Domingo 26 Otdinario C

 Vigésimo sexto domingo del tiempo ordinario – Ciclo C 

Antífona de entrada

Cuanto has hecho con nosotros, Señor, es un castigo merecido, porque hemos pecado contra ti y no hemos obedecido tus mandamientos; pero da gloria a tu nombre y trátanos según tu gran misericordia (cf. Dan 3,31. 29. 30. 43. 42).

La antífona de la misa está tomada del libro del profeta Daniel. En nombre del pueblo, Azarías, uno de los cuatro jóvenes arrojados al horno por Nabucodonosor, reconoce ante él Señor que las humillaciones que el pueblo está sufriendo están bien merecidas por no haber obedecido a sus mandatos. Este reconocimiento se convierte en súplica confiada: “Da gloria a tu nombre”: ‘Santificado sea tu Nombre’ -rezamos en el Padrenuestro- y “Trátanos según tu misericordia”, no según merecen nuestros pecados.

Oración colecta

Oh, Dios, que manifiestas tu poder sobre todo con el perdón y la misericordia, aumenta en nosotros tu gracia, para que, aspirando a tus promesas, nos hagas participar de los bienes del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

El poder y el amor son una misma cosa en Dios. Por eso, al contrario de lo que ocurre entre nosotros, que luchamos por sobreponernos unos a otros y por dominar sobre los demás, Dios manifiesta su grandeza y su fuerza perdonando nuestras infidelidades y acogiéndonos en sus brazos de Padre. Ello nos asegura que nos dará siempre su ayuda para que no nos falte el deseo de aspirar a los bienes del cielo, de los que empezamos a participar ya en esta vida en una esperanza que no falla.

Lectura de la profecía de Amós - 6,1a. 4-7

Esto dice el Señor omnipotente: «¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sion, confiados en la montaña de Samaría! Se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan en sus divanes, comen corderos del rebaño y terneros del establo; tartamudean como insensatos e inventan como David instrumentos musicales; beben el vino en elegantes copas, se ungen con el mejor de los aceites, pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José. Por eso irán al destierro, a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los disolutos».

La primera lectura del pasado domingo estaba también extraída del profeta Amós. En ella el profeta denunciaba el comportamiento de aquéllos que se enriquecían a costa de las espaldas de los pobres. La lectura de hoy sigue en la misma línea y en ella se crítica con dureza el lujo excesivo que mantienen los habitantes poderosos del reino del Norte, los cuales, confiados en la seguridad de sus riquezas, no se estremecen ante la ruina que amenaza sobre su pueblo. Esta falta de solidaridad con los que padecen necesidad desembocará en el destierro y con ello desaparecerá la vida disoluta, caracterizada por el olvido de Dios. 

El reino del Norte está viviendo una época de prosperidad económica que incita a los que, por suerte o por astucia, pueden disfrutarla, a poner toda su confianza en las riquezas, en lugar de confiar en el Dios de la Alianza: “Se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan en sus divanes, comen corderos del rebaño y terneros del establo”. En lugar de confiar en Dios, la Roca segura, se agarran a realidades que, a fin de cuentas son perecederas. Nos vienen a la mente aquellas palabras que, en nombre de Dios, profería el profeta Jeremías: «Dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no pueden retener el agua » (Jer 2,13). El mensaje de este breve texto sigue la lógica de todos los profetas: la felicidad del hombre, fin de todas las intervenciones de Dios en la historia, pasa por ser fiel a la alianza y esta alianza se traduce para nosotros en confianza en sus promesas y en justicia social.

Una de las “invectivas” más fuertes y acres del profeta Amós es la que hemos oído este domingo y que valdría igualmente para condenar las situaciones de excesivo apego a las riquezas y las escandalosas desigualdades sociales y económicas que se dan en nuestra sociedad de consumo. El profeta Amós, además de condenar las posesiones y las riquezas injustas, denuncia las consecuencias negativas que éstas producen en el hombre: sibaritismo, holgazanería, borrachera del bienestar y despreocupación por los verdaderos problemas del hombre, aquéllos que destruyen la verdadera relación con Dios y la fraternidad humana. 

 Salmo responsorial – 145

¡Alaba, alma mía, al Señor!

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. (1)

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos. El Señor guarda a los peregrinos. (2)

 Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sion, de edad en edad. (3)

Salmo 145: segunda parte. El salmista está convencido de la verdad de las promesas de Dios, manifestadas por boca de los profetas y, de modo especial del profeta Isaías, tal como aparecen en la lectura que se acaba de comentar.

En unos versículos omitidos el salmista reafirma la inutilidad de confiar en poderes ajenos a Dios -por muy fuertes que nos parezcan-, pues más temprano que tarde dejan de existir: “No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar; exhalan el espíritu y vuelven al polvo, ese día perecen sus planes”.

Sólo el Dios de Jacob puede inspirar verdadera confianza, pues, además de haber creado el cielo y la tierra (v. 6) es fiel a sus promesas y siempre protege y libera de sus padecimientos a los que siguen sus caminos -“el Señor ama a los justos”- y a los que se encuentran en situación de desvalimiento: a los oprimidos, a los que pasan hambre, a los privados de libertad, a los que no tienen hogar, a los ciegos, a los que no pueden sostenerse en pie, al huérfano, a la viuda... Ésta es nuestra gran seguridad: podemos confiar en el Señor, “que reina eternamente, nuestro Dios, de edad en edad”

Nosotros que hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene tenemos muchos más motivos que el hombre del Antiguo Testamento para confiar en el Señor. “El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?” (Rm 8, 32). Cristo nos ha amado hasta el extremo de dar la vida por nosotros y de este amor nada ni nadie podrá separarnos. Nuestra confianza en el Señor es absoluta: “Si Dios está con nosotros, quién estará contra nosotros” (Rm 8,31). 

Terminemos nuestra reflexión con estas palabras de Carlos de Foucaud, tomadas de su oración de la confianza: Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, te doy gracias”.  “Te confió mi alma, te la doy con todo mi amor, porque te amo y necesito darme a ti, ponerme en tus manos sin limitación, sin medida con una confianza infinita. Porque tú eres mi Padre”

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo - 6,11-16

Hombre de Dios, busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos. Delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que proclamó tan noble profesión de fe ante Poncio Pilato, te ordeno que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que, en el tiempo apropiado, mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que posee la inmortalidad, que habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor y poder eterno. Amén.

La segunda lectura pertenece, como la del pasado domingo, a la carta de San Pablo a Timoteo. En el fragmento de hoy le invita a pelear “el buen combate de la fe”. Este combate de la fe culmina en la vida eterna (por eso lo llama ‘bueno’) a la cual todos, como Timoteo, hemos sido llamados. De esta adhesión a la vida eterna dio testimonio público Timoteo en la ceremonia de su bautismo y, según el apóstol, debe prolongarse día a día mediante la lucha contra todos los enemigos de la fe. 

A estos enemigos hace alusión unos versículos antes de este fragmento. Se trata de las falsas doctrinas que se incrustan, a veces de forma furtiva, en la comunidad, y el afán de riquezas. 1) Las falsas doctrinas nos hacen caer en el orgullo, en la envidia y en las continuas discordias, toda una tergiversación del mensaje fraterno cristiano: “Si alguno enseña otra cosa y no se atiene a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad, está cegado por el orgullo (…) y padece la enfermedad de las disputas y contiendas de palabras, de donde proceden las envidias, discordias, maledicencia y sospechas malignas” (1 Tm 6,3-4). 2) El afán de riquezas nos enreda en la codicia y en el desamor hasta hacernos perder la libertad de la que nos ha dotado Cristo: “Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores” 1Tm 6,9-10).

Las armas con las que vencemos a estos dos enemigos son “la justicia -correcto proceder según la voluntad de Dios-, la piedad -por la que nos entregamos de cuerpo y alma a nuestras obligaciones para con Dios y para con nuestros hermanos-, la fe y el amor -que nos hacen participar del conocimiento de Dios (fe) y de su mismo ser (amor)-, la paciencia -que nos hace fuertes en las adversidades confiando en la ayuda divina-, la mansedumbre -que endulza nuestras relaciones con los demás con la suavidad del corazón de Cristo-.

Sigue a continuación una solemne exhortación a nuestro protagonista en forma de ‘orden’: “Delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que proclamó tan noble profesión de fe ante Poncio Pilato, te ordeno que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”. San Pablo se ve a sí mismo en la presencia del Creador de todas las cosas y de su Hijo, que testimonió con sus palabras la Verdad que, unas horas más tarde, hizo realidad en la cruz. Es desde esta conciencia de estar presente ante Dios desde la que se siente autorizado para ordenarle el cumplimiento del mandamiento de la fe, a saber, el cumplimiento de la voluntad divina que, aunque aquí no se diga directamente, podemos identificar con el mandamiento del amor. Este esfuerzo por mantener “sin mancha ni reproche” este mandamiento debe mantenerse constante hasta la segunda venida del Señor. En ese momento desaparecerán todos los enemigos de la fe y, en consecuencia, cesará la lucha, pues ya estaremos dentro del misterio insondable de Dios.

El maestro de ceremonia de esta segunda y definitiva manifestación del Señor será el Padre celestial, aquel de quien procede todo don, el que es feliz por sí mismo, el verdadero y único Señor, de quien procede todo el poder y la gloria que ostentan los reyes y señores de este mundo, el totalmente Otro por habitar en una Luz a la que ningún hombre puede acceder, pero, al mismo tiempo, el que se ha hecho próximo y cercano a nosotros a través del único mediador, Jesucristo. Es a Él, al Padre, a quien debemos tributar todo el honor y la gloria.

Aclamación al Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya. Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre para enriqueceros con su pobreza.

 Lectura del santo evangelio según san Lucas16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abraham le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”. Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. Abraham le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abraham le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

La parábola que hoy escuchamos en la lectura evangélica tiene relación con una historieta, procedente de Alejandría, muy conocida de los judíos de la época de Cristo. Se trata de dos hombres, uno rico y pecador y otro pobre y virtuoso, de cuyas obras en esta vida se hace un balance al llegarles la muerte: el rico es justamente castigado por sus pecados y el pobre recibe el premio, no por ser pobre, sino por haber ajustado su vida a la voluntad de Dios.

Jesús, que probablemente utiliza esta historia para construir la parábola, cambia el sentido de la misma, pues pone el acento, no en el comportamiento moral de estas dos personas, sino en el contraste abismal en cuanto a la pobreza y la riqueza entre una y otra. El rico, vestido de púrpura y lino, sólo piensa en darse grandes banquetes, mientras que el pobre Lázaro yace en la puerta del rico, esperando alimentarse de las migajas que caían de la mesa de aquél y teniendo la sola compañía de unos perros que se acercan a lamerle sus heridas.

La suerte de ambos cambia en el momento de la muerte. “Murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham”, mientras que el rico es llevado al infierno, donde es atormentado con horribles dolores y sufrimientos. A este hombre no se le juzga y condena por ser un explotador, ni por estar alejado de la Alianza con Dios, ni por incumplir sus deberes religiosos, sino por vivir espléndidamente, ignorando al pobre que tiene a su lado (recordemos a los poderosos de Samaria de la primera lectura, a los que el profeta Amós condena por poner su seguridad en las riquezas y en el bienestar material y por apartar sus ojos de la ruina que, como castigo, se avecina en el pueblo. Igual que aquellos samaritanos, el rico de la parábola tenía muy cerca al pobre, pero no se acerca a él: su gran pecado es la insolidaridad, la falta de sensibilidad y la indiferencia hacia este necesitado. 

Esta manera de vivir apegados a la comodidad -a la ‘dolce vita’, que dirían los italianos- y esta insolidaridad con el pobre son de rabiosa actualidad entre nosotros y crece a pasos agigantados en nuestra sociedad del bienestar: evitamos a toda costa el contacto directo con las personas que sufren y pasan necesidad, nos molesta el encuentro con niños que mendigan en la calle, nos turba el tener que ocuparnos de un enfermo terminal, reducimos a datos y estadísticas el sufrimiento de personas que viven lejos de nuestro entorno y, cuando se trata de personas cercanas, creamos mecanismos de defensa para tomar distancia de su dolor. Ello choca frontalmente con el mensaje cristiano y con los sentimientos y actitud de Cristo, cuya pobreza debemos imitar. Así escribía San Pablo a los cristianos de Corinto: “Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por amor a vosotros para enriqueceros por medio de su pobreza” (2Cor 8,9). 

Esta imitación de Cristo pobre nos debe llevar a hacernos pobres con los pobres, a los que debemos acoger como imagen y sacramento del mismo Cristo. Si así lo hacemos, seremos bendecidos por Dios; en caso contrario, Dios nos rechazará de su seno. Son palabras del mismo Cristo cuando nos hablaba del Juicio Final: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…” (…) “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis” (Mt 25,34-35. 41-43).

La segunda parte de la parábola se centra en el diálogo que mantienen Abraham y el hombre rico. En este diálogo apreciamos la incomunicación entre el mundo del bien y la definitiva felicidad, y el mundo del mal y la decisiva condena, que -aunque nos cueste entenderlo- podría darse, cuando se rechazan todas las invitaciones de Dios a la conversión. El papa Benedicto XVI nos habla de esta posibilidad en su encíclica Spe Salvi: “Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor. Personas en las que todo se ha convertido en mentira; personas que han vivido para el odio y que han pisoteado en ellas mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero en algunos casos de nuestra propia historia podemos distinguir con horror figuras de este tipo. En semejantes individuos no habría ya nada remediable y la destrucción del bien sería irrevocable” (Benedicto XVI, Spe salvi, Núm 45).

Por último, Jesús rechaza también la posibilidad de que resuciten muertos para convencer del buen camino a los que aún estamos en esta vida. La respuesta de Abraham es que ya tenemos a Moisés y a los profetas, cuyas enseñanzas son suficientemente claras: “Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano. Entonces tu luz surgirá como la aurora y tus heridas sanarán rápidamente. Tu recto obrar marchará delante de ti y la Gloria de Yavé te seguirá por detrás” (Is 58,7-8). 

¿Cómo conseguir esta solidaridad con el necesitado? Ésta es la respuesta: decidirnos a seguir a Jesús en nuestra relación con Dios y en nuestra relación con los demás. La seriedad de esta decisión nos llevará a hacer nuestros sus sentimientos de misericordia con los necesitados hasta, como hizo Jesús, desvivirnos por ellos. En esta entrega a Dios y a los hermanos encontraremos la vida de verdad, la felicidad que persigue nuestro corazón y la libertad de haber conseguido ser nosotros mismos. El trato asiduo con Jesús nos llevará a imitarlo en su pobreza, una pobreza que, al venir de Él, es nuestra verdadera riqueza.

Oración sobre las ofrendas

Concédenos, Dios de misericordia, aceptar esta ofrenda nuestra y que, por ella, se abra para nosotros la fuente de toda bendición. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Al pedir a Dios que acepte el pan y el vino, que se convertirán en el cuerpo y en la sangre del Señor, manifestamos nuestro deseo de que el milagro eucarístico, fuente de la que brotan todas las bendiciones de Dios, nos convierta en una ofrenda de por vida al Señor, una ofrenda que se traduzca en la práctica real del amor a todos los hombres, particularmente a los necesitados que se cruzan de en nuestra vida de cada día.

Antífona de comunión

En esto hemos conocido el amor de Dios: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos (cf. 1 Jn 3,16).

Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1), hasta el extremo de dar la vida por nosotros en la cruz. En el bautismo hemos sido injertados en la muerte de Cristo, hemos sido crucificados con él: si no sacrificamos nuestra vida al servicio efectivo a nuestros hermanos, estamos falseando radicalmente nuestro ser cristiano o nuestra fe no es suficientemente fuerte.

Oración después de la comunión

Señor, que el sacramento del cielo renueve nuestro cuerpo y espíritu, para que seamos coherederos en la gloria de aquel cuya muerte hemos anunciado y compartido. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Al comulgar hemos recibido a Jesucristo, el don celestial enviado por el Padre y hecho realidad en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Ponemos ante el Padre nuestro deseo de que este don haga de nosotros hombres y mujeres nuevos, dispuestos a anunciar al mundo el mensaje del amor que predicó con su palabra y con su vida aquel con quien compartiremos la herencia que, como a hijos de Dios, nos ha sido concedida gratuitamente.

 


Domingo 25 Ordinario A

 Vigésimo quinto domingo del tiempo ordinario Ciclo C 

Antífona de entrada

Yo soy la salvación del pueblo, dice el Señor. Cuando me invoquen en la tribulación, los escucharé y seré para siempre su Señor.

Dios nos salva liberándonos de todo aquello que nos ata a las oscuridades y sinsentidos de este mundo, y regalándonos aquello que, sin saberlo expresar, desean nuestros corazones: la vida de verdad: De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3,16). Es esta vida la salvación que el Señor nos ofrece gratuitamente: basta con que tengamos necesidad de ella, la deseemos y se la pidamos. Él, que reivindica su señorío sobre nosotros, se compromete a atender siempre a nuestras súplicas. 

Oración colecta

Oh Dios, que has puesto la plenitud de la ley divina en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos, para que merezcamos llegar a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

El amor con el que amamos a Dios y al prójimo “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). Al pedir al Padre que nos conceda cumplir sus mandamientos, avivamos la conciencia de la presencia del Espíritu Santo en nuestro interior, el cual hace brotar en nuestros corazones este amor y, con el amor, la capacidad de cumplir con facilidad todas nuestras obligaciones con Dios y con los demás. “Ama y haz lo que quieras”, nos dice San Agustín. Al amar a Dios y a los hermanos, disfrutamos ya en esta vida  de los bienes eternos que nos han sido prometidos.

Lectura de la profecía de Amós 8,4-7

Escuchad esto, los que pisoteáis al pobre y elimináis a los humildes del país, diciendo: «¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el grano, y el sábado, para abrir los sacos de cereal –reduciendo el peso y aumentando el precio, y modificando las balanzas con engaño– para comprar al indigente por plata y al pobre por un par de sandalias, para vender hasta el salvado del grano?» El Señor lo ha jurado por la Gloria de Jacob: «No olvidaré jamás ninguna de sus acciones».

El profeta Amós, que ejerce su misión en el próspero reino del Norte, demanda la atención de aquéllos afortunados en las riquezas que, para aumentar su poder y su prestigio, pisotean al pobre y se deshacen del débil. Ello, además de contribuir al auge de las diferencias sociales, contradice el fundamento de la Alianza que hizo el Señor con el pueblo, en la que, además de condenar la mentira y el fraude al pobre, se ordena amar al prójimo como a uno mismo. En el libro del Levítico se hace explícito esta exigencia del amor a los demás con estas palabras: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18). Jesús une este mandamiento del levítico al mandato de amar a Dios con todas las fuerzas (Deut 6,4), fundiendo los dos mandatos en un solo precepto. Al escriba que le preguntaba qué debía hacer para alcanzar la vida eterna, le responde: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,37-39). 

El profeta denuncia unos hechos que evidencian la injusticia que los ricos y poderosos infieren a los pobres en las transacciones comerciales: “reduciendo el peso y aumentando el precio, modificando las balanzas con engaño y, de esta forma, comprar al indigente por plata y al pobre por un par de sandalias”. Por desgracia, esta denuncia sigue teniendo vigencia en nuestra sociedad actual en la que las diferencias entre ricos y pobres, debido al imparable desarrollo económico, son absolutamente escandalosas.

Son muchos los pasajes bíblicos en los que se condena sin paliativos estas actuaciones injustas contra los desfavorecidos de la sociedad. Transcribimos, como muestra, estos fragmentos de los profetas Isaías y Malaquías:

“¿Ay de los que decretan estatutos inicuos, y de los que constantemente escriben decisiones injustas, para privar de justicia a los necesitados, para robar sus derechos a los pobres de mi pueblo, para hacer de las viudas su botín, y despojar a los huérfanos!” (Is 10, 1,3).

“Me acercaré a vosotros para el juicio, y seré un testigo veloz contra los hechiceros, contra los adúlteros, contra los que juran en falso y contra los que oprimen al jornalero en su salario, a la viuda y al huérfano, contra los que niegan el derecho del extranjero y los que no me temen --dice el Señor de los ejércitos” (Mal 3,5).

La denuncia de Amós no va directamente contra la idolatría religiosa, es decir, no ataca el culto de los ídolos, sino el culto al dios dinero, un ídolo que reclama para sí el corazón del hombre con una fuerza a la que nadie puede resistir ni vencer, si no interviene otra fuerza mayor: la fuerza de lo alto. El tema del dios “dinero” se tratará con mayor amplitud y detalle en la lectura evangélica de este domingo. Como se verá también en el evangelio, el profeta no ataca al dinero en cuanto tal, sino al mal uso que se hace del mismo.

Salmo responsorial – 112

 Alabad al Señor, que alza al pobre.

 Alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre los cielos. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que habita en las alturas y se abaja para mirar al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo - 2,1-8

Querido hermano: Ruego, lo primero de todo, que se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto. Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Pues Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos; este es un testimonio dado a su debido tiempo y para el que fui constituido heraldo y apóstol –digo la verdad, no miento–, maestro de las naciones en la fe y en la verdad. Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, alzando unas manos limpias, sin ira ni divisiones.

Las dos cartas de San Pablo a Timoteo, así como la dirigida a Tito, son tres documentos llenos de recomendaciones prácticas a estos dos íntimos colaboradores del apóstol que, en este momento, llevaban la dirección de algunas comunidades cristianas de Asía Menor. La lectura de hoy, tomada de la primera carta a Timoteo, se centra en la exhortación a orar por todos los hombres, incluidos aquéllos que, constituidos en autoridad, dirigen el destino de los pueblos. 

Queda todavía cercana la persecución de Nerón y, a pesar de todo, San Pablo insiste en la obligación de rezar por los que nos gobiernan para que Dios les mueva a tomar decisiones que favorezcan “la vida tranquila y sosegada” de los ciudadanos. 

Cuando hablamos de la oración de petición la circunscribimos casi siempre -quizá por una cierta miopía espiritual- al ámbito de lo individual, familiar o de relaciones personales. Dios, sin menoscabo alguno de nuestras particularidades, quiere que nuestra mirada se dirija a la humanidad en su conjunto. Y es que su voluntad es “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. De acuerdo con esta voluntad de Dios, no es correcto entender nuestra vida espiritual de un modo exclusivamente individual: Dios quiere nuestra salvación personal, sí, pero una salvación de la mano de todos nuestros hermanos los hombres. Es muy importante siempre subrayar esta verdad, pues la tentación del individualismo espiritual está siempre te en nuestras vidas.

El cumplimiento de la voluntad de Dios en nosotros es la base de nuestro desarrollo espiritual, un desarrollo que debe estar siempre unido al desarrollo espiritual de todos los hombres. Tenemos, por tanto, el deber de conectar con esta voluntad de Dios de salvar a todos los hombres a través del apostolado de la verdad: “Id por todo el mundo y anunciad a todos la buena noticia” (Mc 16,15), esto es, la Verdad de que en Cristo se ha hecho presente el amor de Dios a la humanidad. El conocimiento de la Verdad no hay que entenderlo intelectualmente, sino como una relación amorosa con Dios. La Verdad a la que se refiere San Pablo es que Dios es amor, un amor que se extiende a todos los hombres, incluidos nuestros enemigos y aquéllos que, por ignorancia, viven apartados del camino de la fe. Estas son las palabras de Jesús en este aspecto: “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos”. El apóstol, siguiendo la invitación del Maestro, exhorta a rezar para que todos los hombres conozcan la verdad de que Dios les ama. 

Otra razón que justifica la universalidad de nuestra plegaria es que sólo hay un Dios, que ha creado el cielo y la tierra, un Dios que, ciertamente, ha elegido a Israel como su pueblo, pero que lo ha hecho con el fin de salvar a través de Él a toda la humanidad. Esta salvación universal se lleva a cabo a través del único Mediador entre Dios y los hombres, “El hombre Cristo Jesús”, el cual vino al mundo a revelarnos el amor de Dios, revelación que llevó a cabo con sus palabras y con una vida entregada al bien de todos hasta dar la vida por todos. Con esta entrega a la muerte por todos nos mostró la verdadera esencia del amor -“Nadie tiene un amor que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,13)- y nos liberó de todas las mentiras de nuestro egoísmo -“se entregó en rescate por todos”-.

La entrega de Dios -de Cristo- a los hombres hasta dar la vida por ellos constituye la gran prueba -el gran testimonio- de amor a la humanidad. “Yo para esto nací y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37), respondió Jesús a Pilato cuando éste le preguntó si era el Rey de los judíos. Y efectivamente, unas horas más tarde dio este testimonio de la Verdad -del Amor de Dios- muriendo en la Cruz.

Es este testimonio del Hijo de Dios el que justifica la misión evangelizadora de San Pablo en el mundo gentil, como se manifiesta en estas palabras que aparecen en esta lectura: este es un testimonio dado a su debido tiempo y para el que fui constituido heraldo y apóstol (…), maestro de las naciones en la fe y en la verdad”, así como en su carta a los gálatas: “Dios tuvo a bien separarme desde el seno de mi madre para revelar a Cristo y para que lo anunciase entre los gentiles (Gál 1,15-16). 

De esta tarea de transmitir el Evangelio a todos los hombres, que compete a todo cristiano, nace la necesidad de la oración. El cristiano debe orar siempre y “en todo lugar; ya no tiene necesidad de dirigirse a Dios desde el Templo material -lugar de la presencia de Dios-: el cristiano ora desde el templo verdadero, que es Cristo, el Hijo de Dios, en quien “vivimos, nos movemos y existimos” (He 17,28); y lo hace desde la más profunda humildad -“alzando las manos limpias” hacia el cielo, de donde espera recibirlo todo- y en perfecta fraternidad con sus compañeros en la fe -“sin ira ni divisiones”-.

 Aclamación al Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya. Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre para enriqueceros con su pobreza.

Lectura del santo evangelio según san Lucas - 16,1-13

[En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:] «Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando”. El administrador se puso a decir para sí: “¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?” Este respondió: “Cien barriles de aceite”. Él le dijo: “Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”. Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” Él contestó: “Cien fanegas de trigo”. Le dice: “Toma tu recibo y escribe ochenta”. Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. [El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».]


“¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando”. La situación en que se encuentra este administrador no es muy halagüeña: está en juego su vida futura, y a muy corto plazo. Tiene que ingeniárselas para encontrar una solución rápida. Descartada -por falta de fuerzas o por vergüenza- las de trabajar en el campo o mendigar, se le ocurre, antes de que sea despedido oficialmente, aprovecharse de su cargo, perdonando parte de la deuda que se debe a su todavía amo: los cíen barriles de aceite de uno se quedan en cincuenta y las cíen fanegas de otro quedan reducidas a ochenta. La reacción del amo, un tanto absurda, es la de alabarle por la astucia con la que actuó. En realidad, quien le alaba es el propio Jesús para concluir con la moraleja de la parábola: “Los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz”.

¿Cómo deben trabajar los hijos de la Luz para igualar en el éxito a los hijos de las tinieblas y hacer progresar los valores del Reino de Dios? Ésta es la respuesta de Jesús: “Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”. ¿Con el dinero de iniquidad, es decir, injusto? Sí. Las riquezas, en cuanto a su distribución entre los hombres, son injustas, como injusta es la existencia de pobres y ricos en la sociedad. Jesús no las rechaza, pues son bienes creados por Dios para el buen mantenimiento de nuestra existencia en la tierra, pero nos exhorta a que las empleemos en remediar las necesidades de los pobres. Jesús no nos invita a despreciar el dinero, sino a ponerlo al servicio del Reino, es decir, de los demás. 

Y es que las riquezas de este mundo han sido creadas por Dios para el provecho de todos sus hijos. Si, por suerte o, incluso, por mi trabajo, tengo en mis manos una determinada cantidad de bienes terrenos, tengo que pensar que están en mi poder, no sólo para mi propia satisfacción, sino para que los administre en favor de los demás: no somos dueños de nuestro dinero, sino administradores, y en esta administración debemos trabajar, cada cual, dentro de  nuestras posibilidades, para que estos bienes cumplan la función social, dada por Dios, de servir al desarrollo de la humanidad.

Las palabras que pronuncia Jesús a continuación revelan la importancia que está administración de las riquezas tiene en nuestra vida cristiana: “El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel”

El cristiano vive la realidad del Reino de Dios en la tierra y, aunque debe aspirar a los bienes futuros, lo debe hacer desde la práctica de la caridad con todos los hombres, especialmente con los más necesitados, es decir, con los que no tienen cubiertas sus necesidades materiales. “Lo poco, en este caso, son los bienes terrenos, si los comparamos con los bienes del Reino, es decir, con el amor de Dios, que es nuestra verdadera riqueza. Si somos fieles en la práctica material de la caridad, lo seremos igualmente cuando se nos encomiende la dirección espiritual de un grupo o una comunidad para ayudar en las cosas de Dios. 

Lo mismo hay que decir en el caso contrario: “El que es injusto en lo poco, también en lo mucho será injusto”. Recordemos aquellas palabras del apóstol San Juan: “Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (1Jn 3,17). O estas otras, también del mismo apóstol: “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). 

La otra afirmación de Jesús expresa esta verdad con palabras semejantes: “Si no fuimos fieles en lo ajeno -en los bienes terrenos que, como hemos dicho, no nos pertenecen-, ¿lo nuestro -los bienes del Reino, es decir, el amor de Dios, que, por la fe en Jesús, forma parte de nuestro ser-, quién os lo dará?

“Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo”. Así termina nuestra lectura evangélica. Estos dos señores son Dios y las riquezas (nos referimos a las riquezas, cuando ponemos en ellas toda nuestra seguridad y confianza). En este caso quedan convertidas en un ídolo al que adoramos y del que dependemos, un ídolo que, como tal, nos esclaviza. 

Sólo Dios nos hace libres. Jesús nos invita a no acumular tesoros en la tierra, “donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban” (Mt 6,19). En cambio, nos insta “a amontonar tesoros en el cielo donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y caben” (Mt 6,20). Sirviendo a los ídolos -el dinero y las riquezas son uno de nuestros principales ídolos- nos convertimos en lo que ellos son, en nada: “Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen; no hay aliento en sus bocas. Semejantes a ellos son los que los hacen y todos los que en ellos confían” (Sal 135,16-18). Sirviendo al Señor, en cambio, encontraremos la verdadera riqueza y la verdadera libertad, aquélla que nos convierte en hijos suyos y en la que alcanzamos ser de verdad nosotros mismos: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” (Mt 17,21); “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10,39).

Oración sobre las ofrendas

Recibe, Señor, en tu bondad las ofrendas de tu pueblo, para que cuanto creemos por la fe lo alcancemos por el sacramento celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Ofrecemos al Señor todo lo que Él nos ha dado: nuestras capacidades naturales, nuestras momentos de alegría, nuestros desvelos por los demás, lo que somos y tenemos; todo ello lo unimos al pan y al vino, que se convertirán en el cuerpo y en la sangre del Señor. Al hacer este ofrecimiento, pedimos al Señor que las verdades que creemos por la fe se hagan, por este sacramento, realidad en nuestra vida, haciendo que nos entreguemos con todas nuestras fuerzas al servicio de todas las personas, de modo especial y más intenso, de las más desprotegidas material y espiritualmente.

Antífona de comunión

Tú, Señor, promulgas tus decretos para que se observen exactamente; ojalá esté firme mi camino para cumplir tus consignas (Sal 118,4-5).

Los preceptos del Señor no solo son reglas frías que mantienen nuestra conducta en el sendero correcto, sino principalmente apoyos procedentes De Dios, que encauzan amorosamente nuestro caminar hacia Él.

El Señor no nos ha dado estos decretos (preceptos) para ilustrar nuestro entendimiento, sino para que los llevemos a la práctica. Conscientes de nuestra debilidad, pedimos a Dios estar fuertes para poder cumplirlos. 

Oración después de la comunión


Señor, apoya bondadoso con tu ayuda continua a los que alimentas con tus sacramentos, para que consigamos el fruto de la salvación en los sacramentos y en la vida. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Nos dirigimos a Dios, al finalizar esta Eucaristía, para pedirle que se hagan realidad en los que hemos recibido al Señor en nuestras almas  los efectos benéficos, tanto en nuestra relación con Dios -haciendo más intensa nuestra relación con Él en nuestra oración y en la participación en los sacramentos- como en nuestra relación diaria con los demás, volcando todas nuestras energías en la ayuda personal, afectiva y práctica, a las personas que se encuentran en una situación de desvalimiento, o colaborando con las organizaciones especializadas en la ayuda a quienes carecen de los medios necesarios para llevar una vida digna.