Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
Antífona de entrada Cf. Gal 6, 14
Debemos gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo: en Él está nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección; por Él hemos sido salvados y redimidos.
La antífona de la Misa de esta fiesta coincide con la del Jueves Santo, día en el que celebramos la institución de la Eucaristía, anticipo del acontecimiento central de nuestra salvación: la muerte y resurrección de Cristo. Los cristianos nos sentimos orgullosos de este instrumento de tortura, pues a través de él hemos sido liberados del pecado y hemos tenido acceso a la vida divina y, por tanto, a la verdadera amistad con Dios y con sus hijos, los hombres. Nos gloriamos en la Cruz de Cristo porque está iluminada por su resurrección, la garantía de que nosotros también resucitaremos.
Oración colecta
Dios nuestro, que has querido que tu Hijo unigénito sufriera el tormento de la cruz para salvar al género humano, concédenos que, después de haber conocido este misterio en la tierra, podamos alcanzar en el cielo el premio de su redención. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
Nos dirigimos a Dios como nuestro Padre, padre por habernos creado y por haber diseñado para todos los seres humanos un proyecto de salvación que les llevaría a la felicidad y a la libertad. A este Dios tan cercano, que tuvo a bien realizar esta plan mediante la entrega de la vida de su Hijo querido para revelar de forma inaudita su amor incondicional a la humanidad, le pedimos que conceda los frutos de esta muerte a quienes hemos conocido y hemos creído durante la vida presente en este misterio de amor. Fue la víspera de su pasión cuando Jesús, antes de rebajarse a los apóstoles para lavarles los pies, nos manifestó la grandeza del cometido de su vida en la tierra: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1), hasta el extremo de morir por nosotros en la cruz.
Lectura los Números 21, 4b-9
En el camino por el desierto, el pueblo perdió la paciencia y comenzó a hablar contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos hicieron salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua, y ya estamos hartos de esta comida miserable!» Entonces el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras, que mordieron a la gente, y así murieron muchos israelitas. El pueblo acudió a Moisés y le dijo: «Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti. Intercede delante del Señor, para que aleje de nosotros esas serpientes». Moisés intercedió por el pueblo, y el Señor le dijo: «Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un mástil. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará sanado». Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un mástil. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba sano.
En la secuencia de este texto, tomado del Libro de los Números, apreciamos la siguiente historia: 1) Los hebreos, agobiados por las inclemencias que suponía el transitar por desierto (cansancio de no vislumbrar el fin del trayecto, enfrentamiento con otros pueblos, miedo a animales salvajes y peligrosos, hastío de la comida que les enviaba Dios en forma de maná), protestaron contra Dios y contra Moisés de esta forma: “¿Por qué nos hicieron salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua, y ya estamos hartos de esta comida miserable!; 2) Ante esta protesta, que manifiesta un falta grave de confianza en Moisés y, sobretodo, en Dios, el Señor les castiga enviándoles serpientes venenosas cuyas picaduras provocaron la enfermedad y la muerte de muchos; 3) El pueblo, que considera este hecho un castigo por haber desconfiado en el Dios, se arrepiente y suplica a Moisés que interceda ante Yahvé para que le levante el castigo: “Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti. Intercede delante del Señor, para que aleje de nosotros esas serpientes”; 4) La respuesta del Señor nos sorprende: en lugar de hacer desaparecer las serpientes venenosas, el Señor le mandó esculpir una serpiente -según la tradición ‘de bronce’- que colocaría en un mástil, prometiéndole que aquellos que, afectados por picadura, la miren quedarían curados: “Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un mástil. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará sanado”.
En la mentalidad de hoy no podemos decir que las serpientes venenosas eran un castigo de Dios a la falta de fe del pueblo, como tampoco podemos considerar como castigo divino las enfermedades o los desastres naturales. El verdadero problema del pueblo era la falta de fe y confianza en el Dios que dirigía su vida para llevarle a la libertad y a la verdadera felicidad.
El plan de Moisés era convertir al pueblo a esta fe. Para ello utiliza un rito mágico, utilizado en otros pueblos, consistente en adorar la imagen de un animal, en este caso, de una serpiente, para que, al dirigir los ojos hacia ella, pensase que está adorando a Dios, al Dios que los liberó de la tiranía de los egipcios y que esta a empeñado en llevarles por el camino hacia su liberación total.
Es ésta la verdadera interpretación de la medida que tomó Moisés y que es coherente con toda la mentalidad bíblica. Así lo apreciamos en el Libro de la Sabiduría, donde, al recordar este episodio, se lee: “Y el que a ella (a la serpiente) se volvía, se salvaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, Salvador de todos” ( Sab 16,7).
Una lección que sigue teniendo vigencia para nosotros en lo referente al culto a las imágenes sagradas, un culto que, aprobado y establecido en la tradición de la Iglesia y sancionado en sus documentos magisteriales, puede dar lugar en muchos casos a actitudes cercanas a la superstición y a la idolatría. Así ocurre, por ejemplo, en las celebraciones populares de la Semana Santa y en el culto a muchas representaciones de la Virgen o de los Santos. A veces, estas representaciones se convierten en un atractivo en el que se admiran más por su dimensión artística o de tradición cultural que por su carácter religioso. La religiosidad popular corre el riesgo de que, en muchos casos, este culto a las imágenes derive en superstición, olvidando que que éstas son sólo medios para honrar a Dios, a la Virgen o a los Santos, y no objetos de adoración en sí mismas. Esta desviación se puede evitar con una correcta pastoral en la que se insista en la conexión de estas devociones con el culto oficial de la Iglesia, expresad o principalmente en la liturgia.
Así se nos enseña en el Catecismo de la Iglsia católica, apartado 2132: “El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. Él movimiento que se dirige a la imagen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que ella es imagen”.
Es justamente lo que leemos en el libro de La Sabiduría con respeto a la serpiente de bronce de nuestra lectura.
El relato de la serpiente de bronce nos lleva a los cristianos de todos los tiempos a contemplar a Dios a través de sus criaturas, sean éstas las criaturas naturales (los ríos, las montañas, los árboles), como las obras producidas por la inteligencia o manos del hombre (la música, la literatura, la ciencia, las transformaciones de los elementos de la naturaleza en productos que favorezcan la salud y el bienestar de la humanidad). Todas estas realidades constituyen un grandioso y hermoso escenario en él contemplar y conocer a Dios, al Dios Padre y al Dios encarnado y, de este modo, ayudarnos a recibir la vida verdadera a la que estamos llamados: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Tí, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo” (Jn 17,3).
Salmo responsorial 77, 1-2. 34-38
No olviden las proezas del Señor.
Pueblo mío, escucha mi enseñanza,
presta atención a las palabras de mi boca: yo voy a recitar un poema, a revelar enigmas del pasado.
Cuando los hacía morir, lo buscaban
y se volvían a Él ansiosamente:
recordaban que Dios era su Roca,
y el Altísimo, su libertador.
Lo adulaban con su boca,
pero sus lenguas mentían;
su corazón no era sincero con él
ni eran fieles a su alianza.
Él, en cambio, sentía lástima,
perdona a la culpa y no los destruía:
una y otra vez reprimía su cólera,
y no despertaba todo su furor.
La fe para Israel no es un bagaje intelectual, sino una experiencia común, la experiencia de los favores de Dios a su pueblo y de su continuado perdón a las infidelidades de éste. El salmo de hoy es como un breve resumen de esta historia de salvación cuyos dos protagonistas son el Dios, siempre fiel a sus promesas, e Israel que, por su inconstancia en mantenerse firme en el cumplimiento de los mandatos divinos, tiene que arrepentirse una y otra vez para ser digno de recibir el perdón una y otra vez. Momentos de euforia espiritual cuando ha sido agraciado con algún que otro don o perdón, pero muy pronto se olvidan y se inclinan ante los dioses de otros pueblos o los de su propia fabricación (Becerro de oro)
Es de la persistencia en desterrar este olvido a lo que están dedicados los versículos de este salmo que la Iglesia nos propone hoy para nuestra consideración, como apreciamos en la antífona con la que respondemos a las distintas estrofas: “No olviden las proezas del Señor”.
El salmista, haciendo las veces de padre de todo el pueblo, reclama de éste la atención para que escuche las palabras que van a salir de su boca, las cuales relatan las hazañas históricas de Dios, dando por supuesto la primera de todas ellas, a saber, la liberación de la esclavitud de los egipcios y el triunfo sobre el ejército del Faraón en el milagroso paso del mar Rojo. Aquellos primeros hebreos contaron estas proezas y las que siguieron hasta entrar en la Tierra Prometida a sus hijos, éstos a sus hijos, y así sucesivamente: “Pueblo mío, (…) voy (…) a revelar enigmas del pasado”. En efecto. La fe se fundamenta en las obras de Dios realizadas en el pasado para hacerlas vivas en el presente. Nuestra fe cristiana tiene su fundamento en la obra de redención llevada a cabo por Jesucristo transmitida de generación en generación a través de la memoria de la Iglesia que fielmente conserva el recuerdo de los que oyeron a Cristo y vivieron con Cristo y fueron testigos de la resurrección de Cristo.
La segunda estrofa nos presenta a los hijos de Israel que, al ser castigados por sus infidelidades, se volvían a Dios “ansiosamente” porque comprendían que solamente en Él podían apoyarse y sólo Él podía liberarles y conducirles a la felicidad: “recordaban que Dios era su Roca, y el Altísimo, su libertador”.
Pero pronto se olvidaban de estos convencimientos y, aunque realizaban exteriormente los ritos religiosos y se dirigían a Dios como su “su roca” y “su libertador”, su corazón estaba apegado a los ídolos: “Lo adulaban con su boca, pero sus lenguas mentían; su corazón no era sincero con él ni eran fieles a su alianza”.
Lo que subyace aquí como el gran pecado del pueblo es la idolatría, la adoración a los ídolos, en lugar del culto al verdadero Dios, al Dios de la Alianza. Combatir la idolatría, junto con la presentación del verdadero Dios, fue la gran obsesión de los profetas. Y es que de esta forma, apartando al hombre de la adoración a los ídolos, lo encaminaban hacia su felicidad y su libertad, que sólo pueden venir del culto al verdadero Dios, al Dios “que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta” al conocimiento del verdadero Dios luchaban por apartar al hombre del camino hacia la felicidad y la libertad que sólo pueden venir de la unión al verdadero Dios, lo que supone
Lectura del Apóstol san Pablo a los filipenses 2, 6-11
Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor».
En los versículos inmediatamente anteriores al fragmento que la Iglesia nos propone como primera lectura, San Pablo pide a sus queridos filipenses que, como discípulos de Cristo, se mantengan unidos -probablemente existían disensiones en la comunidad cristiana de Filipo-. Para ello cada uno debe considerar superiores a los demás, se debe desterrar todo tipo de rivalidad entre ellos, potenciar la humildad y no buscar el propio interés, sino el de los demás (Fil 2,3-4).
Para hacerles más fácil el cumplimiento de estas exhortaciones apela al fundamento de su ser cristianos, a la unión con Jesucristo, al que deben imitar en todo. “Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5). De esta forma introduce el conocido Himno de Filipenses, una reflexión que, con toda probabilidad, se utilizaba ya en la liturgia de algunas de las primeras comunidades cristianas y que sintetiza maravillosamente el ser y el obrar de Cristo. “Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, el cual -y aquí comienza el himno-, “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios…”.
En efecto. Jesús, que podía haber exigido en su existencia terrestre los honores que, como a Dios, le correspondían, no sólo renunció a ellos, despojándose de su categoría divina, sino que, tomando nuestra condición humana, se hizo uno de nosotros, asumiendo todas nuestras debilidades y, rebajándose en todo menos en el pecado, se convirtió en esclavo y servidor de todos, un servicio que le llevó a dejarse clavar en una cruz, la forma como solían morir los malhechores.
Acostumbrados desde niños a ver pinturas de Cristo lavando los pies de sus apóstoles, recibiendo la mofa de los soldados que tenían la misión de ejecutar su sentencia de muerte, cargado con el madero en el que sería clavado, y agonizando y muriendo entre dos bandidos, no nos percatamos del todo de las barbaridades que se cometieron con el Hijo del Dios, algo que impactó con fuerza a los primeros cristianos -como apreciamos en los relatos pormenorizados de la pasión de los cuatro evangelistas- y siguió y sigue impactando a todas las personas que, a lo largo de la historia y en nuestros días, han entregado su vida a la causa por la que sufrió y murió Cristo, “sufriendo y muriendo con Él” y, como Él, amando “hasta el extremo”.
El Dios que nos revela Jesucristo no casa con los valores de nuestro mundo, centrados en el poder, en la riqueza, en el placer y en la egolatría; un Dios que sí resultó novedoso para sus primeros seguidores que, cuando esperaban un Mesías que se impondría en todo el mundo con la fuerza de su sabiduría y su poder, resultó un escándalo para los judíos y una necedad para los gentiles (1Cor 1,23), Un Dios -lo decimos una vez más- radicalmente contrario al modo de pensar de este mundo: “el que de vosotros quiera ser el primero, que sea el servidor de todos; de la misma manera que el hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 27-28). En Jesús vemos el verdadero rostro de Dios, un Dios manso y humilde de corazón, que se fija en el indigente, que levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre, haciéndose Él pobre.
Tener los sentimientos de Cristo Jesús es imitar su humildad, una humildad que es la humildad de Dios, que no se define sólo por acoger al pobre y al inferior, sino por hacerme yo pobre e inferior. Es este comportamiento de Cristo el que nos salva de nuestra soberbia y de la mentira de creernos autosuficientes. La humildad es la verdad -decía nuestra Santa Teresa-, pero la Verdad es Dios y no nosotros, que todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Dios: nosotros somos también verdad, sí, pero cuando aceptamos con agrado nuestra total dependencia de Dios. Entonces de verdad somos humildes.
“El que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11). Cristo, el máximo humillado, es, por ello, el máximo enaltecido: “Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.
Aclamación al Evangelio
Aleluya. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque con tu cruz has redimido al mundo. Aleluya.
Lectura del Evangelio san Juan 3, 13-17
Jesús dijo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él»
El contexto en el que se desarrolla este fragmento evangélico es la conversación que el influyente fariseo Nicodemo tuvo con Jesús. Nicodemo, a diferencia de los demás fariseos, era un hombre que creía en Jesús: lo corroboran estas palabras (‘esta profesión de fe’ -podríamos decir-), extraídas de esta conversación que, quizá para no escandalizar a sus compañeros de religión, tuvo lugar secretamente durante la noche: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él” (Jn 3,2).
La intervención de Jesús deja desconcertado a nuestro visitante. Nicodemo no comprende eso de que ‘hay que volver a nacer’ para pertenecer al Reino de Dios: “Para entrar en el Reino de los cielos hay que nacer de nuevo”, “hay nacer de lo alto” (Jn 3, 3.5.7), le ha dicho el rabino de Galilea.
Estas palabras suponen para Nicodemo una contradicción flagrante?: “¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo?” “«¿Cómo puede ser eso?” (Jn 3,4.9). Y ahora viene la aclaración. Jesús le hace ver que la entrada en el Reino de Dios, es decir, nuestro nacimiento a la vida divina, sólo es posible si, apartando nuestro corazón de las cosas de la tierra, lo dirigimos hacia lo alto, hacia el Enviado de Dios, al que nos unimos por medio de la fe: “De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre -aquél que ha bajado del cielo, es decir, Jesús- sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna”.
Como ocurrió en el desierto, cuando todos los que, afectados por mordeduras de serpientes venenosas, miraban a la serpiente de bronce y quedaban sanados, del mismo modo, los que dirigen su mirada a Cristo en la cruz son liberados del veneno del pecado y comienzan a participar de la vida de Dios. Para esto se hizo hombre el Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, para que, al creer en Él, seamos redimidos de nuestros pecados y tengamos la vida eterna. Así lo evidencian las mismas palabras de Jesús en otro pasaje de este mismo evangelio: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
Esta venida al mundo (encarnación) del Hijo de Dios es la realización del proyecto benevolente de Dios de hacer entrar a la humanidad, con Cristo a la cabeza, en la órbita de la vida divina: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”.
Decimos, por tanto, un ‘no’ al Dios que se limita a juzgar a los hombres, al Dios justiciero que sólo infunde temor, a una falsa imagen de Dios que, en muchos casos, ha informado una incorrecta espiritualidad de muchos creyentes por interpretar erróneamente las Escrituras sagradas.
Por el contrario, danos un ‘sí’ rotundo a un Dios Padre, que administra justicia desde el amor y para el amor, que hace caer la lluvia sobre justos e injustos, que espera con los brazos abiertos la vuelta del hijo pecador, a un Dios que, como buen pastor, peregrina por el mundo en busca de la oveja perdida. Es así como concluye la lectura de este breve texto evangélico: “Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.
Oración sobre las ofrendas
Te pedimos, Señor, que este sacrificio, sobre la cruz para borrar los pecados del mundo, nos purifique de todas nuestras culpas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
La muerte de Jesús en la cruz es la gran prueba de amor de Dios a los hombres, un amor tan grande como para poder amnistiarnos de todas nuestras infidelidades: “Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,8). Sabemos que en la sacrificio de la misa asistimos de modo misterioso, pero real, a esta muerte que, aunque ocurrida hace más de veinte siglos, se hace actual para nosotros, ya que todo lo que Cristo dijo e hizo en esta tierra tiene, por ser Dios, la dimensión de eternidad. Consciente de esta verdad, fundamento de nuestro ser cristiano, pedimos al Padre que este perdón se entienda a todos los momentos de nuestra vida; que, dado que somos seres limitados e inclinados por nuestra naturaleza al pecado, haga puras todas nuestras obras pasadas, presentes y futuras, para que vivamos siempre en la confianza de que, en medio de las dificultades, peligros y aprietos a que la vida nos somete, vivamos siempre en la confianza de estar continuamente liberados.
Antífona de Comunión Jn 12, 32
Dice el Señor: cuando Yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.
Oración después de la Comunión
Señor Jesucristo, alimentados con tu sagrada eucaristía, te pedimos humildemente que lleves a la gloria de la resurrección a los que redimiste en el madero salvador de la cruz. Que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Acabamos de recibir la Eucaristía, el verdadero alimento de nuestra alma, sobre el cual se expresó Jesús con estas palabras: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6,54-55). Nos dirigimos directamente al Autor de nuestra fe, a Jesucristo, y le pedimos desde nuestra debilidad humana que sus palabras se cumplan en todos aquéllos que hemos creído en la redención que llevaste a cabo en tu cruz salvadora; que la esperanza de nuestra futura resurrección, cuya garantía es el Señor triunfante en el cielo, nos haga disfrutar, ya en esta vida, de las riquezas futuras que nos aguardan.