Decimonoveno domingo del tiempo ordinario Ciclo C
Antífona de entrada
Piensa, Señor, en tu alianza, no olvides sin remedio la vida de tus pobres. Levántate, oh, Dios, defiende tu causa, no olvides las voces de los que acuden a ti” (cf. Sal 73,20. 19. 22. 23).
Al iniciar la celebración, hacemos nuestra la actitud del salmista que, en un momento de necesidad y peligro, se dirige a Dios para recordarle la alianza (el proyecto de amor) que estableció con su pueblo, para pedirle que defienda su causa (el plan benevolente que diseñó para los hombres), proteja la vida de sus pobres (objeto de su predilección) y atienda los ruegos de los que ponen en él toda su esperanza. Como seguidores de Cristo tenemos la seguridad de que estos deseos-peticiones que hemos manifestado se harán realidad en nuestra vida. Así nos lo dice el apóstol san Juan: “En esto está la confianza que tenemos en él: en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que hayamos pedido” (1 Jn 5 -4-15).
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno, a quien, instruidos por el Espíritu Santo, nos atrevemos a llamar Padre, renueva en nuestros corazones el espíritu de la adopción filial, para que merezcamos acceder a la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo.
En esta oración nos dirigimos a Dios, a quien, por la acción real del Espíritu Santo, tenemos el atrevimiento de llamarlo Padre. A este Padre, que todo lo puede y mantiene su fidelidad eternamente, le pedimos que afiance constantemente en nosotros la conciencia filial para que podamos un día disfrutar de las riquezas que, como hijos de Dios, nos corresponden.
Al hilo de esta oración nos hacernos estas preguntas: ¿Valoramos el ser hijos de Dios como nuestro tesoro más preciado? ¿Amamos a Dios, nuestro Padre, por encima de todo? ¿Nos interesamos por los demás como lo que realmente son, como hijos de Dios y hermanos nuestros?
Lectura del libro de la Sabiduría 18,6-9
La noche de la liberación les fue preanunciada a nuestros antepasados, para que, sabiendo con certeza en qué promesas creían, tuvieran buen ánimo. Tu pueblo esperaba la salvación de los justos y la perdición de los enemigos, pues con lo que castigaste a los adversarios, nos glorificaste a nosotros, llamándonos a ti. Los piadosos hijos de los justos ofrecían sacrificios en secreto y establecieron unánimes esta ley divina: que los fieles compartirían los mismos bienes y peligros, después de haber cantado las alabanzas de los antepasados.
El autor sagrado se entrega a una meditación sobre la noche en que los israelitas fueron liberados de la esclavitud de los egipcios, noche que, al haber sido anunciada a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, les infundía ánimo ante la seguridad en el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a Israel. Aquella noche fue celebrada a lo largo de los siglos y, si en un principio, se conmemoraba sólo la salida de Egipto, a la misma se fueron incorporando los recuerdos de todas las intervenciones de Dios que tuvieron lugar después, como la alianza del Sinaí, el compromiso del pueblo de obedecer la ley del Señor, el alimento del maná, etc. Esta celebración anual -la celebración pascual- no se limitaba a un simple recuerdo, sino a una participación en los hechos que celebraban como si hubieran estado allí físicamente presentes. Así se manifestaba en la explicación del sentido de la pascua del padre de familia a su hijo, que participaba por primera vez. No decía ‘El Señor ha actuado en favor de nuestros padres al liberarlos de los egipcios’, sino ‘El Señor ha actuado en mi favor al hacernos salir de Egipto’. Todo un anticipo de la celebración eucarística, en la que nos hacemos realmente presentes en los acontecimientos de nuestra definitiva liberación del mal a través de la pasión, muerte y Resurrección del Señor.
En la celebración pascual los israelitas daban gracias por los hechos liberadores de Dios con su pueblo, comenzando por el hecho de la liberación de los egipcios. En cada caso daban gracias por el castigo infligido a sus enemigos y por la salvación del pueblo mediante la intervención providencial del Dios de las promesas. Sobre el castigo a los enemigos debemos aclarar que no se trata, en modo alguno, del triunfalismo provocado por la derrota de los egipcios, sino de la constatación de que los egipcios, al elegir la violencia y el maltrato a Israel, se habían buscado su propia ruina. La alegría de Israel, en cambio, proviene de la protección de Dios, que ha venido en ayuda de su humilde súplica y su debilidad.
Esta acción de gracias conllevaba un compromiso por parte de los israelitas de permanecer unidos en la aceptación de los bienes de la Alianza y en el cumplimiento de la voluntad de Dios, expresada en la ley de la Alianza: todos se comprometían a aceptar tanto las alegrías de la Alianza con Dios, como los contratiempos e, incluso, los castigos provenientes de sus infidelidades: “establecieron unánimes esta ley divina: que los fieles compartirían los mismos bienes y peligros”.
Este compromiso era igualmente un anticipo de nuestra celebración dominical, en la que damos gracias a Dios por la persona de Cristo, su vida, muerte y Resurrección y nos integramos con Él en su dinámica salvadora -en la Nueva Alianza- a través de la nueva Ley del amor, expresada en la entrega al servicio de nuestros hermanos, entrega que llevó a la práctica Él mismo dando la vida por nosotros y expresada en el gesto de rebajarse para lavar los pies de sus discípulos.
Salmo responsorial - 32
Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad.
Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.
No estamos solos en el Universo, estamos bajo la mirada de un Dios que nos ama más que nosotros a nosotros mismos. Eso sí. Sentiremos y disfrutaremos de ese amor, si nosotros, como pobres seres necesitados, lo esperemos todo de Él. Este ponernos en sus brazos misericordiosos es lo que hace de nosotros verdaderos temerosos de Dios, temor en el que, para la literatura bíblica, no tiene cabida el miedo ni, mucho menos, la sospecha de la propensión por parte de Dios al castigo. Lo expresa magníficamente María en el canto del Magníficat: “El Poderoso ha hecho grandes obras en mí. Su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen” (Lc 1:49-50). Los que lo temen son los humildes y los que tienen verdadera hambre de Dios, como Ana, como Simeón, como todos los descendientes de Abraham, todos los cuales esperaban el consuelo de Israel. Todos ellos se verán libres de la muerte y “serán reanimados en tiempos de hambre”.
Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Y aquí viene nuestra respuesta a este amor de Dios: sólo en Dios ponemos nuestra esperanza, pues sólo Dios está dispuesto a salvarnos en los momentos de peligro, sólo Dios es el escudo bajo el cual nos refugiarnos en nuestras horas bajas. Nuestro deseo es que el Señor esté siempre a nuestro lado sosteniéndonos con su clemencia: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”.
Esta clemencia de Dios se realiza de un modo que nosotros no podíamos imaginar. Los que hemos creído en Cristo sabemos que Dios no sólo está a nuestro lado, sino que también está dentro de nosotros mismos: “Si alguien me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23). No sólo es el don del amor de Dios el que sentimos en nuestro interior: es el mismo Dios como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo, el que quiere establecer con nosotros una íntima relación de amistad.
¿Somos conscientes de la riqueza que habita en nuestro interior o valoramos más las riquezas caducas que nos ofrece nuestro mundo?
Lectura de la carta a los Hebreos - 11,1-2. 8-19
[Hermanos: La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve. Por ella son recordados los antiguos. Por la fe obedeció Abraham a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba. Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas, y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Por la fe también Sara, siendo estéril, obtuvo «vigor para concebir» cuando ya le había pasado la edad, porque consideró fiel al que se lo prometía. Y así, de un hombre, marcado ya por la muerte, nacieron hijos numerosos, como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas.]
Con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo. Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad.
Por la fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac: ofreció a su hijo único, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: «Isaac continuará tu descendencia». Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar de entre los muertos, de donde en cierto sentido recobró a Isaac.
“El justo vive de la fe” (Rm 1,17), dice San Pablo a los cristianos de Roma. Ello significa que no es posible cumplir la ley impresa en nuestra naturaleza sin la ayuda de aquel Ser Todopoderoso, en cuya existencia creemos y con cuya asistencia permanente y eficaz a nuestra vida contamos. Este Ser, al que todos los seres humanos tienen acceso a través de sus obras impresas en la Naturaleza se ha manifestado en Jesucristo para la salvación de todos los hombres. La lectura de hoy tiene la finalidad de potenciar en sus seguidores la fe que hemos recibido en el bautismo.
Comienza directamente con una definición de la fe que se ha hecho clásica, pero que revista una cierta dificultad a la hora de entenderla: “La fe es fundamento (base, posesión) de lo que se espera y garantía de lo que no se ve”. O, de otra forma: la fe es una forma de poseer lo que esperamos y un medio de conocer las realidades que no se ven. Benedicto XVI, en su encíclica sobre la esperanza, Spe salvi, nos dice que por la fe están presentes ya para nosotros, aunque todavía en germen, las realidades futuras y que estas realidades llevan al cristiano a relativizar el sustento material de nuestra vida, pues sabe que posee otro sustento, el sustento de la fe, el cual le llevará a la renuncia total a los bienes materiales, si están en peligro los bienes del cielo. Y el que estos bienes que esperamos estén ya presentes en nuestra vida actual -continúa Benedicto XVI- constituye para nosotros una prueba fehaciente de que no son imaginaciones nuestras o deseos nuestros, sino verdaderas realidades que determinan o deben determinar nuestra existencia aquí y ahora.
Esta presencia de las realidades futuras llevó y lleva a muchos cristianos al martirio, apoyados en la certeza de que poseen el verdadero sustento de su vida, una vida que nadie ni nada podrá quitarles, la vida que les da la fe; a otros muchos les lleva a la renuncia a los bienes materiales de este mundo, pues por la fe están sustentados con los bienes verdaderos: de esta forma pueden dedicarse por entero al servicio permanente a los necesitados de este mundo, imitando a Cristo, “que no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos” (Mt 20,28).
La lectura se salta cinco versículos en los que ensalza los comportamientos de tres personajes del Antiguo Testamento, Abel, Enoc y Noé, movidos en todo por la fe: los sacrificios agradables a Dios de Abel, la vida entregada a la voluntad de Dios de Enoc y la construcción del arca de Noé, como obediencia a la palabra del Señor.
Sigue nuestro texto centrado en tres momentos de la vida de Abraham, nuestro padre en la fe, para ratificar su buen comportamiento y su obediencia confiada en el Señor. En cada uno de ellos el autor sagrado repite el mismo estribillo: “Gracias a la fe…”
Gracias a la fe Abraham obedeció la llamada de Dios, por la que partió, sin saber a dónde iba, a la tierra que le iba a dar en propiedad. En esta tierra se instaló como forastero, junto con su hijo Isaac y su nieto Jacob, viviendo provisionalmente en tiendas, ya que -dice el autor sagrado- esperaba a su modo una ciudad de sólidos cimientos cuyo constructor iba a ser Dios. Esta ciudad es para el cristiano la ciudad celeste, en la que tanto ellos como nosotros esperamos residir un día a la vera de Dios.
El autor sagrado vuelve hacia atrás en el tiempo para encomiar de nuevo a Abraham y a Sara, su mujer, cuyo seno, por creer en el Dios que hace cosas prodigiosas, se volvió fértil y dio a luz al hijo de la promesa, Isaac. Varios siglos más tarde, otra mujer escucha y acepta la voz de un ángel que le anuncia que va a tener un hijo sin concurso de varón, un hijo que iluminará para siempre los corazones de los hombres. Y es que, como en el caso de Sara, para Dios nada hay imposible.
El autor sagrado, que nos está poniendo como modelos de fe a los creyentes del Antiguo Testamento, hace una digresión para decirnos que todos ellos murieron “sin haber recibido las promesas, pero viéndolas y saludándolas de lejos, considerándose huéspedes y peregrinos en la tierra”. Ello significa que ansiaban una patria, distinta de la patria de aquí, es decir, la ciudad celeste de la que antes se habló y a la que todos aspiramos.
El autor se detiene otra vez a resaltar la fe de Abraham, en el momento en que le pide que sacrifique a su hijo Isaac, algo totalmente contradictorio con la promesa de que de la descendencia de Isaac surgirá un pueblo tan numeroso como las estrellas del cielo y como todos los granos de arena depositados al borde de los mares. Pero Abraham, incluso en esta prueba que rompe la lógica humana, sigue creyendo en la lógica, para él ininteligible, de los caminos de Dios, sabiendo que la persona (Dios) en la que cree y le manda sacrificar a Isaac es capaz de resucitar a los muertos. ¿Un anuncio de la muerte de Jesucristo a quien el Padre resucitará de entre los muertos?
Aclamación al Evangelio
Aleluya, aleluya, aleluya. Estad en vela y preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
Lectura del santo evangelio según san Lucas -12,32-48
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:] «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también corazón. Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».] Pedro le dijo: «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?» Y el Señor dijo: «¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles. El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».
La lectura comienza con unas palabras de ánimo que dirige Jesús al casi insignificante grupo de sus discípulos de parte del Padre: “No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino”. Por lo tanto -les sigue diciendo el Señor- “vended vuestros bienes y dadlos como limosna”, pues no tenéis necesidad alguna de las riquezas de este mundo: ellas no os van a dar la felicidad que anhela vuestro corazón: “Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,2). Allí está vuestro único y gran tesoro, Cristo, y en Cristo, vuestra vida, descansa vuestro corazón. El “eres mi vida” del enamorado respecto a su amante no deja de ser una simple metáfora, pues nunca se da ni se puede dar una identificación de ambas vidas, por muy unidas que estén. No ocurre lo mismo en el caso de nuestra relación con Cristo, en cuya vida está realmente injertada nuestra vida: “Ya no vivo yo: es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).
“Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas”. Es decir, disponeos para la tarea de colaborar a la venida del Reino que el Padre nos regala y estad vigilantes, pues a la hora que menos penséis vendrá Cristo para llevaros con Él. (Ceñirse la cintura era algo necesario para que la túnica no impidiese la tarea en la pesca o en las labores agrícolas; tened las lámparas encendidas significaba estar vigilantes para recibir al dueño de la casa por si éste regresaba de noche -recordemos la parábola de las vírgenes prudentes que esperaban la vuelta del esposo-). Y es que el Señor conoce nuestra debilidad, nuestra inconstancia y nuestra tendencia a obnubilarnos con los pasatiempos de este mundo. Lo volverá a decir a Pedro, Santiago y Juan en el huerto de los olivos la noche que lo entregaron: “Velad y orad, para que no caigáis en tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt 26,41).
Sobre el estar vigilantes discurrirá la temática del resto de nuestra lectura. El Señor compara a los cristianos con aquellos siervos que aguardan la vuelta de su señor: si éste, al volver, los encuentra despiertos para abrirle la puerta cuando llegue, se alegrará de su fidelidad hasta tal punto, que los sentará a la mesa y él mismo les servirá. “Bienaventurados serán tales siervos”, apostilla el evangelio.
Para reforzar aún más la actitud de vigilancia, les pone el ejemplo del dueño de la casa que debe estar vigilante ante la posible llegada del ladrón: “Si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en la casa”.
Jesús vendrá al final de los tiempos, pero “por lo que se refiere a ese día y cuándo vendrá, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles de Dios, ni aun el Hijo, sino solamente el Padre” (Mt 24,36). Pero Jesús nos sorprende viniendo y hablándonos en muchos momentos de nuestra vida: en la recepción de la eucaristía, en la oración personal, en el trabajo, en el trato con el hermano, en la ayuda al caído… En realidad, Jesús está siempre a nuestro lado, como nuestro fiel samaritano:“Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Somos nosotros los que quizá, al no tener ceñida nuestra cintura para la tarea que Él nos encomienda y descuidados en un sin fin de vanidades que no van a ninguna parte, no estamos con Él, y al no estar con Él nuestras desgracias, provocadas por los ídolos que nos hemos creado, se acumulan unas tras otras: “El que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes”.
El que, por el contrario, está vigilante y cumpliendo con la tarea que el Señor le encomendó durante su ausencia, recibirá la enhorabuena y un gran premio: “Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes”. Los bienes del Señor se concentran en el Reino de Dios: estar al frente de sus bienes es tener la responsabilidad de acelerar la venida de este Reino. A todos, de maneras diferentes, se nos ha encomendado esta tarea: “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva” (Mc 16,15). Y a todos se nos premiará de acuerdo con la realización de la tarea que se nos ha encomendado y de acuerdo con el buen o mal uso de los talentos de los que Dios nos ha dotado para realizarla: “Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá”.
Oración sobre las ofrendas
Acepta complacido, Señor, los dones que en tu misericordia has dado a tu Iglesia para que pueda ofrecértelos, y que ahora transformas con tu poder en sacramento de nuestra salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Pedimos al Señor que acoja con agrado el pan y el vino que, frutos de su amor y expresión de los dones dados a la Iglesia, le ofrecemos en el altar. Que las palabras que sobre ellos dirá el sacerdote en nombre de Cristo los conviertan en su cuerpo y en su sangre, y que, al recibirlos como el verdadero alimento de nuestras almas, nos transformaremos en Él y para Él. “Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57).
Antífona de comunión
El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo, dice el Señor (cf. Jn 6,51).
Al comer la carne de Cristo nos asimilamos a Él y nos hacemos una sola cosa con Él. Ya no vivimos desde nosotros mismos: vivimos desde Él, de Él, con Él y para Él. Con toda propiedad podemos hacer nuestras estas palabras de san Pablo: “Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Pero la debilidad de nuestro ‘yo’ terreno se escapa muchas veces de esta unión íntima con Cristo, yéndose por caminos tortuosos. Para que esto no ocurra u ocurra cada vez menos, pongamos todo nuestro empeño en dejarnos guiar por los medios que nuestra madre, la Iglesia, pone a nuestra disposición: la oración continua, la vida sacramental, la liturgia, la lectura asidua de los evangelios y el ejercicio de la caridad en el servicio desinteresado a las personas necesitadas material o espiritualmente.
Oración después de la comunión
La comunión en tus sacramentos nos salve, Señor, y nos afiance en la luz de tu verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
En esta plegaria final expresamos nuestro deseo de que, a través del sacramento del que nos hemos alimentado, se haga realidad en nuestra vida el hecho de que hemos sido salvados por Cristo y de que hemos sido fortalecidos en el conocimiento de Dios, en la verdad de Dios.
La salvación traída por Cristo no es otra cosa que la participación en la vida divina y esta participación nuestra se realiza en el conocimiento de Dios, en la verdad de Dios: “En esto consiste la vida eterna: en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn 17,3).