Domingo 22 Ordinario A

 Domingo 22 Ordinario A

 Antífona de entrada

Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día, porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan (Sal 85,3. 5)

Como el amigo inoportuno de la parábola, que no paró de llamar hasta que le abrieron la puerta (Lc 11 5-10), el salmista insiste una y otra vez al Señor para que se compadezca de él -“Te estoy llamando todo el día”-. Tiene buenas razones para justificar su insistencia: el Señor le ha colmado siempre de su bondad y de su amor y ha olvidado, no sólo sus infidelidades, sino las de todos aquéllos que acuden a Él. La Biblia entera está salpicada de esta gran verdad: “Justo es el Señor en todos sus caminos, Y misericordioso en todas sus obras. Cercano está el Señor de todos los que lo invocan, de todos los que lo invocan sinceramente” (Sal 145,17-18).

Oración colecta

Dios todopoderoso, que posees toda perfección, infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre y concédenos que, al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Por nuestro Señor Jesucristo.

Con la certeza y confianza de que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5), evocamos su inmenso poder, su excelencia y superioridad en todo para pedir al Señor que cambie nuestro corazón de piedra en un corazón capaz de amarlo sobre todas las cosas y con todas nuestras fuerzas; que nos haga crecer en las virtudes cristianas y en las buenas obras; y que nos mantenga firmes en el crecimiento espiritual que, con su necesaria e inestimable ayuda, vayamos alcanzando.

 Lectura del libro de Jeremías 20,7-9

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; has sido más fuerte que yo y me has podido. He sido a diario el hazmerreír, todo el mundo se burlaba de mí. Cuando hablo, tengo que gritar, proclamar violencia y destrucción. La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario. Pensé en olvidarme del asunto y dije: «No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo intentaba sofocarlo, y no podía.

El anuncio de la Palabra de Dios, sin rebajas ni paños calientes, se hace para Jeremías insoportable. La tarea que le ha sido encomendada le obliga a denunciar las injusticias cometidas por el pueblo y a tener que predecir violencias, fracasos y ruina. ¿Qué consigue con ello? El oprobio y el desprecio de todos: una tarea, además de inútil, desagradable y enojosa. Jeremías llega a sentirse engañado por el mismo Dios. Por eso decide abandonar y no proclamar más su Palabra. Pero es entonces cuando su situación se hace todavía más insoportable, pues la palabra ‘no dicha’ es como fuego que le quema las entrañas.

También el cristiano debe hablar y arriesgarse a ser el hazmerreír del pueblo, si quiere comprometerse en la tarea evangelizadora que a todos compete como discípulos de Cristo. El cristiano debe exponerse al desprecio y a las burlas de los que le rodean, al qué dirán, a la opinión pública y, según su responsabilidad eclesial, a los medios de comunicación y a los ataques ideológicos. La tentación de callar y dejar que el mundo siga sus derroteros resonará continuamente en los oídos del alma: ¿de qué me sirve comprometerme en la difusión del Evangelio, si nadie me escucha y las cosas siguen igual? Este silencio, sin embargo, debería quemar también mis entrañas, como quemaba las del profeta, e impulsarme a continuar en la lucha y a esperar, como Abraham -contra toda esperanza- la realización de las promesas de Dios. Resistir en medio del desprecio, de las injurias y de las burlas de los hombres: esto es seguir a Cristo, quien, despreciado e injuriado como nadie había sido despreciado e injuriado antes, tomó sobre sí el rechazo del mundo y lo venció y superó desde su entrega total a la voluntad del Padre. (Ideas extraídas del libro Luz de la Palabra de Hans Urs von Balthasar. Ed. Encuentro. pp. 100-101).

 Salmo Responsorial Salmo 62 (63)

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.

En un ambiente idolátrico y en un momento de persecución, el salmista proclama su lealtad al Dios de Israel, el Creador de todas las cosas, el único Dios que puede salvarlo de las trampas que le ponen sus enemigos. Alejado a la fuerza de la casa de su Dios, se despierta sobresaltado por la noche, suspirando por la presencia de Aquél que tiene en sus manos su felicidad -“Por ti madrugo”-. La ausencia del Señor le provoca la falta de algo esencial sin lo que no puede vivir: se siente como un árbol plantado en una tierra seca que espera impaciente la lluvia. En un mundo como el nuestro, plagado también de falsos dioses (poder, consumo, bienestar, prestigio…) que reclaman nuestra adoración, reconocemos, con el salmista, al Único Dios, al Dios que anunciaron los profetas y que se ha hecho visible en Jesucristo, el buen pastor, que nos lleva de la mano a las verdes praderas repletas de pastos abundantes y de fuentes de agua viva, en las que encontramos el verdadero reposo de nuestras almas. Es por este Dios, por el Dios de Jesucristo, por el que suspiraba San Pablo de esta manera: “Estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo” (Fil 3,8)

¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.

El salmista, que pasa por un mal momento, recuerda con nostalgia los buenos ratos pasados en la casa de Dios, contemplando “su poder y su gloria”, un poder y una gloria que le llenaban de coraje y valentía para desarrollar las tareas que el Señor le encomendaba y para salir triunfante de sus enemigos. El estar junto al Señor es para él más valioso que la propia vida y este convencimiento lo celebra con cantos de alabanza que brotan espontáneamente de sus labios, pero que han sido gestados antes en su corazón. En estos tiempos, en que tanto se insiste en la actividad y en el compromiso, nos hace falta una fuerte dosis de espiritualidad en la que pongamos en el lugar que se merece la amistad con el Señor. De este modo haremos realidad aquellas palabras de Jesús durante la última cena en las que consideraba amigos a sus discípulos y, en ellos a todos nosotros: “A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). La amistad con el Señor, llevada a cabo en el trato íntimo con Él, no me quita tiempo ni intensidad para preocuparme y ocuparme del prójimo. Todo lo contrario. En ella encuentro la fuerza para para entregarme sin reservas a los demás. Como escribía Benedicto XVI, “En el encuentro íntimo con el Señor aprendo a mirar a (los demás) no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo.” “Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita”  (Deus caritas est, 18).

      Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos. 

Cantos de alabanza, de bendición y de invocación que promete prolongar durante toda su vida y que serán el suculento alimento de su alma. De cuando en cuando revive la experiencia de la protección divina y la sensación de bienestar que genera el estar al lado de su Dios. Sabe que su vida pende completamente de Él y está sostenida por Él.

El recuerdo del Señor, que debe estar presente en todos los momentos de nuestra vida, lo actualizamos cuando hacemos nuestra la recomendación de San Pablo: “Orad sin cesar y dad gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (Tes 5, 17-18).

“Me saciaré como de enjundia y de manteca”. El salmista habla figuradamente, pues, en su caso, afirma que lo que para él es un rico alimento para su alma es el estar en la presencia de Dios. Cuando recibimos la santa comunión, no sólo nos saciamos de su presencia, sino del mismo cuerpo del Señor, que se nos da como alimento de nuestras almas. Esto es lo que sobre la Eucaristía dijo el Papa Urbano IV en 1264, al instituir la fiesta del Corpus Christi: “La Eucaristía es un alimento que restaura y nutre verdaderamente, sacia en sumo grado no el cuerpo, sino el corazón; no la carne, sino el espíritu; no las vísceras, sino el alma. El hombre tenía necesidad de un alimento espiritual, y el Salvador misericordioso proveyó, con piadosa atención al alimento del alma con el manjar mejor y más noble”.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 12,1-2

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Este texto enlaza con toda la primera parte de la Carta a los Romanos en la que se describe la salvación traída por Cristo. Ahora toca exponer las consecuencias prácticas que se derivan de esta salvación. Después de haber conocido lo que Dios ha hecho por nosotros, hay que vivir de otra manera.

San Pablo exhorta a los romanos, “por la misericordia de Dios”, es decir, por el amor que Dios ha derramado sobre nosotros, a que ofrezcamos nuestros cuerpos (=nuestras personas) como un sacrificio “vivo, santo y agradable a Dios”.

Un sacrificio vivo, ya que, habiendo muerto con Cristo, participamos ya de la nueva vida que Cristo adquirió para nosotros por su muerte y resurrección; un sacrificio santo, pues nuestra identificación con Cristo hace de nuestra existencia una vida sin mancha y, por ello, nuestro sacrificio es agradable a los ojos de Dios. Con el ofrecimiento de nuestras personas, los cristianos damos a Dios el culto razonable que se le debe, razonable por ser un culto conforme a las exigencias de la razón natural y por responder a las exigencias de esta razón iluminada por el espíritu de Cristo.

Nuestro ofrecimiento a Dios debe traducirse en un servicio continuado a los demás. Si por el bautismo nos hemos incorporado a Cristo y a su misión, debemos acomodar nuestra vida a la vida de Cristo “que no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos” (Mc 10,40). Nuestra existencia debe convertirse, como la de Cristo, en una pro-existencia, es decir, en una existencia comprometida en la ayuda a todos los hombres y, de modo especial y más urgente, a los más necesitados.

“No os amoldéis a este mundo”, es decir, no adoptéis las maneras de pensar, los gustos y las costumbres de este mundo, efímero y cambiante, que sacrifica todo a las apariencias, y en el que Dios no cuenta para nada. Ello no significa que vivamos separados de las personas que viven al margen de Dios. Al contrario. Los cristianos viven en el mundo como luz para que los hombres, “viendo nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).

“Transformaos por la renovación de la mente”. La única forma de eliminar el error de pensar al modo de este mundo es reemplazarlo con la verdad de Dios, cuya fuente infalible es la palabra revelada, recibida e interpretada en la Iglesia. Por esta transformación de nuestra mente y de nuestro corazón oró Cristo al Padre en su oración sacerdotal de la última cena: “Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad” (Jn 17, 17). Al transformar nuestra mente según el pensamiento de Cristo, conocemos lo que Dios quiere de nosotros y estaremos preparados para cumplir su voluntad, realizando las obras buenas y perfectas que son agradables a sus ojos.

 Aclamación al Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama.

Lo que realmente nos gratifica como seres humanos no son las efímeras esperanzas que nos promete este mundo, regido en gran medida por relaciones egoístas e insolidarias, sino la gran esperanza de la vida eterna, la vida que satisface, ya desde ahora, nuestros deseos más profundos de felicidad. Que el Padre del cielo ilumine los ojos del corazón para poder calibrar el alcance de esta vida que se nos regala.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16,21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios». Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

En el Evangelio de hoy asistimos al momento en que Jesús intenta desmontar de la mente de los discípulos las ideas de un mesías terreno, político y glorioso, instruyéndoles sobre la verdadera naturaleza de su misión, al presentarse como un Mesías que, como el “siervo de Yahvé” de Isaías, tiene que padecer mucho por parte de los ancianos, príncipes de los sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Ante el desconcierto de los discípulos, Pedro, influido sin duda por los prejuicios mesiánicos que circulaban entre la gente, y movido también por el amor que le profesaba, manifiesta, con la vehemencia que le caracteriza, su oposición y disgusto a lo anunciado por Cristo. Visiblemente contrariado por esta intervención del apóstol, Jesús se vuelve hacia Pedro y, llamándole Satanás, le acusa de ser una piedra de tropiezo que se interpone en el camino que Dios le ha señalado. En este pasaje evangélico apreciamos con total claridad lo sorprendente e inescrutable que nos resultan los planes de Dios, aquello de que “los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos ni sus caminos no son los nuestros” (Is 55,8).

Después de este episodio, Jesús, aprovechando las palabras dichas a Pedro, aclara a los discípulos las exigencias que conlleva su seguimiento: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”.

Seguir a Cristo no es ninguna imposición, sino una opción voluntaria de quien, habiendo conocido las ventajas que este seguimiento supone, decide secundar sus pasos.

La negación de sí mismo no significa odiarse ni renunciar a la propia personalidad. Negarse a sí mismo es renunciar a dirigir de forma autónoma nuestra vida y nuestras decisiones, reconociendo que no nos pertenecemos, que estamos bajo el señorío de Jesucristo: “No sois vuestros, pues habéis sido comprados a buen precio” (1 Cor 6, 19-20).

La cruz que hay que tomar no se refiere sólo a los sufrimientos y frustraciones de cada día, sino sobre todo al seguimiento y compromiso con Cristo hasta estar dispuesto a morir con él: “Con Cristo estoy crucificado y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Al decidir seguir a Cristo renunciamos a nuestros propios criterios y gustos y a planificar nuestro futuro desde nosotros mismos. En su lugar, encontramos la vida verdadera, la que de verdad importa: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”. Una vida que se quede en el acaparamiento de riquezas materiales o en el éxito social o político deja al hombre en el sinsentido y vacío más absolutos. Si no la cambiamos por la vida que nos ofrece Cristo, una vida entregada plenamente a la voluntad de Dios y al servicio de nuestros hermanos, fracasaremos totalmente en el proyecto que Dios ha decidido para cada uno de nosotros: ¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?

A lo largo de nuestra existencia terrena Dios nos ofrece muchas oportunidades para intercambiar la propia vida por la vida de Cristo. Al final de los tiempos, cuando venga Cristo, rodeado de sus ángeles, se pondrá a la luz lo que cada hombre ha decidido hacer con su vida: “El Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta”.

Oración sobre las ofrendas

Señor, que esta ofrenda santa nos alcance siempre tu bendición salvadora, para que perfeccione con tu poder lo que realiza en el sacramento. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Las ofrendas del pan y el vino se convertirán en el cuerpo y en la sangre de Cristo, es decir, en su persona. Le pedimos al Padre que este milagro que se va a realizar en el momento de la Consagración sirva realmente para nuestra salvación, para llevar a su perfección lo que ya desde ahora vivimos por la fe: asimilarnos a Cristo para ser una sola cosa con Él. Para ello activamos la conciencia de que somos habitados por el Espíritu Santo: es Él el que robustecerá nuestro deseo de que así sea.

Antífona de comunión

Qué bondad tan grande, Señor, reservas para los que te temen (Sal 30,20).

Nos disponemos a recibir la comunión, disfrutando en esperanza de las bondades y riquezas abundantes de las que el Señor nos va a colmar. Al recibir a Cristo sabemos que con él recibimos estas riquezas y la fuerza para llenar nuestra vida de obras de amor con nuestros hermanos.

Oración después de la comunión

Saciados con el pan de la mesa del cielo, te pedimos, Señor, que este alimento de la caridad fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Si al ingerir un alimento lo asimilamos a nuestro cuerpo, en la comunión ocurre al revés: en lugar de asimilar a Cristo a nuestro ser, somos nosotros quienes somos asimilados a su persona. Después de comulgar podemos afirmar con propiedad que “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Desde esta unión tan íntima con el Señor, pedimos al Padre que nos haga fuertes en el amor - “que este alimento de la caridad fortalezca nuestros corazones” para que nuestra vida sea una ofrenda continua a nuestros hermanos, principalmente a los más necesitados, a aquellos en los que el Señor se hace presente de manera especial. “Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

 


Domingo 21 Ordinario A

 Domingo 21 Ordinario A

Antífona de entrada

Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día (Sal 85,1-3).

En el cántico de entrada, el salmista clama al Señor para que le libre del mal momento por el que está pasando. Lo hace con humildad y confianza -“Salva a tu siervo que confía en ti”- y, al mismo tiempo con insistencia -“te estoy llamando todo el día”-, Hacemos nuestras sus actitudes de humildad y persistencia y recordamos la exhortación a la oración continua de San Pablo a los tesalonicenses: “Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”. (1 Tes 5, 17-18).

Oración colecta

Oh, Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, concede a tu pueblo amar lo que prescribes y esperar lo que prometes, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros ánimos se afirmen allí donde están los gozos verdaderos. Por nuestro Señor Jesucristo.

Nuestra oración parece inspirada en esta confidencia de San Pablo a los creyentes de la ciudad de Filipo: “Colmad mi gozo de suerte que sintáis una misma cosa, teniendo un mismo amor, siendo una sola alma, aspirando a una sola cosa” (Fl 2, 2). Esta actitud, propia de los discípulos de Cristo, no es fruto de nuestro esfuerzo, sino de la acción del Espíritu Santo que constantemente obra en nuestro interior para llevarnos a la unidad con el Señor y con los hermanos. Nuestra unidad con Cristo será plena cuando nuestra voluntad y nuestro deseo coincidan con la voluntad del Padre: ‘amar lo que prescribes y desear lo que prometes’. La liturgia nos enseña a pedir a Dios lo que realmente necesitamos, que no es lo que estimamos provechoso desde nuestro ser carnal, sino lo que Él, de acuerdo con el plan eterno que tiene sobre cada uno de nosotros, considera conveniente. Orando así, empezamos a gozar ya, en medio de las dificultades y vaivenes de esta vida, de las alegrías de futuras.

Lectura del libro de Isaías 22,19-23

Esto dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio: «Te echaré de tu puesto, te destituirán de tu cargo. Aquel día llamaré a mi siervo, a Eliaquín, hijo de Esquías, le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá. Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá. Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro, será un trono de gloria para la estirpe de su padre».

El pasaje de Isaías que la Iglesia pone a nuestra consideración se enmarca en una serie de acontecimientos que sucedieron en la corte del Rey Ezías (Reino del Sur), cuya capital, Jerusalén, fue la única ciudad de los dos reinos que no fue invadida por Senaquerib, rey de Asiría, pero que sí sufrió las consecuencias de la invasión general.

En dicha corte ejercía de mayordomo Sobná, un hombre rico, ambicioso y corrupto que, en lugar de preocuparse por la situación de pobreza en la que se encontraba el pueblo, se dedica a mandar construir palacios y hasta su propio mausoleo. La actuación de Dios no se deja esperar: Isaías anuncia a Sobná su destitución y reemplazo por Eliaquín, a quien le dará todos los poderes de que en este momento disfrutaba. Eliaquín será un verdadero padre para los habitantes de Jerusalén; sobre sus hombros estarán las llaves del reino de David -el responsable de las llaves, como representante del rey, tenía la misión de abrir y cerrar cada día la vida administrativa del pueblo-; será un administrador de justicia para un pueblo destrozado, en el que los pobres son cada vez más pobres y los ricos, cada vez más ricos. 

El versículo “Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá” ha tenido una notable resonancia en el Nuevo Testamento y en la liturgia de la Iglesia: 1) Son estas mismas palabras las que dice Jesús a Pedro cuando le promete «las llaves del Reino de los cielos», como veremos en la lectura del Evangelio; 2) el significado de estas palabras vuelve a aparecer en el Apocalipsis, ahora referidas a Cristo: “el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David”; 3) la oración oficial de la Iglesia las refiere igualmente a Cristo en unas vísperas previas a la Navidad: «Llave de David y cetro de la casa de Israel, Tú, que reinas sobre el mundo, ven a libertar a los que en tinieblas te esperan» (Antífona de Vísperas del 20 de diciembre).

Este texto, propuesto por la Iglesia como primera lectura, no habla directamente de cuestiones religiosas, sino de acontecimientos históricos, relacionados con intrigas políticas y palaciegas. ¿Significa ello que los relatos bíblicos de esta índole no son aprovechables para nosotros como palabra de Dios? En modo alguno. Con este tipo de relatos conocemos que Dios nos habla a nuestra propia realidad vital; que nada de lo que nos ocurre como seres humanos es insignificante para Él; que es en nuestra vida de cada día donde debemos detectar su acción con nosotros y actuar en consecuencia. 

Nos centramos en segundo lugar en la tarea del profeta que, como portador de la palabra de Dios, denuncia, y hasta toma decisiones inspiradas en esta palabra a propósito de las injusticias cometidas por los responsables más directos de la comunidad -es el caso de Sobná-. De esta tarea profética participamos, por voluntad de Cristo, todos los cristianos y ello conlleva la necesidad y el deber de ejercer, desde la humildad y el amor, una sana crítica a las actuaciones de nuestros hermanos, cuándo éstas se apartan del verdadero sentir evangélico, una crítica, por supuesto, positiva en cuanto que debe ser dirigida a la construcción de la Iglesia: “Os ruego, hermanos, que vigiléis a los que causan disensiones y tropiezos contra las enseñanzas que vosotros aprendisteis” (Rm 16,17). De alguna manera, esta crítica tiene las características de lo que siempre hemos llamado ‘corrección fraterna’, en cuya realización debemos seguir las exhortaciones que sobre la misma nos dio el propio Jesús (Mt 18,15-17).

Por último, las palabras de Isaías, destituyendo a Sobná, por corrupto, y poniendo en su lugar a Eliaquín, resaltan el principio de que la razón de ser de toda autoridad en la Iglesia es el servicio a los hermanos, imitando, de esta forma, al Señor “que no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos” (Mt 20,28).

Salmo respondorial 137

Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

 Te doy gracias, Señor, de todo corazón, porque escuchaste las palabras de mi boca; delante de los ángeles tañeré para ti; me postraré hacia tu santuario. 1

 Profunda e intensamente, el salmista se muestra agradecido a Dios porque ha escuchado su súplica en un momento de peligro. La experiencia de que Dios oye siempre las oraciones de sus fieles y se hace cargo de sus sufrimientos es una característica del orante israelita. En su experiencia como miembro del pueblo elegido, alberga en su mente aquellas palabras del Señor a Moisés en la zarza ardiente: “Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues ya conozco sus sufrimientos” (Éx 3,7). Esta certeza de la cercanía de Dios a quienes acuden a Él recorre toda la historia del pueblo elegido: lo vemos en los escritos de los profetas, en los salmos, en los fieles a la Alianza de Israel, y, sobre todo, en la oración del orante por excelencia, Jesucristo, que mantenía una continua intimidad con el Padre en la conciencia de que en todo momento atendía a sus plegarias. Recordamos sus palabras dirigidas al Padre ante la tumba de su amigo Lázaro: “Yo sé que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado” (Jn 11,42). 

Además de darle gracias, el salmista promete cantar y tañer la cítara delante de los ángeles.  ¿A qué ángeles se refiere? Hay dos interpretaciones posibles, la de la Biblia hebrea habla de ‘dioses’, mientras que la Biblia griega (de los Setenta) habla de ‘ángeles’. Según la primera, cabe interpretar ‘dioses’ por ‘ídolos” y, este caso, el salmista, al alabar con la cítara al Señor, se estaría burlando delante de los dioses de los pueblos vecinos que, como reza otro salmo, “tienen ojos y no ven, boca y no hablan, orejas y no oyen” (Sal 115). Nuestro texto, tomado de la Biblia griega, habla de ‘ángeles’, con lo que había que interpretar que el salmista se ve a sí mismo alabando a Dios, rodeado de toda su Corte celestial (ángeles, arcángeles, serafines…), al modo de la visión de Isaías cuando fue llamado por Dios al ejercicio del profetismo. Ambas interpretaciones tienen sentido, pudiéndose utilizar una u otra (o las dos) en nuestra oración.

Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera tu fama. Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma. 2

Se continúa la acción de gracias al Señor -al nombre del Señor- por haberse mostrado misericordioso y leal, y porque lo que promete siempre lo cumple. Es una convicción que se muestra en todas las vivencias históricas del pueblo elegido: “Reconoce que el Señor tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel, que cumple su pacto generación tras generación, y muestra su fiel amor a quienes lo aman y obedecen sus mandamientos” (Deut 7,9). Estas promesas se han cumplido completamente en Cristo, en quien, de forma inaudita, se ha hecho presente el amor del Padre, yendo en busca de la oveja perdida -la humanidad- y llevándola al redil montada sobre sus hombres, abrazando al hijo que vuelve a Él arrepentido y –lo que nos resulta  más escandaloso- entregando su vida por nosotros en la  cruz: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo -los suyos somos todos nosotros- los amó hasta el extremo”  (Jn 13,1).

El Señor es sublime, se fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos 3

El salmista se complace contemplando al Señor “que se fija en el humilde y de lejos conoce al soberbio”. Se alegra, y nosotros con Él, de que el Señor se acerque al hombre que pone toda su esperanza en Él, al humilde, al pobre y al desamparado, a aquél que nadie considera y, respetando su libertad, mantenga a distancia al prepotente y orgulloso, no porque no quiera acercarlo a Él para salvarlo, sino porque, cerrándose en banda a recibir su ayuda, prefiere alejarse de su amor. Consciente de que la misericordia del Señor es para siempre, pide a Dios que no abandone el plan que ha decidido realizar con su pueblo. Nosotros, que hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene, le pedimos que no permita que retrocedamos en nuestro caminar hacia nuestra completa realización en Cristo. “Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11,33-36

¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa? Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

 “Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” -así terminaba la segunda lectura del pasado domingo-. Esta visión del plan providencial de Dios, que aprovecha la desobediencia y la consiguiente incapacidad del hombre para escapar de la esclavitud del pecado y de la muerte, termina con este himno en el que San Pablo, entusiasmado, se deslumbra ante la riqueza, la sabiduría y el conocimiento de Dios, realidades que superan absolutamente lo que cualquier mente creada pueda pensar o imaginar.

Las riquezas de Dios son los tesoros de su bondad, escondidos desde toda la eternidad y ahora hechos visibles y presentes en la obra de salvación realizada por Jesucristo.

La sabiduría y la ciencia se refieren al conocimiento y al plan divinos sobre cada uno de los hombres, sobre el mundo y sobre la historia, a la que dirige, de forma misteriosa y respetando la libertad humana, al término por Él señalado. Las vicisitudes de los acontecimientos pueden desconcertarnos, pero Dios los domina y conduce a la humanidad al proyecto que sobre ella tiene determinado desde la eternidad.

Con frases de la Escritura, concretamente del Libro de Job, Pablo se pregunta: 

1)  “Quién conoció el pensamiento del Señor?, es decir, ¿quién puede anticiparse a lo que Dios va a hacer? Nos equivocamos cuando creemos adivinar el plan de Dios sobre nosotros, pues la sabiduría de Dios sobrepasa infinitamente todo lo que nosotros podemos pensar o imaginar: “Sus caminos no son nuestros caminos y sus pensamientos no son los nuestros” (Is 55,8)

2) ¿Quién fue su consejero?, es decir, ¿quién ha podido adelantarse con su pensamiento a una posible actuación de Dios en nuestra vida? En la resolución de nuestros problemas debemos emplear todas nuestras capacidades racionales, pero siempre con la confianza de que es Dios el que, de manera misteriosa y contando con nuestra libertad, dirige los hilos de mi historia y de la historia en general hacia lo que Él considera lo mejor para nosotros: “Sabemos que todas las cosas suceden para el bien de los que le aman” (Rm 8, 28).

3) ¿Quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?, es decir, ¿quién puede dar a Dios algo que Dios no tuviera, si todo lo que somos y tenemos nos viene de Él, riqueza infinita?

Ante este misterio, que nos subyuga, no podemos hacer otra cosa que reconocer, con total confianza, nuestra dependencia de Dios, de quien han recibido su ser todas las cosas, por quien todas las cosas subsisten y a quien todas las cosas tienden. Por lo tanto, “a Él la gloria por los siglos. Amén”.

Aclamación al Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya. Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

Es ésta una introducción pertinente al Evangelio que se va a proclamar. Son las mismas palabras de Cristo a Pedro, encargándole la primera responsabilidad en su futura Iglesia.

Lectura del santo evangelio según san Mateo16,13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

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 “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”

Las respuestas son variadas. Unos dicen que Jesús es Juan el Bautista (que se supone que ha resucitado); otros, que Elías; para otros, Jeremías u otro de los antiguos profetas; en ningún caso -probablemente porque lo que Jesús decía y hacía no respondía a las expectativas que por entonces circulaban- se pensaba que Jesús era el Mesías esperado.  

“Tú eres el Cristo, tú eres el Hijo del Dios vivo”, responde Pedro a la misma pregunta, dirigida ahora a los discípulos. 

Esta respuesta ha dado mucho que hablar a lo largo de la historia, siendo interpretada de manera distinta por el protestantismo y por la Iglesia católica. 

Para los protestantes, el “Tú eres el Hijo del Dios vivo”, que añade Mateo al “Tú eres el Cristo”, recogido en los evangelios de Marcos y Lucas, es solo una manifestación de la mesianidad de Jesús. Sin embargo, los Santos Padres en general y casi todos los exégetas católicos, antiguos y actuales, afirman que la segunda parte de la respuesta de Pedro es una manifestación de la divinidad de Jesús. Ello explicaría la reacción de Jesús, al señalar que dicha respuesta no podía haber salir de la mente de Pedro, sino de una revelación del Padre -no necesariamente en aquel preciso momento, sino a lo largo del tiempo que llevaba con Jesús, escuchando sus palabras y siendo testigo de sus obras y milagros-. Entender las palabras de Pedro como manifestación de la divinidad de Jesús concuerda, por otra parte, con lo que pensaban sus enemigos, para los que de su modo de hablar y manifestarse se deducía que Jesús se consideraba a sí mismo Hijo de Dios -“porque tú, siendo hombre, te haces Dios”-, y con el asentimiento de Jesús a la pregunta del sumo sacerdote y que fue determinante para su condena a muerte: “Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios”. “Tú lo has dicho”, le respondió Jesús.

 “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará”.

En lugar de llamarlo por su nombre de pila, Simón, lo llama Pedro, que significa piedra o roca, la roca sobre la que Jesús va a edificar su Iglesia. Con la palabra ‘roca’ se designa en muchos salmos a Dios, fundamento sobre el que uno puede apoyarse incondicionalmente: “Solo Él es mi roca y mi salvación” (Sal 62, 3). En el Nuevo Testamento, este fundamento seguro es Jesús: “piedra viva, desechada por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa” (1 Pe 2,4). Jesús, por su parte, hace partícipe de esta seguridad a su Iglesia que, edificada sobre la persona de Pedro y firmemente apoyada en él, será una roca firme a la que no podrá hacer mella el poder del del mal (“el poder del infierno”).

 “Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. 

Eliaquín sobre cuyos hombros pondría el Señor las llaves para abrir y cerrar el palacio de David (1 lectura) es figura de Jesús que “tiene las llaves de David” (Ap 3, 7) para abrir y cerrar las puertas de la Vida eterna.

Este poder de las llaves es entregado a la Iglesia en la persona de Pedro: “Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” y, unidos a Pedro, a los demás apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados” (Jn 20,22-23).

“¡Qué insondables las decisiones de Dios y qué irrastreables sus caminos” (2ª lectura). ¡Quién podría haber imaginado que Jesús iba a asentar la roca de su Iglesia en elementos tan débiles y limitados como Pedro y los apóstoles, a los que comunicaría su poder de atar y desatar!

La petición que en la celebración eucarística hacemos por el Papa, por nuestro obispo y por todos los obispos del mundo debe traducirse en una actitud de comunión vital con nuestros pastores, aceptando su magisterio y valorando positivamente su papel en la Iglesia. Esta actitud no es un asentimiento ciego, sino una aceptación, desde la fe y el amor, de las directrices de unos hombres en los que, a pesar de sus debilidades, ha puesto Cristo al frente de su rebaño.

“Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías”.

¿Qué razones podían mover a Jesús a ordenar que no se diese publicidad a su misión? Quizá no quería que lo considerasen un mesías político, como demuestra el hecho de que huye solo al monte cuando quieren proclamarlo rey (Jn 6, 15), ni aprobaba que se hiciese publicidad de los milagros y curaciones ya que, con ello, se podría obstaculizar su misión y desviar la atención de su mensaje. Probablemente a Jesús le interesaba preparar a los discípulos para que entendiesen el sentido de su mesianidad: un Mesías que, lejos la riqueza y el poder humanos, venía a dar la vida por los demás, un Mesías del que “estaba escrito que tenía que padecer y resucitar al tercer día” (Lc 24, 46): “Mirad: subimos a Jerusalem, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, lo entregarán a los Gentiles para que le escarnezcan, azoten y crucifiquen; mas al tercer día resucitará” (Mt 20, 18-20). 

Es en la cruz donde Jesús se muestra, con total claridad, como el Mesías y como el Hijo de Dios: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios”, exclamó el centurión al verlo morir (Mc 15, 39).

Oración sobre las ofrendas

Señor, que adquiriste para ti un pueblo de adopción con el sacrificio de una vez para siempre, concédenos propicio los dones de la unidad y de la paz en tu Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

En muchas ocasiones la liturgia hace que trascendamos nuestro ámbito individual con el fin de vivir nuestro ser comunitario en la Iglesia, pueblo de Dios, adquirido por Cristo en su ofrenda sacrificial al Padre. Para este pueblo pedimos los dones de la unidad y de la Paz, la unidad que pidió Jesús al Padre para los que iban a creer: “que sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Jn 26, 20-21) y la paz que procede del Padre y que nos da Cristo, no la que construimos nosotros con nuestros pensamientos y actitudes carnales: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Jn 14, 27).

Antífona de comunión

La Tierra se sacia de tu acción fecunda, Señor, para sacar pan de los campos y vino que alegre el corazón del hombre (cf. Sal 103,13. 14-15).

El labrador siembra y trabaja la tierra, pero es el Señor el que la hace fecundar, sacando de ella el pan que nos alimenta y el vino que alegra nuestros corazones. Estos mismos bienes de la tierra se convierten para nosotros en el verdadero alimento y bebida, en el cuerpo y en la sangre del Señor. Al nutrirnos de este sacramento, nuestra vida se convierte en su vida y nuestra existencia pasa a ser, como en Cristo, una pro-existencia, esto es, una vida para los demás.

Oración después dela comunión

Te pedimos, Señor, que realices plenamente en nosotros el auxilio de tu misericordia, y haz que seamos tales y actuemos de tal modo, que en todo podamos agradarte. Por Jesucristo, nuestro Señor.

“Señor, ten piedad de nosotros”, así nos hemos dirigido al Señor en el acto penitencial de la Misa. Esta petición implica que nos reconocemos realmente pecadores, que somos conscientes del olvido y alejamiento de Dios que tienen nuestras actitudes personales y colectivas. Es este reconocimiento de nuestra imperfección -fruto, como todo lo bueno que nos sucede, de la gracia- el que da sentido a la primera petición de esta oración: “Realiza plenamente en nosotros el auxilio de tu misericordia”, es decir, de tu perdón. Confortados y gozosos con este perdón divino, actualizamos nuestro deseo ardiente de amar a Dios con todas las fuerzas y sobre todas las cosas, esperando con absoluta confianza que nos conceda el poder agradarle en todo lo que hagamos. “No dejamos de rogar por vosotros … para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo” (Col 1,9a-10)