Festividad de San Pedro y San Pablo

               Festividad de San Pedro y San Pablo

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 12, 1-11


En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando de su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno; tenía intención de presentarlo al pueblo, pasadas las fiestas de Pascua, Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. La noche antes de que lo sacara Herodes, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: -«Date prisa, levántate.» Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió: -«Ponte el cinturón y las sandalias.» Obedeció, y el ángel le dijo: -«Échate el manto y sígueme.» Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: -«Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.»


El Herodes a que se refiere el texto era Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande -el que mandó matar a los Inocentes- y sobrino de Herodes Antipas -el que hizo degollar a Juan Bautista-. El emperador Calígula, del cual era amigo en el desenfreno, le colmó de beneficios y lo nombró rey de algunos territorios de Palestina, a los que les fueron añadiendo Perea y Galilea y, posteriormente, Judea y Samaría. 

Con el fin de ganarse el favor de los poderosos se convirtió en el primer perseguidor de la naciente Iglesia, algo que agradaba a sus súbditos judíos que, como bien sabemos, veían con malos ojos a los seguidores de la nueva religión. Esta fue la principal razón por la que degolló al apóstol Santiago y encarceló a San Pedro. 


Con el fin de evitar una posible fuga, puso cuatro escuadras de soldados que se turnaban cada tres horas, compuestas cada una de cuatro soldados, dos custodiando al preso y otros a la puerta, fuera del calabozo. La primitiva comunidad cristiana de Jerusalén vivía con intensa preocupación el encarcelamiento del jefe de los apóstoles, manteniéndose en permanente oración: “la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él”


San Lucas nos cuenta pormenorizadamente la liberación de San Pedro. Nos dice que la noche antes del día en que Herodes iba a presentarlo ante los judíos con el fin de condenarlo públicamente, estando encadenado a dos soldados y vigilada la puerta de la cárcel por otros dos, lo tocó un ángel en el hombro, se iluminó la celda y, al decirle “date prisa, levántate”, se le cayeron las cadenas de las manos. “Ponte el cinturón y las sandalias… Échate el manto y sígueme”, continuó el ángel. Los dos pasaron la primera y segunda guardia y, abriéndose la puerta de la cárcel, salieron a la calle. En el momento en el que desapareció el ángel, San Pedro dejó de ver al ángel. el apóstol cayó en la cuenta de que lo que le había pasado no era una sueño: “Era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos”.


La liberación del apóstol que acabamos de describir es una más de las muchas intervenciones de Dios en la historia de la salvación. La liberación de Pedro se sitúa en un ambiente pascual. De noche hizo Dios salir de Egipto a su pueblo; de noche se levantó Jesús del sepulcro; de noche sale Pedro de la cárcel. 


San Pedro vive en sus propias carnes la experiencia de la liberación del pueblo elegido y la liberación del Señor de las cadenas de la muerte.


SALMO RESPONSORIAL Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9


El Señor me libró de todas mis ansias.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.


Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.


Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias.


El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.


La vida del salmista no tiene sentido si toda ella no se desarrolla en una continua bendición y alabanza a su Hacedor: “Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca”Y ésta es también la razón de ser de la vida de todo creyente y de todo hombre de buena voluntad que, si es sincero consigo mismo, sabe que su existencia es un don recibido del Creador. Esta certeza, sobretodo si se trata de un creyente, le lleva a sentirse orgulloso, no de sí mismo, sino del Señor, que se ocupa de él y de todos los que lo escuchan. Hasta el rey Nabucodosor, después de haber sufrido los castigos del Señor por causa de sus maldades, reconoce al verdadero Dios y prorrumpe reconociendo su bondad: “Yo, Nabucodonosor, alabo y engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos, justos, y él puede humillar a los que se muestran soberbios (Da 4:37).

           En la segunda estrofa, invita a sus correligionarios a unirse a esta alabanza al Señor. El trato con quien, por amor, nos ha dado la vida y nos mantiene en la existencia no debe circunscribirse a una relación individual: yo con Dios y Dios conmigo. El hombre verdaderamente religioso no entiende una relación con Dios al margen de los demás: no se trata de sentirme yo bien, sino de agradar a Dios en todo y por parte de todos: cuantos más adoradores y agradecidos por su bondad existan, mejor: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre”

Muchos son los motivos que tenemos para alabar al Señor y reconocer su bondad.. El salmista se fija en los siguientes: El Señor escucha todas nuestras súplicas -“yo consulté al Señor y me respondió”-, nos libra de todas nuestras intranquilidades e inquietudes -“me libró de todas mis ansias”-, nos contagia de la luminosidad de su rostro y nos convierte en luz para que, a su vez, nosotros iluminemos a nuestros hermanos, los hombres -“contempladlo y quedaréis radiantes”-, el Señor no permite que vivamos hundidos en la tristeza -“al afligido lo escuchó y lo salvó de sus angustias” y, como a Elías, nos acompaña en nuestro caminar por la vida, protegiéndonos y alimentándonos para que no desfallezcamos en nuestro caminar  -“acampa en torno a los que le temen y los protege”. Por todo ello podemos y debemos proclamar para nosotros mismos y para los demás la gran suerte de tener al Señor a nuestro lado

Es lo que experimentó San Pedro la noche en que el ángel de Señor lo liberó de las cadenas de la cárcel y es lo que todos experimentamos su ponemos toda nuestra vida en las manos del Señor: El Señor me libró de todas mis ansias”


Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 4, 6-8. 17-18


Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Si bien para bastantes exegetas las dos cartas a Timoteo no fueron escritas por San Pablo, sino por algún discípulo que, conociendo perfectamente su pensamiento, se atrevió a redactarlas después de su muerte, el texto que hoy oímos es tan personal, que no nos atrevemos a decir que no haya sido redactado personalmente por él.

San Pablo, preso en Roma, es consciente de que su partida de esta vida es inminente; tiene la certeza de que muy pronto saldrá de la prisión, pero no para otra cosa que para ser martirizado. Manifiesta a su discípulo predilecto la alegría que siente por haber combatido el buen combate y participado hasta el final en la carrera hacia Cristo, quedándole como recompensa el haber conservado el tesoro de la fe.

Éste es el balance de su vida: haber peleado el buen combate, haberse esforzado en mantenerse firme en la Palabra y en la obediencia al Espíritu Santo, gracias al cual ha tenido a raya los pensamientos, razonamientos y deseos humanos que luchan para llevarnos al pecado, es decir, al abandono de Dios. Esta lucha la expresa también con el símil deportivo de la carrera en el estadio: en ella ha sido constante, soportando el cansancio y sin mirar nunca atrás, en la seguridad de que le estaba reservada la corona de la justicia -de la santidad-, y no sólo a él, sino a todos los que, como él, han aguardado “la manifestación de Cristo”, es decir, su segunda venida: “olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Fil 3,13-14).

          Con un halo de tristeza, manifiesta la deserción de todos aquellos que le debían haber defendido: “Nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron”, pero pidiendo a Dios, como Cristo en la Cruz y como Esteban cuando lo apedreaban. que no se les tuviese en cuenta. 

Todos lo abandonaron. Poco importa, pues el Señor estuvo en todo momento a su lado, dándole fuerzas para que, “a través de él, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones”, es decir, para que mediante el testimonio de su martirio, los hombres accedieran místicamente a la pasión y muerte de Cristo y, de esta forma, recibieran el regalo de la salvación. La expresión “fui librado de la boca del león” no debe ser interpretada en el sentido de que, por ser ciudadano romano, no podía ser arrojado a los leones en el Coliseo, sino en el sentido que le da San Pedro, cuando aconseja a los receptores de su carta contención y vigilancia: “Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar” (1Pe 5,8). El Señor no permitió que el principal enemigo de la fe apagara la Palabra que testimonió en aquel primer juicio.

          En el último versículo del texto San Pablo manifiesta la esperanza de que el Señor seguirá vigilando para que, en lo que le queda de combate, no tenga ningún tropiezo en la fe: “El Señor me librará de toda obra mala” y, así, podrá presentarse ante el Padre para disfrutar con Cristo en el reino celestial, como está previsto desde toda la eternidad: “por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1,4).

          Como no podía ser de otra manera, todas la obras buenas realizadas por San Pablo a lo largo de su vida y, por supuesto, las nuestras, son debidas a la acción de Cristo en nosotros: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Todo el mérito hay que atribuírselo a Cristo. No nos queda otra cosa que reconocerlo: “A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-19


En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: -«Unos que Juan Bautista, otros que Ellas, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: -«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: -«¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»


 “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”


Las respuestas son variadas. Unos dicen que Jesús es Juan el Bautista (que se supone que ha resucitado); otros, que Elías; para otros, Jeremías o uno de los antiguos profetas; en ningún caso -probablemente porque lo que Jesús decía y hacía no respondía a las expectativas que por entonces circulaban- se pensaba que Jesús era el Mesías esperado.  


“Tú eres el Cristo, tú eres el Hijo del Dios vivo”, responde Pedro a la misma pregunta, dirigida ahora a los discípulos. Esta respuesta ha dado mucho que hablar a lo largo de la historia, siendo interpretada de manera distinta por el protestantismo y por la Iglesia católica. 


Para el protestantismo, el “Tú eres el Hijo del Dios vivo”, que añade Mateo al “Tú eres el Cristo”, recogido en los evangelios de Marcos y Lucas, es solo una manifestación de la mesianidad de Jesús. Sin embargo, los Santos Padres en general y casi todos los exégetas católicos, antiguos y actuales, afirman que la segunda parte de la respuesta de Pedro es una proclamación de la divinidad de Jesús. Ello explicaría la reacción de Jesús, al señalar que dicha respuesta no podía haber salir de la mente de Pedro, sino de una revelación del Padre -no necesariamente en aquel preciso momento, sino a lo largo del tiempo que llevaba con Jesús, escuchando sus palabras y siendo testigo de sus obras y milagros-. 


Entender las palabras de Pedro como manifestación de la divinidad de Jesús concuerda, por otra parte, con lo que pensaban sus enemigos, para los que de su modo de hablar y manifestarse se deducía que Jesús se consideraba a sí mismo Hijo de Dios -“porque tú, siendo hombre, te haces Dios”-, y con el asentimiento de Jesús a la pregunta del sumo sacerdote y que fue determinante para su condena a muerte: “Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios”. “Tú lo has dicho”, le respondió Jesús.


“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará”.


En lugar de llamarlo por su nombre de pila, Simón, lo llama Pedro, que significa piedra o roca, la roca sobre la que Jesús va a edificar su Iglesia. Con la palabra ‘roca’ se designa en muchos salmos a Dios, fundamento sobre el que uno puede apoyarse incondicionalmente: “Solo Él es mi roca y mi salvación” (Sal 62, 3). En el Nuevo Testamento, este fundamento seguro es Jesús: “piedra viva, desechada por los  hombres, mas  para Dios escogida y preciosa” (1 Pe 2,4). Jesús, por su parte, hace partícipe de esta seguridad a su Iglesia que, edificada sobre la persona de Pedro y firmemente apoyada en Él, será una roca firme a la que no podrá hacer mella el poder del mal (“el poder del infierno”). 


“Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. 

Este poder de las llaves, es decir, de abrir las puertas a la Vida Eterna, es entregado a la Iglesia en la persona de Pedro y, unidos a Pedro, en la persona de los demás apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados” (Jn 20,22-23).

“¡Qué insondables las decisiones de Dios y qué irrastreables sus caminos”. ¡Quién podría haber imaginado que Jesús iba a asentar la roca de su Iglesia en elementos tan débiles y limitados como Pedro y los apóstoles, a los que comunicaría su poder de atar y desatar!

La petición que en la celebración eucarística hacemos por el Papa, por nuestro obispo y por todos los obispos del mundo debe traducirse en una actitud de comunión vital con nuestros pastores, aceptando su magisterio y valorando positivamente su papel en la Iglesia. Esta actitud no es un asentimiento ciego, sino una aceptación, desde la fe y el amor, de las directrices de unos hombres a los que, a pesar de sus debilidades, ha puesto Cristo al frente de su rebaño.



Solemnidad del Corpus Christi C

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo C

Solemnidad

Antífona de entrada

El Señor los alimentó con flor de harina y los sació con miel silvestre (cf. Sal 80,17)

Fue al Israel fiel, aquel que escuchaba la palabra de Dios e intentaba ponerla en práctica, a quien el Señor alimentó con flor de harina y sació con miel silvestre. Así lo aclara el salmo del que se ha extraído este texto, unos versículos anteriores: “¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino!”. Esta flor de harina es Cristo, la Palabra de Dios encarnada, y esta miel silvestre es la dulzura que brota de su corazón, dulzura que endulza la vida de los creyentes haciéndolos, como Él, mansos y humildes. Dispongamos nuestro corazón para alimentarnos fructuosamente de la fortaleza de esta Palabra (lecturas) y de la dulzura del corazón de Cristo, que se unirá a nuestra alma en una completa simbiosis de amor (comunión).


Oración colecta

Oh, Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú, que vives y reinas con el Padre.

La Eucaristía es el sacramento por excelencia, el lugar en el que Cristo, como hombre y como Dios, se hace presente para alimentarnos y para hacernos partícipes de su intimidad. En ella se hace actual todo lo que el Verbo encarnado dijo e hizo en su vida mortal y, de modo especial, en su pasión y su muerte. Debido a nuestra debilidad y a las distracciones mundanas, que reclaman constantemente nuestra atención, necesitamos la ayuda de la gracia para empaparnos de la grandeza de este sacramento. Es lo que pedimos al Padre: que la fe reemplace la incapacidad de nuestros sentidos para venerar el misterio del cuerpo y de la sangre de su Hijo y experimentar así “el fruto de la redención”, es decir, la unión con Él y con nuestros hermanos, los hombres.

Lectura del libro del Génesis 14,18-20

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino, y le bendijo diciendo: «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos». Y Abrán le dio el diezmo de todo.


El pequeño fragmento bíblico que nos propone hoy la Iglesia como primera lectura parece salirse a primera vista del propósito del resto de relatos del libro del Génesis. Pero si el autor sagrado lo inserta es, sin duda, porque para él despierta un interés importante. El nombre de Melquisedec aparece sólo dos veces en el Antiguo Testamento: en este fragmento y en el salmo 109 que nos propone hoy la Iglesia como salmo responsorial: “Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”.


El contexto histórico en el que se encuadra este fragmento es el siguiente: Abraham viene de liberar a su sobrino Lot, hecho prisionero junto con su rey, el rey de Sodoma, que fue vencido en una batalla mantenida entre varios reyes de la región. En el camino de vuelta, y quizá para solidarizarse con esta victoria, le sale al encuentro un misterioso personaje, Melquisedec, que le ofrece pan y vino para que se alimenten él y sus acompañantes, cansados y quizá desnutridos por la hazaña en la pelea que acababan de librar. Por lo que nos dice este texto, pocas cosas podemos saber de este misterioso personaje, pero las justas para destacar su importancia en la historia de la salvación. Nos extraña, en primer lugar, que el autor sagrado no mencione para nada su genealogía, algo habitual en la Biblia cuando nos presenta algún personaje importante. Pero, en cambio, nos dice algunas cosas interesantes, como a) que Melquisedec era, al mismo tiempo, rey y sacerdote: rey de Salem -muy probablemente la ciudad que con el rey David se convertirá en Jerusalén- y sacerdote del Dios Altísimo; b) que bendijese al Dios Altísimo por el éxito de Abraham; c) que bendijese a Abraham de parte del Dios Altísimo; y d) que Abraham le ofreciese la décima parte del botín que había arrebatado a sus enemigos, lo que demuestra que lo reconocía como un verdadero sacerdote.Todas estas precisiones tienen probablemente la finalidad demostrar la existencia de un sacerdocio distinto del sacerdocio levítico y anterior al mismo. Y, de hecho, así lo consideraron los que, a partir del reinado de David, esperaban la venida del Mesías, como se demuestra en el salmo antes citado, y posteriormente en los primeros cristianos, que relacionaron este sacerdocio con el sacerdocio de Cristo.


Salmo responsorial - 109  (110)


Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.


Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos  estrado de tus pies».


Desde Sion extenderá el Señor  el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.


«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento  entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, desde el seno, antes de la aurora».


El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:  «Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec».


Estamos ante un salmo real, ligado a la dinastía de David. Está concebido, al parecer, para formar parte del ritual de intronización de los reyes, una ceremonia que en Israel, debido a la desaparición de la monarquía, se celebró en muy contadas ocasiones. Para la tradición judía estas alabanzas eran referidas al Mesías que había de venir; la tradición cristiana, por su parte, veía en este rey al consagrado por excelencia, esto es, a Cristo, al mismo tiempo, sacerdote y rey.


Muy apreciado por la Iglesia antigua, ha sido rezado por los creyentes de todas las épocas, como una forma de celebrar a Cristo que, por su Resurrección, ha sido elevado a la derecha del Padre, desde donde ejerce su sacerdocio y reinado eternos.

“Oráculo del Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies”

Dios, “el Señor”, hace sentar al rey, “mi Señor”, a su derecha, haciéndole participar en el señorío divino, un señorío que se concreta también en la victoria sobre sus enemigos: “Haré de tus enemigos estrado de tus pies”. Esta glorificación regia fue interpretada por los autores del Nuevo Testamento como un anuncio profético del Mesías. Así, los tres sinópticos lo ponen en labios de Cristo para demostrar ante los fariseos que el Mesías no es hijo de David, sino de Dios: “¿Cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor, cuando dice: Dijo el Señor: siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies? (Mt 22, 43-44). San Pedro, a su vez, después de citar el salmo en el discurso de Pentecostés, pronuncia estas solemnes palabras: “Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado”  (Hech 2,36).

En efecto, Cristo es el Señor entronizado, el Hijo del hombre sentado a la derecha de Dios, que viene sobre las nubes del cielo (Mt 26,64); el que es superior a los ángeles y está sentado en los cielos por encima de toda potestad y con todos sus adversarios a sus pies, hasta que el último enemigo, la muerte, sea definitivamente vencido por él; el nuevo David -no un sucesor suyo-, enviado por Dios para vencer a todos los adversarios de Dios y dar a los hombres la vida divina.

Entre el rey protagonista de nuestro Salmo y Dios existe una íntima relación hasta el punto que es Dios mismo quien extiende el cetro del soberano dándole la tarea de dominar sobre sus adversarios, come reza el versículo: “Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro para someter en la batalla a sus enemigos”.

El rey ejerce su poder viviendo en la dependencia de Dios y en la obediencia a Dios, convirtiéndose así en el signo principal, dentro del pueblo, de su presencia poderosa y providente. Esta dependencia es absoluta, pues afecta hasta el origen mismo de su existencia: “Eres príncipe desde el día de tu nacimiento entre esplendores sagrados; yo mismo te engendré, desde el seno, antes de la aurora”. Con esta imagen sugestiva y enigmática termina la primera estrofa del Salmo, a la que sigue otro oráculo, que abre una nueva perspectiva, en la línea de una dimensión sacerdotal conectada con la realeza.  

«El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: “Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”».

Melquisedec, sacerdote y rey de Salem, había bendecido a Abraham y había ofrecido pan y vino después de la victoriosa campaña militar librada por el patriarca para salvar a su sobrino Lot de las manos de los enemigos que lo habían capturado (primera lectura). En la figura de este personaje convergen el poder real y el sacerdotal, y ahora el Señor los proclama en una declaración que promete eternidad: el rey celebrado por el Salmo será sacerdote para siempre, mediador de la presencia divina en medio de su pueblo mediante la bendición que viene de Dios y que en la acción litúrgica se encuentra con la respuesta de bendición del hombre.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11,23-26

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

“Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido”. Con estas palabras, San Pablo nos ilustra sobre el verdadero sentido de la tradición en la Iglesia. No se trata tanto de una costumbre que hay que respetar, cuanto de un tesoro de doctrina que debemos transmitir y que se remonta al mismo Jesús: si nosotros somos creyentes en la actualidad, es porque a lo largo de más de dos mil años los cristianos, como si de una carrera de relevo se tratase, han transmitido el depósito de la fe de unas generaciones a otras. A nosotros nos toca transmitir ahora esta fe, para lo cual debemos asegurarnos de que la misma responde realmente a lo dicho y enseñado por Cristo: se trata de no caer en el peligro de transmitir nuestras propias prejuicios e ideas personales.

Es esta transmisión la que construye el cuerpo de Cristo a lo largo de la historia. No se trata, por otra parte, de una transmisión intelectual, sino de hacer entrar a otros en el misterio de Cristo a partir de nuestra vivencia eclesial del mismo. La lectura de hoy se inscribe en una crítica de San Pablo a los corintios, cuyo comportamiento como cristianos no corresponde a lo que él, después de recibirlo de Cristo y de los apóstoles, les ha transmitido: “Oigo que, al reuniros en la asamblea, hay entre vosotros divisiones… Cuando os reunís, pues, en común, eso ya no es comer la Cena del Señor… Qué voy a deciros? ¿Alabaros? ¡En eso no los alabo“  (1Cor 11, 18.20.22). ¿Nos alabaría San Pablo a nosotros, que vivimos un cristianismo en el que la unidad brilla por su ausencia? Unas divisiones, no sólo a gran escala, entre católicos, protestantes y ortodoxos, sino dentro de  la propia Iglesia Católica en nuestras comunidades y grupos cristianos?

Como contrapartida a estas divisiones entre los cristianos de Corintio y también a las nuestras, San Pablo nos transmite la tradición eucarística que él, a su vez, había recibido. Estamos muy probablemente ante el primer relato escrito de la institución de la Eucaristía (entre los años 54 y 57). San Pablo la relaciona directamente con la pasión y muerte del Señor: “en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan …”. A la traición por parte de uno de los suyos, a la incomprensión de los hombres hacia su persona y su obra, al odio por parte de sus enemigos, Jesús responde anticipadamente entregando su vida, la forma más completa de ejercer el perdón: “pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros…” Y “Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre”. Ante la entrega radical de Cristo a los hombres, Pablo no puede por menos que escandalizarse por el comportamiento insolidario y mezquino de los corintios, un comportamiento que choca directamente con la Eucaristía, la fuente de la fraternidad.

Es por este motivo por el que la Iglesia celebra en el Jueves Santo “el día del amor fraterno”, y en el Domingo del Corpus, “el día de la caridad”. Jesús manifiesta el amor de Dios, dando su vida por nosotros, no sólo en el último tramo de la misma, sino a lo largo de toda su existencia terrena, amor siempre actual para nosotros en la celebración eucarística: “Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”

En la celebración eucarística nos trasladamos espiritualmente al momento real de la muerte del Señor, muriendo realmente con él a nuestro hombre viejo, marcado por las nuestras tendencias egoístas e idolátricas. Y, si realmente morimos con Él, nuestra existencia se convertirá en una existencia en favor de los demás, en la que los intereses de los demás sean nuestros propios intereses personales, “no haciendo nada por rivalidad ni por vanagloria; al contrario: considerando a los demás como superiores a uno mismo y buscando no el propio interés, sino el de los otros”  (Fil 2,3-4). Cuando comulgamos nuestra vida queda asimilada a la vida del Señor de tal manera, que ya no somos nosotros los que vivimos, sino Cristo el que vive en nosotros (Gál 2,20): nuestros criterios, nuestras actitudes, nuestros sentimientos serán los criterios, actitudes y sentimientos de Cristo. Seguiremos volviendo una y otra vez al modo de nuestra anterior existencia, pero seremos conscientes de que en esas recaídas dejamos de ser nosotros mismos y ello será un motivo para volver a nuestro verdadero ser. Como dice Benedicto XVI, “Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 13).




Aclamación al Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo –dice el Señor–el que coma de este pan vivirá para siempre.


Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,11b-17

En aquel tiempo: Jesús hablaba a la gente del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación. El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado». Él les contestó: «Dadles vosotros de comer». Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente». Porque eran unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: «Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno». Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos.

Quizá nos sorprenda que la Iglesia haya elegido como lectura evangélica para esta fiesta del Corpus este texto en el que se narra este milagro de la multiplicación de los panes y los peces. ¿Qué relación existe entre la Eucaristía y este milagro? Intentemos responder, analizando los puntos más importantes del texto.

“Jesús hablaba a la gente del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación”.

Jesús anuncia el Reino de Dios con sus palabras y con sus hechos, en este caso, con la curación de los enfermos. Jesús está llevando a cabo la misión para la que ha sido enviado, misión que él mismo resumió en aquel breve discurso en la sinagoga de Nazaret, citando palabras del profeta Isaías: “He sido enviado para evangelizar a los pobres, para devolver la vista a los ciegos, para …” (Lc 4,18). El milagro de la multiplicación de los panes y los peces se inscribe igualmente en este contexto: alimentar a los que tienen hambre es una proclamación del Reino de Dios en acción.

“El día comenzaba a declinar”

Los discípulos comienzan a preocuparse por la gente que lleva todo el día escuchando al maestro. Se encuentran en un descampado. Despídelos para que vayan a las aldeas próximas a comprar alimentos, le dicen a Jesús, es decir, haz que se dispersen y que cada uno resuelva por sí mismo su problema alimentario. 

A Jesús no le convence esta solución y les propone algo, a primera vista, incomprensible: “Dadles vosotros de comer”. Pero, ¿cómo? ¿Dar de comer con sólo cinco panes y dos peces a más de cinco mil personas? Con ello se podría alimentar como mucho a una pequeña familia. Otra solución que proponen los discípulos: ¿Utilizar el dinero que que llevaban en sus idas y venidas con Jesús para comprar alimentos? Tampoco fue ésta la solución querida por el maestro. Según la lógica humana, las soluciones de los discípulos son del todo razonables, pero, en el fondo, estaban motivadas -sobretodo la primera- por la búsqueda de lo más cómodo para ellos: pensaban más en ellos -en salir del apuro- que en el problema de la gente.

Jesús, en cambio, se deja llevar por su corazón desbordante de amor y piensa ante todo el la necesidad de estas personas que están a punto de desmayarse. Al decirles “Dadles vosotros de comer”, Jesús da a entender que los recursos no se encuentran en las aldeas vecinas ni en el dinero ahorrado, sino en el alma de los mismos discípulos. Jesús quiere no sólo saciar el hambre de la multitud, sino también adoctrinar a los discípulos para que sean ellos los que, empleando los medios que de Dios han recibido, solucionen el problema. Los discípulos en las soluciones que proponían confiaban en los medios naturales, pero en ningún momento confiaron en Jesús que, igual que es capaz de caminar sobre las aguas, curar enfermos y hasta resucitar muertos, puede y quiere multiplicar abundantemente nuestros recursos naturales para realizar lo que a nosotros nos parece imposible. 

“Tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente”

La descripción de la multiplicación de los panes está contada por los cuatro evangelistas de tal forma, que nos anuncia la institución de la Eucaristía:  toma en sus manos los panes y los peces, dirige los ojos al Padre, los bendice, los parte y se los da a los discípulos. Los panes y los peces salen multiplicados de sus manos, de las de los discípulos que los reparten y hasta de los que los comparten con los compañeros de mesa.

“Pronunció la bendición sobre los cinco panes y los dos peces”

La bendición de los panes y los peces no es un rito mágico: es, imitando al Dios que se recrea en la bondad de lo creado, reconocer estos alimentos como un don de Dios y pedirle que, como administradores de los mismos, nos enseñe a compartirlos con los demás. Es éste el significado de la parte de la misa, antes llamada “Ofertorio” y ahora “Preparación de las ofrendas”: cuando ponemos en el altar el pan y el vino, que van a ser consagrados, reconocemos que todo es don de Dios, que nosotros no somos propietarios de las riquezas materiales, intelectuales o espirituales que Dios nos ha dado, sino administradores de las mismas para el bien de los demás. Es esta actitud de desprendimiento la que nos hace capaces de realizar milagros. Hoy nos dice también Jesús a nosotros “Dadles de comer” y con ello nos quiere hacer descubrir que tenemos recursos insospechados para quitar el hambre, la amargura y el desamor de muchas personas que caminan a nuestro lado, pero a condición de reconocer que todo lo que tenemos es un bien que Dios nos ha dado para que lo compartamos con los demás.

Ahora podemos entender la relación entre el milagro de la multiplicación de los panes y la fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. La clave nos la da el Evangelio de San Juan en el que el relato de la institución de la Eucaristía ha sido sustituido por el del Lavatorio de los pies y la recomendación de Jesús de que hagamos nosotros lo mismo unos con otros. Ello quiere decir que, además de celebrar la institución de la Eucaristía en el momento de la Consagración de la misa, existe otra forma de recordar el memorial del Señor, a saber: ponernos al servicio de los demás, haciendo que las riquezas que Dios nos ha dado se multipliquen en favor de todos los hombres, especialmente de los más necesitados.

Oración sobre las ofrendas

Señor, concede propicio a tu Iglesia los dones de la paz y de la unidad, místicamente representados en los dones que hemos ofrecido. Por Jesucristo, nuestro Señor.

La espiritualidad cristiana nunca es estrictamente individual. El cristiano no puede separar el bien propio del bien de los demás, en este caso, de la comunidad eclesial. Por eso lo que pedimos en esta oración del ofertorio no es para nosotros, sino para la Iglesia -de la cual formamos parte como hijos-, para que el Señor la adorne con los dones de la paz y de la unidad, representados en el pan y el vino que ofrece el sacerdote. Esta petición la hacemos con la confianza de que nuestra oración será escuchada y concedida, pues ya nos dejó su paz el mismo Jesús -“La paz os dejo, mi paz os doy”-  y ya pidió al Padre para que viviéramos unidos  -“Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”-.

Antífona de comunión

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él, dice el Señor (cf. Jn 6,57).

Al acercarnos a comulgar, y para no convertir el acto de recibir a Cristo en una acción rutinaria que nos deje en la misma situación en la que estábamos, avivemos la certeza de que Jesús va a habitar realmente en nuestro interior y de que de nosotros, que al comerlo somos asimilados a Él, vamos a vivir en Él. Convirtámonos en niños y, como los niños que comulgan por primera vez, cantemos en el silencio de nuestro corazón aquella estrofa de una de las canciones de ese su día tan importante: “Yo le contaré lo que me pasa, como a mis amigos le hablaré, yo no sé si es Él el que habita en mí o si soy yo el que habita en Él”


Oración después de la comunión

Concédenos, Señor, saciarnos del gozo eterno de tu divinidad, anticipado en la recepción actual  de tu precioso Cuerpo y Sangre. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Alegrarnos y felicitarnos porque un ser de nuestra raza -un hermano nuestro- haya sido elevado al rango de la divinidad es un sentimiento que nos llena humanamente de orgullo. Pero esta alegría no sería real si este hecho no nos afectase directamente, es decir, si el hombre Jesús no se hubiese hecho una cosa con nosotros: sólo conocemos de verdad lo que experimentamos. Pero, para nuestro bien, el hombre Jesús ha entrado en nuestra existencia haciéndonos compartir su triunfo sobre el pecado y sobre la muerte y sentándonos con Él a la derecha del Padre. Al alimentarnos de su Cuerpo, nos ha asimilado a Él de tal manera que ya no vivimos en nosotros mismos, sino que es Cristo quien vive en nosotros. Al finalizar esta Eucaristía, pedimos al Padre que la realidad de la divinidad del hombre Jesús sea para nosotros el sentido y la alegría permanentes de nuestra vida.