Domingo 17 Ordinario A

 Domingo 17 Ordinario A

Antífona de entrada

Dios, el que vive en su santa morada, da calor de hogar al solitario y fuerza y poder a su pueblo.

En su “santa morada” Dios acoge con amor de padre a los desamparados y llena de vigor y valentía a los que a Él se acercan. Como miembros de su pueblo, Dios nos abre su seno a nosotros, haciéndonos fuertes y valerosos en el camino de la vida para poder proclamar con entusiasmo la Noticia del Evangelio a todos los hombres con nuestras palabras y nuestras obras

 

Oración colecta

Oh, Dios, protector de los que en ti esperan y sin el que nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros tu misericordia, para que, instruidos y guiados por ti, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros que podamos  adherirnos ya a los eternos. Por nuestro Señor Jesucristo.

Nuestra petición se adapta al sentir de la Iglesia que hoy pone el acento en la aspiración a los bienes del cielo. “Buscad los bienes de arriba”, nos dice San Pablo en la carta a los Colosenses (4,2). En esta sociedad del bienestar, en la que tan difícil resulta desprendernos del desmedido consumismo, tiene mucho sentido pedir al Señor, de quien todo lo esperamos y sin el cual nada tiene sentido ni valor, que nos ayude a valorar en su justa medida los bienes materiales y nos enseñe a transcenderlos y a usarlos como peldaños que nos encaminen hacia los bienes definitivos. “Habéis sido rescatados a buen precio; no os hagáis esclavos de realidades humanas; los que disfrutan de este mundo (vivan) como si no disfrutaran”, nos dice también San Pablo en la primera carta a los Corintios (7,22.31)


Lectura del primer libro de los Reyes (1Re 3,5. 7-12)

En aquellos días, el Señor se apareció de noche en sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que deseas que te dé». Salomón respondió: «Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?» Agradó al Señor esta súplica de Salomón. Entonces le dijo Dios: «Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos, sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti».

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Concede a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal.

Salomón acaba de ser aclamado rey de Israel, como sucesor de su padre, el rey David. Para completar la ceremonia de coronación se dirige en peregrinación al santuario de Gabaón, cercano a Jerusalén, para ofrecer un sacrificio al Señor. Y es allí donde pronuncia esta hermosa plegaria que permaneció siempre en Israel -también entre nosotros- como modelo de oración de petición. Se podía pensar, a tenor por el contenido de esta plegaria y por la respuesta que a la misma da el Señor, que Salomón era una persona humilde y temerosa de Dios; que la plegaria brotó de un corazón dócil a la voluntad de Dios. Pero, aunque en el momento de dirigirse a Dios existía sinceridad en el nuevo rey, las intrigas y engaños mediante los cuales ascendió al trono, el comportamiento vengativo con sus enemigos personales y el lujo excesivo del que se rodeó al final de su reinado demuestran sobradamente que Salomón no era precisamente un santo. No negamos, para emitir un juicio justo, las cualidades de las que le dotó el Señor, particularmente la sabiduría, que le llevaron a gobernar con justicia y equidad durante gran parte de su reinado. Precisamente la humildad y sabiduría que subyacen en su famosa plegaria son, como todo lo bueno, fruto del amor de Dios. Nosotros, como dirá más tarde San Pablo, “no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26). Es decir. Es Dios el autor de todos nuestros deseos y determinaciones: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), nos dice Jesús; ni siquiera rezar -añadimos nosotros, siguiendo al Maestro-. La humildad y la prudencia de la que  Salomón hizo gala en esta plegaria son, por tanto, un regalo de Dios. 

Dicho todo esto, el joven Salomón, reconociendo su inexperiencia, le pide al Señor un corazón sabio para juzgar a su pueblo y para saber discernir entre lo bueno y lo malo. El Señor, apreciando su actitud, accede a su petición y le concede sabiduría e inteligencia. La sabiduría en Israel es entendida como la luz de Dios que ilumina la actividad de los hombres: con ella conocemos la voluntad de Dios y en ella descubrimos también dónde se encuentra la verdadera realización humana, aquélla que nos pacifica, nos enriquece y nos hace felices. Esforcémonos nosotros en alcanzar la verdadera sabiduría, aquella que nos lleva de la mano a los jardines celestiales. Meditemos con nuestro clásico las palabras de su famoso poema: 

«La ciencia más consumada

es que el hombre bien acabe,

porque al fin de la jornada,

aquél que se salva sabe,

y el que no, no sabe nada»

 

Salmo reponsorial (Sal 118)

¡Cuánto amo tu ley, Señor!

Mi porción es el Señor; he resuelto guardar tus palabras. Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata.


Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo; cuando me alcance tu compasión, viviré, y tu ley será mi delicia.

 Yo amo tus mandatos más que el oro purísimo; por eso aprecio tus decretos y detesto el camino de la mentira.

Tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma; la explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes.

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Respondemos a esta lectura con cuatro versículos del salmo 118. El salmo nos enseña a gozarnos en la contemplación de la voluntad de Dios, manifestada en su palabra, sus mandatos, sus leyes, sus promesas, y a reparar en las magníficas consecuencias que para nuestra vida cristiana tiene su cumplimiento.

Mi porción es el Señor; he resuelto guardar tus palabras. Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata.

El salmista muestra su alegría por haber sido agraciado con la amistad de Dios, un don más valioso que todas las riquezas que el mundo pueda ofrecerle. Mientras que en la repartición de la tierra prometida el resto de las tribus recibieron una porción de la misma, a la tribu de Leví se le asignó exclusivamente la función de mantener el culto, lo que suponía una relación directa con el Señor. Trasladado al plano espiritual, todo creyente ha recibido en herencia al mismo Señor, una herencia que le permite gozar de su íntima amistad, para él más valiosa que todas las riquezas y privilegios ajenos a Dios. Los deseos del creyente son los mismos deseos del Señor; su vida no tendrá otro sentido que el cumplimiento gozoso de su voluntad: “Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata”.


Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo; cuando me alcance tu compasión, viviré, y tu ley será mi delicia.

Después de este canto a la felicidad que encuentra en sentirse tan unido al Señor y por la dicha que le supone el cumplimiento de su voluntad, el salmista cae otra vez en la precaria situación de abandono y pecado. Esta situación da paso a una plegaria en la que, apoyado en la bondad y en la promesa de su Dios, demanda el único consuelo posible, aquél que sólo puede venir de Él. Rápidamente renace la esperanza de que le devolverá la vida. No puede ser de otra manera, pues la compasión y la misericordia forman parte esencial de su ser divino y tienen como objeto directo la vida feliz para el hombre. Y de nuevo surge el optimismo de la primera estrofa: “Tu ley será mi delicia”.


Yo amo tus mandatos más que el oro purísimo; por eso aprecio tus decretos y detesto el camino de la mentira.

El entusiasmo del salmista no tiene visos de calmarse y, como los enamorados, repite una y otra vez el “te quiero”, al poner la voluntad del amado (de Dios), expresada en sus mandatos, por encima de cualquier otra oferta proveniente del mundo: “Yo amo tus mandatos más que el oro purísimo”. Está convencido de que estos mandatos expresan de forma clara y asequible la verdad sobre todo lo que existe. Por eso, se atreve a rechazar como falso cualquier otro camino que no sea el camino de Dios: “Detecto el camino de la mentira”. Así lo manifestará Cristo, quien dijo de sí mismo ser el Camino, la  Verdad y la Vida: “Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores (falsos pastores); pero las ovejas no les escucharon” (Jn 10,8)


Tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma; la explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes.

El salmista aprecia la bondad, de todo punto admirable, de la voluntad del Señor, expresada en sus palabras y en sus mandatos, y ello le lleva a meditarla continuamente en su corazón. Sabe que esta meditación es fuente de vida de la que brotarán frutos abundantes de amor. Como reza el primer salmo del salterio, “en la ley del SEÑOR está su deleite, y en su ley medita de día y de noche! Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita; en todo lo que hace, prospera” (Sal 1,2-3). 

Que nuestro estudio principal consista en rumiar las palabras del Señor, imitando a María que, ante los maravillas de las que estaba siendo testigo directo, las guardaba y las meditaba en su corazón. (Lc 2,19). Esta meditación continúa de la Palabra del Señor (del Evangelio) nos llevará al correcto conocimiento de Jesús, en el cual consiste la vida verdadera: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17,3).

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rm 8,28-30)

Hermanos: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio. Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

 La lectura comienza con una afirmación muy esperanzadora: todos los acontecimientos suceden para el bien de los que aman a Dios. “Ya no hay condenación para los que viven unidos a Cristo Jesús”, nos dice San Pablo al principio de este capítulo 8 de la carta a los Romanos.

Pablo está convencido de que Dios controla y dirige todas las cosas hacia la realización perfecta del plan que, desde toda la eternidad, se había trazado, Entre “todas las cosas” se incluyen los sufrimientos: ellos contribuyen de modo especial a la realización del plan de Dios sobre nosotros. El estudiante aguanta los malos ratos, las dificultades y hasta los fracasos, porque confía en que todos sus esfuerzos serán al final recompensados. Las cosas no suceden al azar o por casualidad, sino por la mano regidora y gobernadora de Dios.

Esta realidad se cumple de modo perfecto en nuestra relación con Dios. No tenemos nada que temer. El plan benevolente que Dios diseñó para nosotros desde toda la eternidad se cumplirá perfectamente: estamos llamados a ser como Cristo, a “reproducir en cada uno su imagen”, a formar parte de la gran familia de hermanos en la que Cristo es la Cabeza. Nadie ni nada podrá separarnos de este amor de Dios, que se ha manifestado en Cristo. Con Cristo entraremos en la dimensión de lo divino y, al mismo tiempo, seremos plenamente nosotros mismos. Reparemos en la seguridad que San Ignacio de Antioquía tenía del amor de Cristo cuando caminaba a Roma a recibir el martirio: “Es bueno para mí el morir por Jesucristo, más bien que reinar sobre los extremos más alejados de la tierra. A Aquél busco, que murió en lugar nuestro; a Aquél deseo, que se levantó de nuevo [por amor a nosotros]. Los dolores de un nuevo nacimiento son sobre mí. Tened paciencia conmigo, hermanos. No me impidáis el vivir; no deseéis mi muerte (se refiere a la vida verdadera -estar unido a Cristo- y a la muerte definitiva -vivir alejado de Dios-). Permitidme recibir la luz pura. Cuando llegue allí, entonces seré de verdad hombre”. (Carta a los Romanos 6,2).

Aclamación al Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños.

Escuchemos a Jesús en esta manifestación espontánea de agradecimiento al Padre, que tiene a bien revelar sus secretos a los niños, es decir, a los que, por no tener nada, todo lo reciben de Dios “Dejad que los niños vengan a mí, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos” (Mc 10, 14). 

¡Danos, Señor, un corazón de niño! ¡Danos, Señor, el corazón de Jesús, el Niño por antonomasia!


Lectura del  santo evangelio según san Mateo (Mt 13,44-52)

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.] El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?» Ellos le responden: «Sí». Él les dijo: «Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

 En el evangelio de hoy se exponen las parábolas del tesoro escondido en el campo, la de la perla preciosa y la de la red que recoge toda clase de peces. 

La moraleja de la parábola del tesoro escondido es clara: es necesario venderlo todo para comprar el campo en el que se encuentra el tesoro. El Reino de Dios, “nuestro verdadero tesoro”, exige una renuncia radical a todos los bienes de este mundo. “El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 25). Pero esta renuncia merece la pena, pues en su lugar se ofrece un don grandioso, desbordante y totalmente gratuito.

Jesús insiste en la misma enseñanza cuando habla de aquel comerciante que vende todo lo que tiene para hacerse con la perla de valor incalculable que ha encontrado. Renunciar a todo por el Reino de Dios es una decisión muy difícil, si nos quedamos en la renuncia. Pero, en realidad, nos renunciamos a nada. En nuestra vida confundimos muchas veces -de modo poco inteligente- los medios con los fines, digo “de modo poco inteligente” porque, cuando renuncio a algo para conseguir otra cosa mejor, no estoy realmente renunciando a nada, sino escogiendo lo que más me conviene. Dejarlo todo por el Reino de los cielos nos cuesta, si antes no nos hemos concienciado del valor inmenso que el Reino de los cielos tiene para nosotros: el Reino de los cielos es Jesús mismo, “en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col 2,3). Ante la meditación de estas dos parábolas viene a nuestra memoria lo que nos decía San Pablo en la segunda lectura del pasado domingo: “...los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará” (Rm 8,18), es decir, con la alegría desbordante del encuentro con Jesús, nuestro verdadero tesoro, la auténtica perla preciosa que proporciona el auténtico valor a nuestra vida.

Este encuentro con Cristo lo hacemos realidad en todas las circunstancias de nuestra vida individual y social. De modo muy especial, vivimos la amistad con Cristo en la participación eucarística, en la oración personal y comunitaria, en la conciencia de estar siempre en su presencia (oración continua), en los momentos de alegría, en medio de los problemas que continuamente nos plantea la vida, en los sufrimientos, en nuestra entrega afectiva y efectiva a los demás, principalmente a los más necesitados.

La parábola de la red llena de peces encierra la misma enseñanza que la de la cizaña. Es probable, como creen algunos exégetas, que Jesús las expusiera una detrás de otra en el mismo discurso, y que su desplazamiento a este lugar se deba al evangelista o al traductor, algo que en modo alguno afecta a la inteligencia de la misma. Mientras dura la pesca de este mundo existirán confundidos en la persona el mal y el bien, los buenos y los malos. Será cuando termine nuestra andadura en este mundo el momento en que Dios establezca la justicia definitiva, poniendo al descubierto todo el mal y todo el bien ocurrido a lo largo de la historia.

Los dos últimos versículos de esta lectura nos hablan de la recomendación que da Jesús a quienes se van a dedicar a la transmisión del Evangelio: deben empaparse de la Palabra de Dios en toda su amplitud para utilizar un aspecto u otro de la misma, según convenga en cada circunstancia “Un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».


 Oración sobre las ofrendas

Recibe, Señor, las ofrendas que te presentamos gracias a tu generosidad, para que estos santos misterios, donde tu poder actúa eficazmente, santifiquen los días de nuestra vida y nos conduzcan a las alegrías eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.

En este ofertorio te pedimos, Señor, que acojas el pan y el vino que, frutos de la tierra y del trabajo del hombre, hemos recibido de ti. Tú permites ahora que te los devolvamos como ofrendas que, una vez convertidas en tu cuerpo y en tu sangre, serán nuestro verdadero alimento. La unión tan estrecha contigo a través de este sacramento hará que abundemos en buenas obras y que, desde ahora, vivamos ya en esperanza desde el cielo, hacia donde, llevando a la práctica los valores del Reino, caminemos decididamente.


Antífona de comunión

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,7-8) 


La Iglesia pone ahora a nuestra consideración la quinta y la sexta bienaventuranza del evangelio de San Mateo: Felices los misericordiosos porque de ellos Dios tendrá misericordia, y felices los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Dios ha puesto en el corazón del ser humano un profundo anhelo de felicidad y de plenitud. Cuando somos compasivos con los demás participamos de la felicidad de Dios, pues estamos imitando su comportamiento: “Sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,3). Cuando actuamos con un corazón limpio nos comportamos como niños que lo necesitan todo de su padre y participamos de la felicidad de Jesús que, como Hijo, es totalmente dependiente del Padre del cielo: “Si no os volvéis cono niños (si no os volvéis como Jesús, el Niño con mayúscula) no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3).


Oración después de la comunión

Hemos recibido, Señor, el santo sacramento, memorial perpetuo de la pasión de tu Hijo; concédenos que este don, que él mismo nos entregó con amor inefable, sea provechoso para nuestra salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.


En la oración después de la comunión pedimos a Dios que se hagan realidad en nosotros los frutos de la celebración eucarística. En la celebración de este domingo pedimos que el don que hemos recibido al comulgar nos aproveche para nuestra salvación, es decir, para nuestra unión con Cristo. Que esta unión se haga extensiva a todas las circunstancias y momentos de nuestra vida. Que la conciencia de la presencia del Señor sea una continua plegaria y un permanente canto de alabanza. Que el amor con el que Cristo nos entregó este sacramento se traduzca en una entrega permanente al servicio y cuidado de nuestros hermanos.

 


Domingo 16 Ordinario A

 Domingo 16 Ordinario A

Antífona de entrada

“Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno” (Sal 53,6. 8).

A pesar de las persecuciones de sus enemigos, David, autor del salmo, no dudó de la bondad de Dios para con él: “el Señor sostiene mi vida”. Como respuesta a su ayuda, le ofrece un sacrificio de acción de gracias. Nosotros, sostenidos también por el amor de Dios, celebramos la acción de gracias por antonomasia, en la que nos unimos a Jesucristo en su ofrenda sacrificial al Padre.

Oración colecta

Muéstrate propicio con tus siervos, Señor, y multiplica compasivo los dones de tu gracia sobre ellos, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren siempre, con observancia atenta, en tus mandatos. Por nuestro Señor Jesucristo.

          Deseamos y suplicamos a Dios que se nos muestre cercano (“propicio”) y nos conceda, no por nuestros méritos, sino por su compasión, una fe grande, una esperanza fuerte y una caridad operativa. La posesión y vivencia de estas virtudes teologales hará que no nos cansemos en el cumplimiento de los mandatos del Señor. De las mismas surgirán espontáneamente las buenas obras para con Dios, para con nosotros y para con nuestros hermanos. En ellas radica el secreto de la santidad, a la que todos estamos llamados: los santos no son superhéroes, sino pobres vasijas de barro repletas de Dios.

Lectura del libro de la Sabiduría 12,13. 16-19

Fuera de ti no hay otro Dios que cuide de todo, a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente. Porque tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos. Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto y confundes la osadía de los que lo conocen. Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres. Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores.

La misericordia de Dios no es debilidad, sino el signo más claro de su riqueza y poder. El verdadero poder no se demuestra con castigos, sino con acercamiento y perdón. El rencor y la violencia suelen ser fruto de la impotencia y de los complejos, nunca de la fuerza de las personas. El miedo nos hace gritar para intentar asustar al otro y la debilidad nos pone en situación de agresividad frente al que es diferente.

El Dios verdadero no necesita demostrar su poder humillando a sus criaturas, sino, precisamente porque es poderoso, es moderado en sus castigos, busca el arrepentimiento del pecador, nunca la venganza. 

Se ha dicho que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios de la fuerza, del poder y hasta de la condena sin remedio al hombre pecador, mientras que Jesús nos presenta un Dios compasivo, que se abaja para acoger a sus hijos. Esto no es exactamente así. En el himno del Magnificat María canta al “Poderoso que ha hecho obras grandes en mí, que es santo en su nombre y que su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1,49-50). Y si hurgamos en el Antiguo Testamento, encontramos también un Dios, al mismo tiempo, poderoso y cercano, un Dios que perdona una y otra vez a su pueblo. Así lo vemos en las enseñanzas de los profetas. “Cuando Israel era niño yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo por amor” (Oseas, 11, 1). 

Es en la entrega voluntaria de Cristo a la cruz donde más unidos aparecen el poder de Dios y la cercanía de Dios, su omnipotencia y su amor misericordioso a los hombres. Un

Salmo responsorial (Sal 85)

Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica.

 

Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios».

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera,

rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí.

 

En estos versículos del salmo 85, elegidos por la Iglesia para responder a la primera lectura, el salmista contempla, poniéndolas al mismo nivel, la omnipotencia y la misericordia de Dios. Dios es misericordioso porque es omnipotente y su omnipotencia la ejerce en el servicio compasivo a los necesitados. Al contrario de lo que suelen hacen los poderosos de la tierra, Dios emplea toda su fuerza y poder en amar a los seres que ha creado y, tratándose del hombre, en compadecerse de su debilidad y en perdonar todos sus errores y sus faltas para llevarlo a la felicidad a la que le ha destinado. Como comentábamos en la lectura que acabamos de oír, ‘el verdadero poder se demuestra con acercamiento y perdón, mientras que el rencor y la violencia suelen ser fruto de la impotencia y de los complejos’. 

La misericordia y la omnipotencia de Dios se ponen de manifiesto en las tres estrofas de nuestro salmo: en las dos primeras, el salmista contempla la bondad, la clemencia y el perdón de Dios para los que lo buscan, y lo mismo en la tercera: “El Señor es un Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal”. En la segunda el salmista insiste especialmente en su poder grandioso y único, creador de grandes hazañas: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios».

Los primeros versículos de la primera y tercera estrofa están ciertamente inspirados en el episodio del Éxodo en el que Moisés, airado contra su pueblo por prestar adoración y pleitesía a un ídolo -el becerro de oro-, hace trizas por el suelo las tablas de la Ley, como un gesto de que se ha roto la Alianza. Otra, muy distinta, es la reacción del Señor, que ordena a Moisés fabricar otras tablas y subir al monte de madrugada a entrevistarse con Él. Es allí cuando Dios, pasando al lado de Moisés, le hizo esta sorprendente y fundamental revelación: “Yo soy el Señor, Dios misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado” (Éx 34,6-7). Moisés toma esta revelación de Dios al pie de la letra y, rostro en tierra, prorrumpe en esta oración; “Si en verdad he hallado gracia a tus ojos, oh Señor, dígnate, venir en medio de nosotros, que somos un pueblo de dura cerviz; perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y recíbenos por herencia tuya”. El salmista, reconociendo la misericordia de Dios, hace lo mismo: las dos estrofas aludidas culminan con esta oración de petición: “Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica” (1), “Mírame, Señor, y ten compasión de mí” (3).

En la segunda estrofa el salmista se goza en la grandeza y maravillas realizadas por Dios y en la certeza de que todos los pueblos lo reconocerán y se acercarán a él para alabarlo: “Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre”. Encontramos en estas palabras una característica fundamental de la fe bíblica, a saber: que la salvación no queda circunscrita a Israel, sino que va dirigida a todos los hombres, siendo Israel el pueblo elegido por Dios para que, a través de él, se salve toda la humanidad.

Esta universalidad de la salvación se realiza plenamente en Cristo, en quien todos los hombres están llamados a ser una única familia. Así comenzaron a llevarlo a cabo los apóstoles que, obedeciendo el mandato de Cristo, se lanzaron sin complejos a anunciar la Buena Nueva hasta los lugares más lejanos de la tierra entonces conocida: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

Pidamos a Dios una fe tan grande, que nos haga identificarnos con estas actitudes del salmista, actitudes realizadas de modo excelente por Cristo, nuestro indiscutible referente en nuestro trato con el Señor en la oración y en el encuentro con los demás: es Él quien mejor conoce la bondad, la lealtad y la misericordia del Padre y es Él el que desea con toda la fuerza de su ser humano y divino extender su Buena Nueva de salvación a todos los hombres. Esta extensión del Reino de Dios a todos los hombres fue la razón de ser de su venida al mundo y de su existencia entre nosotros. 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,26-27)

Hermanos: El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

 Estos dos versículos del capítulo 8 de la carta a los Romanos son la continuación de la segunda lectura del pasado domingo: en ella nos alegrábamos por poseer ya ahora las primicias del Espíritu.

Es este Espíritu el que acude en ayuda de nuestra debilidad, manifestada en este caso en nuestra incapacidad para la oración: en muchas ocasiones no sabemos lo que debemos pedir y cómo lo debemos pedir.  Es él, el Espíritu, el que se pone en nuestro lugar para provocar gemidos que, aunque no los entendamos, son la manifestación de nuestros deseos más íntimos y auténticos. El Padre, que sondea hasta el fondo nuestros corazones, conoce cuáles son estos deseos del Espíritu y sabe que están de acuerdo con lo que realmente necesitamos.

En esta situación nos ponemos en los brazos del Padre, renunciando a nuestra propia iniciativa, para que sea el Espíritu el que ore en nosotros y por nosotros. De esta forma realizamos nuestro ser “hijos de Dios”, haciéndonos niños pequeños que todo lo necesitan de su padre. “Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mc 18, 3).

Aclamación al Evangelio

          Aleluya, aleluya, aleluya. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños.

          Es a los pobres y pequeños a los que más toma en serio Jesús, según vemos en muchos pasajes de su vida en la tierra. Contemplemos a Cristo bendiciendo y dando gracias al Padre por revelar sus misteriosos planes a los sencillos. ¡Concédenos, Señor, parecernos a Cristo, que se hizo el más pequeño entre los pequeños y el más pobre entre los pobres! 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,24-43)

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».] Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas». Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta». Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo». Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo». Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

          Dividimos la lectura del Evangelio en cinco partes. En las tres primeras Jesús nos expone la parábola de la cizaña (1), la de la mostaza (2) y la de la levadura (3). Después de una breve explicación sobre el porqué de la enseñanza en parábolas (4), Jesús, como ya hizo con la del sembrador, nos desvela el significado de la parábola de la cizaña (5). 

Con la parábola de la mostaza se muestra la potencia extensiva del Reino de Dios: una de las semillas más pequeñas se convierte en un árbol grande, De un grupo pequeño de seguidores de Jesús se desarrolla la Iglesia, que se esparcirá en muy poco tiempo por todo el mundo conocido. ¿Quién podría imaginar que de la persona y el mensaje de un judío, ajusticiado en una cruz por el imperio romano, rechazado por su propio pueblo y abandonado por sus discípulos, pudiera  surgir un movimiento que dos mil años después siga creciendo por todos los países del mundo? 

Los inicios de cualquier proyecto humano suelen ser de tal forma insignificantes, que, si no estamos muy convencidos de su valor, el proyecto se truncará ante las primeras dificultades. En la vida cristiana pasa lo mismo. Si no estamos plenamente convencidos de la potencia transformadora del Evangelio, es decir, si no tenemos fe, todos nuestra vida espiritual quedará en buenos deseos: “Si tuviereis fe como un grano de mostaza..., nos dice Jesús en otra ocasión- diríais a este monte: pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mt 10, 20).

Con la parábola de la levadura se resalta la eficacia intensiva que tiene el Evangelio para transformar los corazones de los hombres. La Palabra de Dios, cuando es acogida en el alma con sinceridad, va poco a poco contagiando los distintos niveles del hombre (los pensamientos, los deseos, los sentimientos, las actitudes...) hasta que consigue fermentar todo nuestro ser. Pero para que se produzca este milagro hace falta también tener la fe del grano de mostaza, fe que, por ser un don de Dios, tenemos que pedir continuamente: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe” (Mc 9, 24),

Antes de pasar a la explicación de la parábola de la cizaña, San Mateo, se sirve del salmo 77 para hacernos ver que toda la vida y obra de Jesús, en este caso, su enseñanza a través de parábolas, es un cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento: “Abriré mi boca en parábolas; (y en parábolas) anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo“. 

Significado de la parábola de la cizaña. De acuerdo con la explicación que nos da Jesús, la semilla que el Hijo del hombre siembra en el campo del mundo no es, en este caso, la Palabra de Dios, sino las personas que han sido tocadas por la Palabra de Dios; la cizaña son los partidarios del maligno. El dueño del campo no permite a los criados  eliminar la cizaña porque, al arrancarla, se corre el peligro de arrancar con ella el trigo. Es decir. Hay que dar tiempo para que los partidarios del mal puedan convertirse -“Dios quiere que todos los hombres se salven”- y a que los hijos del Reino puedan crecer en santidad a través de las dificultades de la vida.

El trigo y la cizaña no son realidades separadas en la sociedad, como si el mundo estuviese dividido en buenos y malos, sino que, como dice San Agustín, ambas realidades, es decir, el bien y el mal, se encuentran mezclados y confundidos, tanto en la sociedad como en el corazón del hombre. No nos compete a nosotros eliminar totalmente el mal de nuestro mundo, aunque, como cristianos, tengamos la obligación de luchar para atraer al Reino de Dios a los que estén realmente apartados de él.

 La eliminación definitiva del mal solo compete a Dios que, como justo juez, no dejará que los males de la historia queden definitivamente borrados ni permitirá que las buenas obras queden sin recompensa.

Oración sobre las ofrendas

Oh Dios, que has llevado a la perfección del sacrificio único los diferentes sacrificios de la ley antigua, recibe la ofrenda de tus fieles siervos y santifica estos dones como bendijiste los de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en alabanza de tu gloria beneficie a la salvación de todos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

En el sacrificio de la cruz Cristo lleva a la perfección todos los sacrificios de la Antigua Alianza y todas las ofrendas que nosotros podamos hacer a Dios. Las dones principales que en este momento del ofertorio ofrecemos al Padre son el pan y el vino, que van a ser consagrados y convertidos en el cuerpo y en la sangre de Cristo. Juntamente con ellos, ofrecemos a Dios nuestra propia vida, representada en nuestras aportaciones particulares, incluida nuestra aportación económica. Deseamos que nuestras ofrendas sean bendecidas y santificadas por Dios para nuestra santificación y la santificación de los demás,

Antífona de comunión

Mira, estoy a la puerta y llamo, dice el Señor. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap 3,20).

¿Abrimos al Señor la puerta de nuestro corazón o dejamos que pase las los días y las noches solo, en el umbral de nuestra casa, sin querer saber nada de él? 

“¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,  si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras!”  (Lope de Vega)

Oración después de la comunión

Asiste, Señor, a tu pueblo y haz que pasemos del antiguo pecado a la vida nueva los que hemos sido alimentados con los sacramentos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor. 

 “.., despojaos del viejo hombre… … y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad verdadera” (Ef 4, 22-24). El paso de nuestra vida de pecado a la vida de hijos de Dios es la continua tarea del cristiano que debe estar siempre en proceso de conversión. Es para la realización de esta tarea por lo que pedimos que Dios ayude a los que acabamos de recibir el sacramento eucarístico.