Domingo 16 Ordinario A

 Domingo 16 Ordinario A

Antífona de entrada

Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno” (Sal 53,6. 8).

A pesar de las persecuciones de sus enemigos, David, autor del salmo, no dudó de la bondad de Dios para con él: el Señor sostiene mi vida”. Como respuesta a su ayuda, le ofrece un sacrificio de acción de gracias. Nosotros, sostenidos también por el amor de Dios, celebramos la acción de gracias por antonomasia, en la que nos unimos a Jesucristo en su ofrenda sacrificial al Padre.

Oración colecta

Muéstrate propicio con tus siervos, Señor, y multiplica compasivo los dones de tu gracia sobre ellos, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren siempre, con observancia atenta, en tus mandatos. Por nuestro Señor Jesucristo.

          Deseamos y suplicamos a Dios que se nos muestre cercano (“propicio”) y nos conceda, no por nuestros méritos, sino por su compasión, una fe grande, una esperanza fuerte y una caridad operativa. La posesión y vivencia de estas virtudes teologales hará que no nos cansemos en el cumplimiento de los mandatos del Señor. De las mismas surgirán espontáneamente las buenas obras para con Dios, para con nosotros y para con nuestros hermanos. En ellas radica el secreto de la santidad, a la que todos estamos llamados: los santos no son superhéroes, sino pobres vasijas de barro repletas de Dios.

Lectura del libro de la Sabiduría 12,13. 16-19

Fuera de ti no hay otro Dios que cuide de todo, a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente. Porque tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos. Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto y confundes la osadía de los que lo conocen. Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres. Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores.

La misericordia de Dios no es debilidad, sino el signo más claro de su riqueza y poder. El verdadero poder no se demuestra con castigos, sino con acercamiento y perdón. El rencor y la violencia suelen ser fruto de la impotencia y de los complejos, nunca de la fuerza de las personas. El miedo nos hace gritar para intentar asustar al otro y la debilidad nos pone en situación de agresividad frente al que es diferente.

El Dios verdadero no necesita demostrar su poder humillando a sus criaturas, sino, precisamente porque es poderoso, es moderado en sus castigos, busca el arrepentimiento del pecador, nunca la venganza. 

Se ha dicho que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios de la fuerza, del poder y hasta de la condena sin remedio al hombre pecador, mientras que Jesús nos presenta un Dios compasivo, que se abaja para acoger a sus hijos. Esto no es exactamente así. En el himno del Magnificat María canta al Poderoso que ha hecho obras grandes en mí, que es santo en su nombre y que su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1,49-50). Y si hurgamos en el Antiguo Testamento, encontramos también un Dios, al mismo tiempo, poderoso y cercano, un Dios que perdona una y otra vez a su pueblo. Así lo vemos en las enseñanzas de los profetas. Cuando Israel era niño yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo por amor” (Oseas, 11, 1). 

Es en la entrega voluntaria de Cristo a la cruz donde más unidos aparecen el poder de Dios y la cercanía de Dios, su omnipotencia y su amor misericordioso a los hombres. Un

Salmo responsorial (Sal 85)

Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica.

 

Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios».

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera,

rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí.

 

En estos versículos del salmo 85, elegidos por la Iglesia para responder a la primera lectura, el salmista contempla, poniéndolas al mismo nivel, la omnipotencia y la misericordia de Dios. Dios es misericordioso porque es omnipotente y su omnipotencia la ejerce en el servicio compasivo a los necesitados. Al contrario de lo que suelen hacen los poderosos de la tierra, Dios emplea toda su fuerza y poder en amar a los seres que ha creado y, tratándose del hombre, en compadecerse de su debilidad y en perdonar todos sus errores y sus faltas para llevarlo a la felicidad a la que le ha destinado. Como comentábamos en la lectura que acabamos de oír, ‘el verdadero poder se demuestra con acercamiento y perdón, mientras que el rencor y la violencia suelen ser fruto de la impotencia y de los complejos’. 

La misericordia y la omnipotencia de Dios se ponen de manifiesto en las tres estrofas de nuestro salmo: en las dos primeras, el salmista contempla la bondad, la clemencia y el perdón de Dios para los que lo buscan, y lo mismo en la tercera: El Señor es un Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal”En la segunda el salmista insiste especialmente en su poder grandioso y único, creador de grandes hazañas: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios».

Los primeros versículos de la primera y tercera estrofa están ciertamente inspirados en el episodio del Éxodo en el que Moisés, airado contra su pueblo por prestar adoración y pleitesía a un ídolo -el becerro de oro-, hace trizas por el suelo las tablas de la Ley, como un gesto de que se ha roto la Alianza. Otra, muy distinta, es la reacción del Señor, que ordena a Moisés fabricar otras tablas y subir al monte de madrugada a entrevistarse con Él. Es allí cuando Dios, pasando al lado de Moisés, le hizo esta sorprendente y fundamental revelación: Yo soy el Señor, Dios misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado” (Éx 34,6-7). Moisés toma esta revelación de Dios al pie de la letra y, rostro en tierra, prorrumpe en esta oración; Si en verdad he hallado gracia a tus ojos, oh Señor, dígnate, venir en medio de nosotros, que somos un pueblo de dura cerviz; perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y recíbenos por herencia tuya”. El salmista, reconociendo la misericordia de Dios, hace lo mismo: las dos estrofas aludidas culminan con esta oración de petición: Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica” (1), Mírame, Señor, y ten compasión de mí” (3).

En la segunda estrofa el salmista se goza en la grandeza y maravillas realizadas por Dios y en la certeza de que todos los pueblos lo reconocerán y se acercarán a él para alabarlo: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre”. Encontramos en estas palabras una característica fundamental de la fe bíblica, a saber: que la salvación no queda circunscrita a Israel, sino que va dirigida a todos los hombres, siendo Israel el pueblo elegido por Dios para que, a través de él, se salve toda la humanidad.

Esta universalidad de la salvación se realiza plenamente en Cristo, en quien todos los hombres están llamados a ser una única familia. Así comenzaron a llevarlo a cabo los apóstoles que, obedeciendo el mandato de Cristo, se lanzaron sin complejos a anunciar la Buena Nueva hasta los lugares más lejanos de la tierra entonces conocida: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

Pidamos a Dios una fe tan grande, que nos haga identificarnos con estas actitudes del salmista, actitudes realizadas de modo excelente por Cristo, nuestro indiscutible referente en nuestro trato con el Señor en la oración y en el encuentro con los demás: es Él quien mejor conoce la bondad, la lealtad y la misericordia del Padre y es Él el que desea con toda la fuerza de su ser humano y divino extender su Buena Nueva de salvación a todos los hombres. Esta extensión del Reino de Dios a todos los hombres fue la razón de ser de su venida al mundo y de su existencia entre nosotros. 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,26-27)

Hermanos: El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

 Estos dos versículos del capítulo 8 de la carta a los Romanos son la continuación de la segunda lectura del pasado domingo: en ella nos alegrábamos por poseer ya ahora las primicias del Espíritu.

Es este Espíritu el que acude en ayuda de nuestra debilidad, manifestada en este caso en nuestra incapacidad para la oración: en muchas ocasiones no sabemos lo que debemos pedir y cómo lo debemos pedir.  Es él, el Espíritu, el que se pone en nuestro lugar para provocar gemidos que, aunque no los entendamos, son la manifestación de nuestros deseos más íntimos y auténticos. El Padre, que sondea hasta el fondo nuestros corazones, conoce cuáles son estos deseos del Espíritu y sabe que están de acuerdo con lo que realmente necesitamos.

En esta situación nos ponemos en los brazos del Padre, renunciando a nuestra propia iniciativa, para que sea el Espíritu el que ore en nosotros y por nosotros. De esta forma realizamos nuestro ser hijos de Dios”, haciéndonos niños pequeños que todo lo necesitan de su padre. Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mc 18, 3).

Aclamación al Evangelio

          Aleluya, aleluya, aleluya. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños.

          Es a los pobres y pequeños a los que más toma en serio Jesús, según vemos en muchos pasajes de su vida en la tierra. Contemplemos a Cristo bendiciendo y dando gracias al Padre por revelar sus misteriosos planes a los sencillos. ¡Concédenos, Señor, parecernos a Cristo, que se hizo el más pequeño entre los pequeños y el más pobre entre los pobres! 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,24-43)

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Él les dijo: Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero él les respondió: No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».] Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas». Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta». Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo». Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo». Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

          Dividimos la lectura del Evangelio en cinco partes. En las tres primeras Jesús nos expone la parábola de la cizaña (1), la de la mostaza (2) y la de la levadura (3). Después de una breve explicación sobre el porqué de la enseñanza en parábolas (4), Jesús, como ya hizo con la del sembrador, nos desvela el significado de la parábola de la cizaña (5). 

Con la parábola de la mostaza se muestra la potencia extensiva del Reino de Dios: una de las semillas más pequeñas se convierte en un árbol grande, De un grupo pequeño de seguidores de Jesús se desarrolla la Iglesia, que se esparcirá en muy poco tiempo por todo el mundo conocido. ¿Quién podría imaginar que de la persona y el mensaje de un judío, ajusticiado en una cruz por el imperio romano, rechazado por su propio pueblo y abandonado por sus discípulos, pudiera  surgir un movimiento que dos mil años después siga creciendo por todos los países del mundo? 

Los inicios de cualquier proyecto humano suelen ser de tal forma insignificantes, que, si no estamos muy convencidos de su valor, el proyecto se truncará ante las primeras dificultades. En la vida cristiana pasa lo mismo. Si no estamos plenamente convencidos de la potencia transformadora del Evangelio, es decir, si no tenemos fe, todos nuestra vida espiritual quedará en buenos deseos: Si tuviereis fe como un grano de mostaza..., nos dice Jesús en otra ocasión- diríais a este monte: pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mt 10, 20).

Con la parábola de la levadura se resalta la eficacia intensiva que tiene el Evangelio para transformar los corazones de los hombres. La Palabra de Dios, cuando es acogida en el alma con sinceridad, va poco a poco contagiando los distintos niveles del hombre (los pensamientos, los deseos, los sentimientos, las actitudes...) hasta que consigue fermentar todo nuestro ser. Pero para que se produzca este milagro hace falta también tener la fe del grano de mostaza, fe que, por ser un don de Dios, tenemos que pedir continuamente: Señor, yo creo, pero aumenta mi fe” (Mc 9, 24),

Antes de pasar a la explicación de la parábola de la cizaña, San Mateo, se sirve del salmo 77 para hacernos ver que toda la vida y obra de Jesús, en este caso, su enseñanza a través de parábolas, es un cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento: Abriré mi boca en parábolas; (y en parábolas) anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo

Significado de la parábola de la cizaña. De acuerdo con la explicación que nos da Jesús, la semilla que el Hijo del hombre siembra en el campo del mundo no es, en este caso, la Palabra de Dios, sino las personas que han sido tocadas por la Palabra de Dios; la cizaña son los partidarios del maligno. El dueño del campo no permite a los criados  eliminar la cizaña porque, al arrancarla, se corre el peligro de arrancar con ella el trigo. Es decir. Hay que dar tiempo para que los partidarios del mal puedan convertirse -Dios quiere que todos los hombres se salven”- y a que los hijos del Reino puedan crecer en santidad a través de las dificultades de la vida.

El trigo y la cizaña no son realidades separadas en la sociedad, como si el mundo estuviese dividido en buenos y malos, sino que, como dice San Agustín, ambas realidades, es decir, el bien y el mal, se encuentran mezclados y confundidos, tanto en la sociedad como en el corazón del hombre. No nos compete a nosotros eliminar totalmente el mal de nuestro mundo, aunque, como cristianos, tengamos la obligación de luchar para atraer al Reino de Dios a los que estén realmente apartados de él.

 La eliminación definitiva del mal solo compete a Dios que, como justo juez, no dejará que los males de la historia queden definitivamente borrados ni permitirá que las buenas obras queden sin recompensa.

Oración sobre las ofrendas

Oh Dios, que has llevado a la perfección del sacrificio único los diferentes sacrificios de la ley antigua, recibe la ofrenda de tus fieles siervos y santifica estos dones como bendijiste los de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en alabanza de tu gloria beneficie a la salvación de todos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

En el sacrificio de la cruz Cristo lleva a la perfección todos los sacrificios de la Antigua Alianza y todas las ofrendas que nosotros podamos hacer a Dios. Las dones principales que en este momento del ofertorio ofrecemos al Padre son el pan y el vino, que van a ser consagrados y convertidos en el cuerpo y en la sangre de Cristo. Juntamente con ellos, ofrecemos a Dios nuestra propia vida, representada en nuestras aportaciones particulares, incluida nuestra aportación económica. Deseamos que nuestras ofrendas sean bendecidas y santificadas por Dios para nuestra santificación y la santificación de los demás,

Antífona de comunión

Mira, estoy a la puerta y llamo, dice el Señor. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap 3,20).

¿Abrimos al Señor la puerta de nuestro corazón o dejamos que pase las los días y las noches solo, en el umbral de nuestra casa, sin querer saber nada de él? 

“¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,  si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras!”  (Lope de Vega)

Oración después de la comunión

Asiste, Señor, a tu pueblo y haz que pasemos del antiguo pecado a la vida nueva los que hemos sido alimentados con los sacramentos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor. 

 .., despojaos del viejo hombre… … y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad verdadera” (Ef 4, 22-24). El paso de nuestra vida de pecado a la vida de hijos de Dios es la continua tarea del cristiano que debe estar siempre en proceso de conversión. Es para la realización de esta tarea por lo que pedimos que Dios ayude a los que acabamos de recibir el sacramento eucarístico.

 

Domingo 15 Ordinario A

 Domingo 15 del Tiempo Ordinario Ciclo A

Canto de entrada

En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; Al despertar, me saciaré de tu semblante” (Salmo 16, 15)

El canto de entrada se centra en la misma esencia de la fe bíblica: la unión con Dios mediante la contemplación de su rostro. La mayor riqueza a la que puedo aspirar no es poseer cosas, ni fama, ni poder, ni siquiera un buen nombre. Aquello que sacia mi alma es el Señor. Él es mi tesoro, mi riqueza, mi bien. Su sola presencia me basta. Contemplad su rostro y quedaréis radiantes”, canta el salmista (Salmo 34,6)


Oración colecta

Oh, Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al camino, concede a todos los que se profesan cristianos  rechazar lo que es contrario a este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo.

 Ante la certeza de que “Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Timoteo 2, 4), pedimos al Padre que conceda  a los que se consideran cristianos el saber rechazar lo que no concuerda con este nombre (planteamientos contrarios a la fe, deseos de tener cosas que me apartan de Dios, actitudes que matan el amor) y realizar cuanto en él se significa, como esforzarse por vivir siempre en la presencia de Dios, apoyados y sostenidos por su misericordia

 Lectura del libro de Isaías (Is 55, 10-11)

Esto dice el Señor: «Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo».

En el versículo siguiente a este texto (12) Isaías manifiesta de parte de Dios esta promesa: “Partiréis con regocijo y seréis conducidos en paz. Montes y collados prorrumpirán en gritos de júbilo ante vosotros, y todos los árboles del campo batirán palmas”. El profeta se está dirigiendo a los judíos deportados en Babilonia a los que anuncia su pronta y esperada liberación.

Para poder creer en el cumplimiento de esta promesa es absolutamente necesario tener plena confianza en la Palabra de Dios. Es esta confianza lo que permite al profeta hablar con tanta firmeza y seguridad. Son las últimas palabras del texto que hoy pone la Iglesia para nuestra meditación:“La palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo”. Uno se asombra ante el hecho de que estas promesas sobre la eficacia de la Palabra y de la obra de Dios sean pronunciadas en un momento problemático y hartamente difícil para el pueblo elegido, algo, por cierto, bastante frecuente en la historia del pueblo de Israel. Son esos momentos de depresión colectiva en los que se hace necesario resaltar la bondad y el poder de Dios que, como como reza el salmo 94, “con su consuelo llena el alma de alegría cuando se acrecienta la angustia” (Sal 94,19).

Uno de estos momentos es el comienzo del ministerio del Segundo Isaías, cuando, exiliado como sus compatriotas en Babilonia, proclama, en contraste con la fuerza militar del imperio Asirio, la fuerza y eficacia de la Palabra de Dios en estos términos: “La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Is 40,6). Esta eficacia de la Palabra de Dios se muestra igualmente en el poema de la creación, redactado durante los años del destierro de Babilonia, en el que a la palabra de Dios indicando que exista la tierra, el cielo y los seres vivientes sigue el varias veces repetido “Así fue” (Gén 1). O en el profeta Jeremías que, ante las calamidades del pueblo, predicó de parte de Dios esta mensaje de parte de Dios: “Yo velo sobre mi palabra para cumplirla” (Jer 1,12).

Una buena razón que tenían los profetas para insistir en la eficacia de la Palabra de Dios es la lucha contra la idolatría, y es que la tentación de acudir a los dioses paganos es bastante fuerte, sobretodo para los judíos exiliados. Su razonamiento podría ser algo así: puesto que estamos vencidos y reducidos a una pobreza extrema, nos iría mejor volvernos hacia los dioses de los vencedores.

Para combatir esta tentación lanza Isaías estas luminosas palabras: “(Los idólatras) claman a sus dioses cuando están en peligro, pero éstos no responden y nunca salvan a nadie de sus problemas” (Is 46,7). El salmo 113, por su parte, resalta magníficamente la infinita diferencia entre el poder de Dios y la nula utilidad de los ídolos: “Nuestro Dios está en el cielo y en la tierra, él hace todo lo que quiere. Los ídolos, en cambio, son plata y oro, obra de las manos de los hombres. Tienen boca, pero no hablan, tienen ojos, pero no ven;  tienen orejas, pero no oyen, tienen nariz, pero no huelen. Tienen manos, pero no palpan, tienen pies, pero no caminan; ni un solo sonido sale de su garganta”.

Centrándonos más directamente en nuestro texto, Isaías emplea la imagen de la lluvia para mostrar la enorme eficacia de la Palabra de Dios, una imagen muy elocuente en una tierra bañada por el sol, como es Palestina o Babilonia, donde la tierra está ansiosa de la primera lluvia para ponerse a florecer: “Como baja la lluvia (…) del cielo, y no vuelve sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar (…), así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo”.

Este encargo que se lleva a cabo a través de la Palabra divina no es otra cosa que el perdón y la reconciliación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Así lo manifiesta Isaías en los versículos inmediatamente anteriores a nuestro texto: “Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva al Señor, y él le tendrá compasión, a nuestro Dios, que es generoso en perdonar” (Is 55,7). Y es que el proyecto de Dios al revelarse no es otro que atraer a los hombres a una relación de amistad con Él: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad” (1Tm 2,4).

La Palabra definitiva de Dios es Jesucristo que, al encarnarse, ha empapado y fecundado nuestra alma y las almas de todos los que han creído y creerán en Él. Nuestro salvador ha cumplido perfectamente con la misión del perdón y la reconciliación: “Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18). La Palabra encarnada, Jesucristo, ha vuelto al Padre, pero se ha llevado consigo una humanidad reconciliada.

[En el comentario a esta lectura he seguido el planteamiento que sobre la misma hace Marie Noël Thabut].

 Salmo responsorial -  6                      

La semilla cayó en tierra buena, y dio fruto.

Tú cuidas la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales. 

Así preparas la tierra. Riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes.

Coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia; rezuman los pastos del páramo, y las colinas se orlan de alegría.

Las praderas se cubren de rebaños, y los valles se visten de mieses, que aclaman y cantan.

Respondemos a esta lectura cantando las bendiciones que Dios realiza en el creyente. La semilla es la Palabra de Dios y la buena tierra es el hombre que está dispuesto a recibir esta Palabra y a empaparse de ella. Dios no se contenta con darnos lo estrictamente necesario: nos da con abundancia; no se limita a sacarnos de la pobreza espiritual: se desborda con nosotros y nos enriquece haciéndonos partícipes de su propia vida . La abundancia de pastos y la belleza de los campos vestidos de mieses las refiere el salmista a esta vida plena que Dios concede al hombre que acoge su Palabra. En la parábola del Buen Pastor nos dice Jesús que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Juan 10, 10). Lo único que tenemos que hacer es dejarnos guiar por Cristo, nuestro Pastor, y no poner obstáculos a la acción de su Palabra. 

Lectura dela carta del apóstol San Pablo a los Romanos (8,18-23

Hermanos: Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.

 La Palabra, que no vuelve al cielo sin antes haber producido sus frutos, ilumina en la segunda lectura una importante dimensión de la existencia humana. Me refiero a los sufrimientos que constantemente nos acompañan. Nos levanta el ánimo pensar que estos sufrimientos no son nada si los comparamos con la felicidad que tendremos cuando alcancemos la completa liberación de nuestro cuerpo mortal. Esta esperanza es tan fuerte, que ya por ella nos sentimos salvados. En esperanza estamos salvados”, nos dice también San Pablo unos versículos anteriores de esta misma carta a los Romanos (8,24). La lectura sigue consolándonos recordándonos que es la toda la creación -no solo nosotros- la que, sometida también a la frustración y a la esclavitud de la corrupción, está también sufriendo ”con dolores de parto”, esperando nuestra plena manifestación como hijos de Dios. Y es que en la explicación de nuestros sufrimientos actuales tiene mucho que ver este mundo corrupto al que tan unidos estamos a través de nuestro propio cuerpo, el cual acusa, junto al resto de la creación, la debilidad y la vanidad. Es por esta razón por la que la naturaleza entera anhela con todas sus fuerzas recuperar la finalidad y el sentido que Dios le dio al crearla. Si esto fuera poco, la lectura termina con otra razón - y esta es la principal- para nuestra esperanza: los cristianos poseemos ya en primicia al Espíritu, el cual nos mueve a exclamar ya en esta vida lo que seremos un día en plenitud: somos hijos de Dios.

 Aclamación al Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya. La semilla es la palabra de Dios, y el sembrador es Cristo; todo el que lo encuentra vive para siempre

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,1-23)

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga»Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. 

Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. 

No ni entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

 La Iglesia nos invita este domingo a contemplar la parábola del sembrador. Tres partes, perfectamente delimitadas, dan forma a esta lectura: 1) la exposición de la parábola; 2) la respuesta de Cristo al porqué de la enseñanza en parábolas y 3) la explicación que el propio Cristo ofrece del significado de la parábola.

La respuesta de Jesús a quien le pregunta por qué enseñaba en parábolas podría hacernos pensar que la inteligencia de la palabra de Dios es un privilegio concedido a los que tienen capacidad de comprender y negado a quienes carecen de esta capacidad. Ello no es así. La Buena Noticia del Reino es transmitida a todos y es asequible a todos, pero sólo produce sus frutos en aquellas personas que tienen una verdadera actitud de acogida. Solo quien se acerca a Jesús con sencillez, fe, apertura, y esperanza en el cumplimiento de lo que promete, comprenderá su palabra. No vale limitarse a oírla, dejando que nos resbale: hay que escucharla con atención e interés, para que toque e impregne todo nuestro ser. Quien oye y no entiende y quien mira y no ve -se refiere a oír la palabra de Dios y a ver las acciones de Dios- tiene el corazón embotado y ello le endurece los oídos y los ojos. El Papa Francisco dice que la verdadera parábola es Jesús mismo que, en su humanidad, oculta y, al mismo tiempo, revela su divinidad. Dios no nos obliga a creer en él, sino que nos atrae hacia sí a través de la verdad y la bondad de su Hijo Encarnado, atracción que, como el amor, respeta siempre nuestra libertad. 

En la tercera parte nos desvela Jesús el significado de la parábola de este modo: el borde del camino salpicado por la semilla son aquellas personas que reciben la palabra, pero que no se molestan en meditarla y, consecuentemente, no llegan ni siquiera a entenderla; el terreno pedregoso son aquellos que escuchan y hasta aceptan la palabra con alegría y entusiasmo, pero, al intentar llevarla a la práctica, se cansan por falta de raíces y se vienen abajo ante la menor dificultad. La tierra que se encuentra entre abrojos y cardos son aquellos oyentes que, como los anteriores, escuchan con atención la palabra, pero, al no tener a Dios en el centro de su vida, la ahogan dejándola estéril las preocupaciones y los afanes de la vida o el apego a los bienes materiales. La buena tierra son los que escuchan la palabra, la entienden y dejan que empape su mente y su corazón. Estos son los que  realmente la aprovechan. 

Para que esta parábola produzca su fruto debemos examinar cada una de estas actitudes para ver cuánto tengo de borde del camino” (¿me conformo solo con oír la palabra?), de tierra pedregosa” (¿la escucho, pero no me esfuerzo en profundizar en ella?), de terreno lleno de abrojos y malas hierbas” (¿estoy dominado por las preocupaciones, por la excesiva actividad o por el deseo desmedido de tener cosas?). Se trata de que este examen me ayude a liberarme poco a poco de estos obstáculos y a convertirme con la gracia de Dios en buena tierra.

 Oración de las ofrendas

Mira, Señor, los dones de tu Iglesia suplicante y concede que sean recibidos para crecimiento en santidad de los creyentes.

Es toda la Iglesia peregrinante en la tierra la que ofrece el pan y el vino que, bendecidos por el sacerdote, se convertirán en el cuerpo y en la sangre de Cristo para alimento de nuestras almas. Pedimos al Padre que prepare y purifique nuestro corazón para que deseemos con todas nuestras fuerzas alimentarnos de ellos. De esta forma daremos pasos gigantes en santidad, pues Dios concede sus dones a quienes verdaderamente los desea. Así lo explica San Agustín en una homilía sobre el evangelio de San Juan: Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el  alma y, ensanchándola, la hace capaz de recibir su don” 



Antífona de comunión

Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor del universo, Rey y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre (cf. Sal 83,4-5).

 La meta principal de nuestra vida es estar constantemente junto a Dios. Vivamos con la máxima intensidad este momento, previo a la comunión, en el que vamos a recibir a Cristo en nuestro corazón: vamos a alimentarnos con su propio cuerpo y, al contrario de lo que sucede con el alimento material -que lo asimilamos a nuestro cuerpo-, aquí somos nosotros los que somos asimilados por Cristo, haciéndonos una sola cosa con él para vivir siempre en él y con él. ¡Qué bueno es estar en tu casa! ¡Padre mío y Dios mío! ¡Cuánto te anhela mi alma y de qué modo desea habitar en tu templo? 

 Oración después de la comunión

Después de recibir estos dones, te pedimos, Señor, que aumente el fruto de nuestra salvación con la participación frecuente en este sacramento. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 Alegres por haber recibido el regalo de su Hijo, en quien se concentran “todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2,3), pedimos al Padre que nos haga seguir creciendo en santidad mediante la participación frecuente en el sacramento eucarístico. Que el Señor aumente y purifique nuestro deseo de alimentarnos de este sacramento con el que nos hacemos una misma realidad con su propio ser y su propio existir. De esta forma podemos gritar con San Pablo, cada vez con más energía: Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí' (Gál 2, 20)