dios se manifestó entre truenos, relámpagos, oscuridad y trompetas, términos que delatan una relación con Dios, basada principalmente en el temor, entendido como miedo a su poder apabullante. En la segunda, los truenos, los relámpagos, la nube oscura, la trompeta ensordecedora han desaparecido: “No os habéis acercado a un fuego tangible y encendido, a densos nubarrones, a la tormenta ni al sonido de la trompeta”

El temor de Dios, provocado por el ruido ensordecedor de estos elementos, ha sido sustituido por un temor, respetuoso ciertamente, pero proveniente de la confianza en quien busca ante todo nuestra felicidad, de la confianza en un Dios que se manifiesta como amor absoluto y desinteresado, un amor que le lleva a darnos la vida de la manera más insospechada e inaudita. La voz del Dios del Sinaí, emitida desde el trueno, asustaba a los israelitas de tal forma, que se tapaban los oídos para no oírla. La voz del Creador y Mediador de la Nueva Alianza, Jesucristo, es una voz dulce, consoladora: es la voz de un Dios cercano y volcado en nuestra felicidad, una voz que nos invita a vivir junto a Él porque quiere fundirse con nosotros: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo -uníos a mí-, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,28-29).

“Os habéis acercado al monte Sion, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo”

Moisés invitó a los israelitas a que se acercaran al monte Sinaí, pero que no traspasaran hacia arriba la ladera que lo circundaba, pues les estaba vetado el contacto directo con el Omnipotente: “Mi rostro no la podrás ver, porque no puede verme el hombre y seguir viviendo” (Ex 33,20). Se trataba de acentuar la trascendencia de la divinidad por el peligro de dejarse influir por los pueblos idólatras y politeístas de los que Israel estaba rodeado. En la nueva Alianza se nos invita a entrar en la misma casa de Dios, representada por el monte Sión, la fortaleza que, junto con el templo, constituían el corazón de Jerusalén, y que, ahora, es el Cielo, la Nueva Jerusalén, donde está Cristo reinando a la derecha del Padre.

“Os habéis acercado”

No se trata de que tengamos que esperar a que salgamos de este mundo para entrar en la casa de Dios, ya que, por el bautismo, hemos sido injertados en Cristo y, por tanto, ya estamos donde está Cristo, en el cielo: “Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3). Ya desde ahora somos compañeros de los ángeles, de todos los creyentes que han llegado a la perfección, al haber terminado con éxito su peregrinaje en esta tierra, y que, por ello, son para nosotros, que somos todavía peregrinos, nuestros grandes intercesores ante el Padre y ante Cristo. El festín de manjares suculentos, que profetizara Isaías, en el que se sentarán a comer todos los pueblos de la tierra, ya está preparado: “El Señor todopoderoso preparará para todos los pueblos en esta montaña un festín de pingües manjares, un festín de vinos excelentes, de exquisitos manjares, de vinos refinados” (Is 25,6).

           Los cristianos residimos ya, por la fe y por la esperanza, en la casa del Pedro, una esperanza que, por ser absolutamente fiable, cambia nuestra vida presente. Los bienes futuros constituyen para nosotros el principal sustento de nuestra vida presente. Así lo expresa el autor de nuestra carta dos capítulos anteriores a nuestra lectura: “Compartisteis los sufrimientos de los encarcelados; y os dejasteis despojar con alegría de vuestros bienes, conscientes de que poseíais una riqueza mejor y más duradera” (Heb 10,34).

 Aclamación al Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya. Tomad mi yugo sobre vosotros –dice el Señor–, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.

 Lectura del santo evangelio según san Lucas - 14,1. 7-14

Un sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido». Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

El evangelio de San Lucas nos transmite diversas comidas que Jesús compartió durante su vida pública con todo tipo de personas, incluidos los fariseos. Ello provocó la reacción de sus enemigos, que lo llamaban “glotón, borracho y amigo de pecadores” (Mt 11,19). 

En la lectura de hoy -según el evangelista, fue un día de sábado- asistimos a una comida en casa de un importante fariseo. Quizá nos extrañe que Jesús acepte comer en casa de alguien perteneciente a un círculo religioso con el que tuvo tantos desencuentros y contra el que lanzó invectivas como ésta: “¡Ay de vosotros, escribas, fariseos, hipócritas, que sois semejantes a sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, pero llenos de podredumbre e inmundicia por dentro” (Mt 23,27). 

No obstante estos desencuentros y estas acusaciones de Jesús, hay que decir que el fariseísmo como tal era un grupo religioso respetable, un grupo que surgió 135 años antes de Cristo con el loable propósito de practicar la pureza de la religión y de no involucrase en la política. Jesús lo tuvo siempre muy en cuenta y nunca se negó a hablar con ninguno de sus miembros. La prueba es su actitud a dejarse invitar por ellos, como la comida que hoy nos cuenta el evangelio, y a estar abierto a reunirse con ellos, como la conocida entrevista con Nicodemo que nos relata San Juan en su evangelio (Jn 3,1-21). 

A pesar de todo, su excesivo rigor en la observancia de las normas religiosas pudo generar en muchos de ellos la conciencia de saberse perfectos y el desprecio de la gente sencilla (recordemos la parábola del fariseo y el publicano, que fueron al templo a orar). Por otra parte, el sentirse y llamarse ‘separados’ -pues eso es lo que significaba el término ‘fariseo’- contradecía el proyecto primigenio de Dios de formar, no sólo un pueblo unido, sino una humanidad fraterna. Son estas actitudes, que solían darse en gran parte de ellos, las que generaron las duras palabras de Jesús a las que hemos aludido.

En la lectura de hoy, el evangelista nos transmite una exhortación de Jesús, al observar que los invitados elegían los mejores puestos en la sala del comedor: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este”. 

Esta exhortación de Jesús podría interpretarse a primera vista como una regla de cortesía con el fin de no hacer el ridículo delante de los demás. En el libro de los Proverbios encontramos consejos parecidos que tienen, al parecer, esta finalidad: “No te des importancia ante el rey, no te coloques en el sitio de los grandes; porque es mejor que te digan: «Sube acá», que ser humillado delante del príncipe” (Pro 25,6-7).

Pero el propósito de Jesús en el caso que nos ocupa va en una dirección más excelente. Con el fin de hacernos ver el grave defecto de creernos mejores que los demás, Jesús nos invita a que aceptemos nuestra insuficiencia como condición necesaria para recibir las gracias que el Padre quiere darnos. Jesús tiene siempre en la mente el Reino de Dios que ha venido a anunciar y a inaugurar, y se esfuerza en hacernos comprender que la condición para entrar en él es nuestra sincera disposición a acogerlo con corazón de niño: “Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 3). Los niños son las personas más necesitadas que podemos imaginar y Jesús quiere que nos parezcamos a ellos; que, como ellos, lo esperemos todo de Dios, nuestro Padre. Tienen corazón de niño los pobres, los enfermos, los débiles, los mal vistos por la sociedad, los que se consideran imperfectos. Todos éstos, a los que llama Jesús “bienaventurados”, son los que se sentarán en los primeros puestos en el banquete del Reino de los Cielos: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas llevan la delantera en el Reino de Dios” (Mt 21,31). 

Y entre los niños a los debemos imitar, tenemos al Niño por excelencia, a Jesús, que se identificó con los más pobres y necesitados de este mundo, y que decía de sí mismo que no tenía nada propio: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Mt 28,20). Jesús es el Hijo -el Niño- por excelencia, el que todo lo recibe del Padre: “Las palabras que yo os digo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí es el que hace las obras” (Jn 14,10). 

Las palabras del Señor, antes citadas, podríamos leerlas de esta otra forma, sin cambiar en nada el sentido que Él las dio: “‘Si no os hacéis como este Niño’, es decir, como Jesús, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Una hermosa expresión que constituye el título de un libro del reconocido teólogo suizo H. von Balthasar.

El que, por sentirse importante, presume de estar en los primeros lugares de la jerarquía social, queda avergonzado cuando los hechos demuestran lo contrario: “Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto”. Y efectivamente. En el fondo de nuestro corazón, llamamos ‘grande’ a la persona humilde, a la que no se siente superior a nadie, a la que, en muchos casos sin conocerla, practica la exhortación de San Pablo de “que no hagamos nada por rivalidad ni por vanagloria, sino que, con humildad, consideremos a los demás como superiores a nosotros mismos” (Fil 2, 3). 

El evangelio de hoy lo dice muy claro: “Cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba”. Ésta es la regla de oro de nuestro comportamiento cristiano y en la que se contiene toda la sabiduría de la Buena Nueva, a saber, la humildad, que llevamos a la práctica cuando nos convertimos de corazón en el último y el servidor a todos: “El que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.

“Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos”

Así termina la lectura evangélica de hoy. El Señor nos instruye con otra parábola, ésta para exhortarnos a poner en valor a las personas sencillas, pobres, a las que no cuentan en la sociedad, a los que se salen de los convencionalismos sociales y morales. Con esta parábola Jesús nos invita a que imitemos el proceder De Dios, que acoge a los humildes y rechaza a los soberbios. Es el mismo proceder que adoptó Jesús en su vida terrestre con sus palabras y con sus hechos. Sería interminable transcribir en estas líneas las enseñanzas de Jesús sobre la predilección de Dios por los pobres y los débiles. Baste recordar el sermón de la montaña, que comienza precisamente resaltando la importancia de estas personas en el corazón de Dios y en el Reino que tiene preparado para todos: “Felices los pobres, felices los mansos, felices los que lloran…”. Y en cuanto a los hechos traigamos a nuestra mente su respuesta a los enviados de Juan Bautista para averiguar si era o no el Mesías esperado: “Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Mt 11,4-5).

Oración sobre las ofrendas

Señor, que esta ofrenda santa nos alcance siempre tu bendición salvadora, para que perfeccione con tu poder lo que realiza en el sacramento. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Las ofrendas del pan y el vino se convertirán en el cuerpo y en la sangre de Cristo, es decir, en su persona. Le pedimos al Padre que este milagro que se va a realizar en el momento de la Consagración sirva realmente para nuestra salvación y para llevar a su perfección lo que ya desde ahora vivimos por la fe.

Antífona de comunión

Qué bondad tan grande, Señor, reservas para los que te temen (Sal 30,20).

Nos disponemos a recibir la comunión, a disfrutar en esperanza de las bondades y riquezas abundantes de las que el Señor nos va a colmar. Al recibir a Cristo sabemos que con él recibimos estas riquezas y la fuerza para llenar nuestra vida de obras de amor y servicio real a todas las personas que necesiten de nuestra ayuda.

Oración después de la comunión

Saciados con el pan de la mesa del cielo, te pedimos, Señor, que este alimento de la caridad fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Si al ingerir un alimento lo asimilamos a nuestro cuerpo, en la comunión ocurre al revés: en lugar de asimilar a Cristo a nuestro ser, somos nosotros quienes somos asimilados a su persona. Después de comulgar podemos afirmar con propiedad el “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” de san Pablo (Gál 2,20). Desde esta unión tan íntima con el Señor, pedimos al Padre que nos haga fuertes en el amor para que nuestra vida sea una ofrenda continua a nuestros hermanos, principalmente a los más desfavorecidos, a aquellos en los que el Señor se hace presente de manera especial. “Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).


Domingo 21 Ordinario C

 Vigesimoprimer domingo del tiempo ordinario C 

Antífona de entrada

Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día (Sal 85,1-3).

Con humildad y confianza -“Salva a tu siervo que confía en ti”- y, al mismo tiempo con insistencia -“te estoy llamando todo el día-, el salmista pide al Señor que atienda a su oración  y le libre de los momentos por los que, como todo ser humano, está pasando. Avivemos en este inicio de la misa estas actitudes de humildad, familiaridad y persistencia, siguiendo la recomendación de San Pablo a los tesalonicenses: “Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”. (1 Tes 5, 17-18).

Oración colecta

Oh, Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, concede a tu pueblo amar lo que prescribes y esperar lo que prometes, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros ánimos se afirmen allí donde están los gozos verdaderos. Por nuestro Señor Jesucristo. 

“Colmad mi gozo de suerte que sintáis una misma cosa, teniendo un mismo amor, siendo una sola alma, aspirando a una sola cosa” (Fl 2, 2). Esta actitud, que debe caracterizar a los discípulos de Cristo, no es producto de nuestro esfuerzo, sino del Espíritu Santo que constantemente obra en nuestro interior para llevarnos a la unidad con Cristo. Nuestra unidad con Cristo será plena cuando nuestra voluntad y nuestro deseo coincidan, junto con la voluntad y el deseo de nuestros hermanos en la fe, con la voluntad del Padre: “amar lo que prescribes y desear lo que prometes”. La Iglesia nos enseña en esta oración a pedir a Dios lo que realmente necesitamos, que no es lo que estímanos provechoso desde nuestro ser carnal, sino lo que Él, de acuerdo con el plan eterno que tiene sobre cada uno de nosotros, considera conveniente. De esta forma empezaremos a gozar ya, en medio de las dificultades y vaivenes de esta vida, de las alegrías del cielo.

 Lectura del libro de Isaías -66,18-21

Esto dice el Señor: «Yo, conociendo sus obras y sus pensamientos, vendré para reunir las naciones de toda lengua; vendrán para ver mi gloria. Les daré una señal, y de entre ellos enviaré supervivientes a las naciones: a Tarsis, Libia y Lidia (tiradores de arco), Túbal y Grecia, a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria. Ellos anunciarán mi gloria a las naciones. Y de todas las naciones, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos, a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi santa montaña de Jerusalén –dice el Señor–, así como los hijos de Israel traen ofrendas, en vasos purificados, al templo del Señor. Tam­bién de entre ellos escogeré sacerdotes y levitas – dice el Señor–».

El profeta en Israel es portador de una gran estima por el hecho de que, cuando habla como tal, es Dios quien habla a través de sus boca. No es necesario que inicie o concluya su discurso con el latiguillo Esto dice el Señor, pero cuando lo hace explícitamente, es porque va a anunciar algo de gran importancia y trascendencia para sus oyentes.

Es lo que proclama Isaías al principio y al final del texto bíblico que la Iglesia nos propone hoy como primera lectura: “Esto dice el Señor”.  ¿Y qué es eso tan importante que nos anuncia hoy el profeta Isaías? Pues nada más y nada menos que la dimensión universal del proyecto de Dios, ya preanunciado al patriarca Abraham, “en cuya descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra”. Y, si eso es así, los israelitas que, en medio de tantas dificultades, han mantenido la fe en el Dios de la Alianza, van a desempeñar la misión de extender esta fe a todas las naciones de la tierra:“Enviaré supervivientes -los creyentes que han permanecido fieles a su fe- a las naciones: a Tarsis, Libia y Lidia, Túbal y Grecia, a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria” .

En el momento en que se redacta este texto -los años del Exilio en Babilonia o los inmediatamente posteriores (siglo VI a.C)-, Israel ha descubierto que el proyecto de Dios con el pueblo es un proyecto para toda la humanidad: “Vendré para reunir las naciones de toda lengua; vendrán para ver mi gloria”-. Ello significa que la relación del Señor con Israel no es exclusiva -una salvación sólo para él-, sino vocacional: el pueblo de Israel ha sido elegido para hacer de misionero para todos los hombres: “Ellos anunciarán mi gloria a las naciones”. Puntualícenos. La gloria de Dios no tiene nada que ver con lo que en nuestra manera de hablar entendemos por gloria: Dios no tiene necesidad alguna de nuestro reconocimiento. Al contrario, somos nosotros los que tenemos necesidad de conocerle para vivir en eterna felicidad con Él: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17,3.

Ver la gloria de Dios significa reconocerlo como único Dios y ello quiere decir que, cuando Dios reúna a todos los pueblos en torno a Él, la humanidad entera se habrá liberado de sus falsos caminos y abandonará todo tipo de idolatría. La gloria de Dios -el conocimiento de Dios- iluminará a todos los pueblos de la tierra.

El pueblo de Israel comprenderá cuál ha sido su vocación como pueblo elegido desde el inicio de su historia: “Te he destinado -dice el Señor- a se luz de las naciones para que mi salvación esté presente hasta el extremo de la tierra”  (Is 49,6).

Anunciar la gloria de Dios a todas las naciones es, para nosotros, dar a conocer a todos los hombres la Buena Nueva del Evangelio, una tarea que nos incumbe a todos los bautizados: “Id y haced discípulos míos a todas las naciones (…), enseñándoles a guardar todas las cosas que os he mandado” (Mt 28,19-20). Esta tarea la hacemos con nuestras propias palabras, si la situación del momento concreto demanda que “demos razón de nuestra esperanza” (1 Pe 3,15) y, sobretodo, con nuestra entrega de por vida al servicio del amor, una predicación en acción en la que los hombres verán en vivo al Dios que da la vida por los hombres. Ésta es nuestra vocación y nuestra única razón de vivir. 

Salmo reponsorial – 116

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.

El salmo 116 es una breve pieza poética pensada para recitarla o cantarla como introducción y conclusión de las celebraciones litúrgicas en Israel. El salmista, representando al pueblo elegido, invita a todas las naciones a asociarse a las alabanzas a Yahvé. 

Los motivos que arguye para esta invitación son la misericordia y la fidelidad del Señor, misericordia y fidelidad que salpican todos los rincones del Antiguo Testamento. Y por fijarme en uno de estos rincones bíblicos, me resulta muy aclarador aquel pasaje en el que el Señor descendió de la nube y se detuvo delante de Moisés con estas palabras: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado” (Éx 34,6-7a).

Estamos ante un salmo claramente mesiánico, ya que conecta directamente con la promesa hecha a Abraham de un Mesías no circunscrito al pueblo de Israel, sino abierto a todos los hombres: “En ti -en Abraham y su descendencia, es decir, en Cristo- serán bendecidas todas las naciones de la tierra” (Gén 12, 3b). Probablemente el salmista esté recordando también aquel otro texto de Isaías en el que el Señor invita a todas las naciones al banquete que preparará en Jerusalén, su Monte santo: “Es en este monte donde el Señor de los ejércitos preparará un festín de manjares suculentos, con vino añejo y carne de primer calidad. Y es también en ese monte donde el Señor quitará la nube de tristeza y el velo de muerte que cubre la tierra” (Is 25,6-7).

Un comentarista de este salmo considera las voces de todos los pueblos como un gigantesco orfeón que entona el aleluya en honor del Dios único que, ciertamente, está vinculado a los destinos de Israel, pero, a través de Israel, al destino de todos los hombres de todos los tiempos. La misericordia y la fidelidad de Yahvé para con su pueblo son una prenda de benevolencia que marca la meta de todos los hombres.

Esta invitación al culto del único y verdadero Dios es la herencia que en la Iglesia hemos recibido todos los discípulos de Cristo quien, momentos antes de ascender al cielo junto al Padre, nos hizo esta recomendación que la Iglesia sabiamente ha elegido como respuesta a este salmo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”

Lectura de la carta a los Hebreos - 12,5-7. 11-13

Hermanos: Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: «Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos». Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos? Nin­guna corrección resulta agradable en el momento, sino que duele; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella. Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo no se retuerce, sino que se cura.

El autor sagrado se dirige en esta carta a cristianos que ya han padecido la persecución. Dos capítulos antes del fragmento sagrado que hoy nos ocupa exhortaba de esta forma a sus lectores: “Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate, unas veces expuestos públicamente a ultrajes y tribulaciones; otras, haciéndoos solidarios de los que así eran tratados. Pues compartisteis los sufrimientos de los encarcelados; y os dejasteis despojar con alegría de vuestros bienes, conscientes de que poseíais una riqueza mejor y más duradera” (He 10,32-34).

En el texto de hoy -estamos en los últimos compases de la carta- el autor redobla la exhortación a seguir animados ante el sufrimiento, el cual nos acompañará hasta el momento en que concluya nuestro combate por el Reino de Dios en esta vida. Tenemos que decir de antemano que el Señor no se goza en los sufrimientos o pruebas que nos toca vivir: si los permite, es para que, a través de ellos, corrijamos las inevitables desviaciones en nuestro caminar hacia la casa del Padre. Son como correcciones del mejor Padre que podemos imaginar, aquél que no descansa un momento en procurarnos la felicidad: “Habeis olvidado la exhortación paternal que os dieron: «Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos”. Recordemos aquellas palabras de San Pablo a los Romanos, en las que les anima a estar alegres en el sufrimiento a causa de las ventajas que conlleva para nuestro crecimiento espiritual: “Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,3-4).

El sufrimiento forma parte de nuestra condición humana, herida por el pecado; no es verdad que el sufrimiento sea bueno en sí mismo y, por supuesto, Dios no se complace en que suframos. Cuando dice Jesús que el Hijo del hombre debe padecer mucho, no se trata de una exigencia de Dios, sino de la triste realidad de la oposición y el pecado de los hombres. “Es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hech 14,22), decía San Pablo a las primeras comunidades de Asía Menor, dadas las fuertes persecuciones que, por parte de las autoridades, azuzadas por los judíos, tuvieron que soportar los primeros cristianos. Pero estas tribulaciones no nos hunden en el desánimo, sino que, como acabamos de comentar, hasta nos gloriamos en ellas, ya que nos acercan a Dios, fortaleciéndonos  en la fe, aumentando nuestro deseo de estar con Él (esperanza) y manteniendo en el amor a los que, como nosotros, soportan los contratiempos de esta vida; en definitiva, haciéndonos crecer en la vida divina -la vida eterna- que se nos ha regalado: “Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo no se retuerce, sino que se cura”.

Aclamación al Evangelio

 Aleluya, aleluya, aleluya. Yo soy el camino y la verdad y la vida –dice el Señor–; nadie va al Padre sino por mí.

Lectura del santo evangelio según san Lucas - 13,22-30

En aquel tiempo, Jesús pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén. Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» Él les dijo: «Esfor­zaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».

Jesús atravesaba ciudades y aldeas, camino de Jerusalén, y aprovechaba cualquier coyuntura para transmitir su enseñanza, en este caso una enseñanza que no halaga precisamente nuestros oídos. En esta ocasión, alguien le pregunta si son pocos los que se salvan. Jesús no responde directamente, quizá para no entrar en la debatida cuestión de los elegidos a salvarse o a condenarse: el mensaje de amor que Jesús viene a revelarnos no va por ahí. 

En lugar de fijarse en la cuestión de cuántos se salvan y cuántos se condenan, Jesús aborda la condición exigida para entrar en el Reino de los Cielos mediante esta exhortación: “Esfor­zaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”. Esta imagen de la puerta tiene que ver con el apego o desapego de adherencias que pueden obstaculizar o facilitar nuestro camino espiritual: una persona obesa o portadora de un equipaje excesivo tendrá grandes dificultades para entrar en un determinado recinto a través de una puerta estrecha. Evidentemente, nos referimos a una obesidad y a un equipaje a nivel espiritual, algo que nos recuerda aquel otro dicho de Jesús de que “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos”. Es verdad. Las riquezas constituyen, siempre que se utilicen al margen del sentido que Dios quiere que las demos, una rémora que entorpece y hasta impide nuestra vida espiritual, pues el mal uso de las mismas obstaculiza el desarrollo normal de las demás virtudes: “La codicia -el amor al dinero- es la raíz de todos los males”(1 Tm 6,10).

El resto de la lectura concreta aún más en qué consiste esa obesidad espiritual y ese equipaje que impide atravesar la estrecha puerta del Reino de los Cielos. Con el ejemplo del señor que cierra la puerta de su casa y no abre a los desconocidos, Jesús emite un juicio sobre las personas que, por saberse los elegidos, creen tener derecho a entrar en su Reino: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”, es decir, hemos vivido la religión de manera intachable, hemos aprendido desde pequeños su doctrina y sus normas morales y hemos participado con la debida corrección en los actos litúrgicos. Si el dueño de la casa, es decir, Jesús, nos responde “No sé quiénes sois“, es que, por vivir centrados en nosotros mismos, no nos hemos enterado de lo más esencial, a saber: que el Reino de Dios no es algo que construimos con nuestras fuerzas, sino un don que, como tal, sólo nos toca recibirlo y acogerlo en nuestro corazón.

“Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”, una condena definitiva para los que, después de oír una y otra vez, y mil veces, la invitación personal a entrar en el Reino de Dios -en el que habrían encontrado su felicidad-, han elegido su propia desgracia, han preferido las tinieblas a la luz, la mentira a la verdad y el propio interés al amor. 

Esto mismo dirá Jesús, en su última venida, a los situados a su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles”, por no haberme prestado ayuda en mis hermanos más pequeños: “tuve hambre y no me disteis de comer”, os regalé la perla del amor y la escondisteis para que nadie disfrutara de ella. Sí, pensabais que erais de mis elegidos, pero caminasteis siempre al margen de mí, haciendo caso omiso de mis palabras. Fuisteis vosotros los que no me abristeis la puerta de vuestro corazón: “Mañana te abriremos, respondíais, para lo mismo responder mañana”, clamaba nuestro Lope de Vega. 

“Hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”.

Cuando Jesús habla en nombre de Dios, muchos judíos, situados en lo alto de la pirámide religiosa, rechazan sus palabras y sus enseñanzas porque, según ellos, atentan contra la esencia misma de la religión judía. Eso pensaban y decían, pero en el fondo, el rechazo provenía de que las enseñanzas minaban sus seguridades religiosas, aquéllas que les hacían vivir en un mundo carente de problemas. No nos extraña que arremeta contra ellos con estas duras palabras: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!” (Mt 23,27).

Probablemente, Jesús no condena sus acciones, que pueden ser correctas desde el punto de vista de la religión, sino la ceguera y cerrazón de su corazón. Ello tiene máxima actualidad para nosotros: éstas y otras personas que, apoyadas en sus certezas, se creen los primeros ante Dios, se llevarán una desagradable sorpresa, al ver que los mal vistos en la sociedad, como los publicanos y las prostitutas de los tiempos de Jesús, les adelantan con ventaja en los puestos del Reino. De los dos hombres que fueron al templo a orar, el fariseo, que daba gracias a Dios por lo bueno que era, y el publicano, que pedía perdón a Dios por sus pecados, uno -el publicano- “bajó a su casa justificado, mientras que el fariseo no, porque todo el que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado” (Mt 18,14).

Oración sobre las ofrendas

Señor, que adquiriste para ti un pueblo de adopción con el sacrificio de una vez para siempre, concédenos propicio los dones de la unidad y de la paz en tu Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

En muchas ocasiones la liturgia hace que trascendamos nuestro ámbito individual con el fin de vivir nuestro ser comunitario en la Iglesia, pueblo de Dios, adquirido por Cristo en su ofrenda sacrificial al Padre. Para este pueblo pedimos los dones de la unidad y de la paz, la unidad que pidió Jesús al Padre para los que iban a creer -que “sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Jn 26, 20-21)- y la paz que procede del Padre y que nos da Cristo, no la que construimos nosotros con nuestros pensamientos y actitudes carnales: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Jn 14, 27).

Antífona de comunión

La Tierra se sacia de tu acción fecunda, Señor, para sacar pan de los campos y vino que alegre el corazón del hombre (cf. Sal 103,13. 14-15).

El labrador siembra y trabaja la tierra, pero es el Señor el que la hace fecundar, sacando de ella el pan que nos alimenta y el vino que alegra nuestros corazones. Son estos bienes de la tierra los que se convierten para nosotros en el verdadero alimento y bebida de nuestra alma, en el cuerpo y en la sangre del Señor. Al participar en este banquete sacramental, nuestra vida se convierte en la vida del Señor y nuestra existencia pasa a ser, como en Cristo, una pro-existencia, esto es, una vida para los demás.

Oración después dela comunión

Te pedimos, Señor, que realices plenamente en nosotros el auxilio de tu misericordia, y haz que seamos tales y actuemos de tal modo que en todo podamos agradarte. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Concluimos la celebración eucarística manifestando en forma de petición nuestro deseo de recibir la ayuda compasiva y misericordiosa del Señor, para que en nuestras actitudes y acciones obremos movidos por la pasión de agradar al Señor en todo. Es lo que pedimos diariamente al Padre: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, y es a lo que nos exhorta san Pablo y numerosos textos bíblicos: “En otro tiempo erais tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz, (…) examinando qué es lo que agrada al Señor” (Ef 5,8.10).