Domingo 19 Ordinario A

 Domingo 19 Ordinario A


Antífona de entrada

Piensa, Señor, en tu alianza, no olvides sin remedio la vida de tus pobres. Levántate, oh, Dios, defiende tu causa, no olvides las voces de los que acuden a ti” (cf. Sal 73,20. 19. 22. 23). 

Al iniciar la celebración hacemos nuestra la actitud del salmista que, en un momento de necesidad y peligro, se dirige a Dios para recordar la alianza que estableció con su pueblo y pedirle que defienda su causa (= su proyecto de amistad con la humanidad), que proteja la vida de sus pobres y atienda los ruegos de los que ponen en él su única esperanza. 

 Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, a quien, instruidos por el Espíritu Santo, nos atrevemos a llamar Padre, renueva en nuestros corazones el espíritu de la adopción filial, para que merezcamos acceder a la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo.

En esta oración nos dirigimos a Dios, a quien, por la acción real del Espíritu Santo, tenemos el atrevimiento de llamarlo Padre. A este Padre, que todo lo puede y mantiene su fidelidad eternamente, le pedimos que afiance constantemente en nosotros la conciencia filial para que podamos un día disfrutar de las riquezas que, como hijos de Dios, nos corresponden.

Al hilo de esta oración nos hacernos estas preguntas: ¿Valoro el ser hijo de Dios como mi tesoro más preciado? ¿Es, de verdad, Dios mi preferencia por encima de cualquier otra realidad? ¿Me intereso por los problemas de los demás como lo que realmente son, como hijos de Dios y mis hermanos queridos?

 

Lectura del primer libro de los Reyes 19,9a. 11-13a

En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor». Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.

Debido al episodio, organizado por Elías, en el que el dios Baal se mostró incapaz de enviar la necesaria lluvia. Y, dado el éxito del Dios de Israel, la reina extranjera Jezabel organiza una persecución a Elías por haber asesinado a los cuatrocientos sacerdotes de Baal que dicha reina había traído al palacio del rey de Israel, con quien estaba casada. Ante esta amenaza y por su mala conciencia de haber cometido -por motivos religiosos-, un crimen contrario a la voluntad de Dios -Dios, en modo alguno, quiere la violencia-, el profeta cae en una profunda depresión y se retira al desierto con ganas de morirse. A pesar de su sangrienta acción, Dios no le retira su favor: su perdón va a servir para que Elías aprenda que el poder de Dios no se manifiesta en el furor ni en la ira ni en la violencia, sino en la dulzura y en la compasión. En esta situación, recibe de Dios la orden de proseguir su camino hacia el monte Horeb. 

Escondido en el monte, en la hendidura de una roca, vuelve a oír al Señor que le manda salir fuera y esperar. En ese momento se produjo un violento huracán que hendía las montañas y quebraba las rocas, pero Elías no encontró al Señor en el huracán. Después del huracán la tierra comenzó a temblar, pero en el terremoto no estaba el Señor. Seguidamente, se desató un gran incendio, pero en el fuego tampoco se manifestó el Señor. Por último, se levantó una brisa suave como un susurro. Elías se cubrió el rostro y adoró al Señor, que pasaba en ese momento.

Los elementos violentos de la naturaleza -huracán, terremoto, fuego- son los habituales acompañantes de la presencia de Dios, citados en las grandes teofanías del Éxodo y en muchos salmos. Ellos representaban el poder y la magnificencia del Señor. Elías, sin embargo, encuentra al Señor en el pasar de una suave brisa que le dio la paz que en este momento necesitaba.

Al Señor lo encontramos en todos los lugares y en cualquier momento podemos oír su voz. Lo podemos encontrar en momentos importantes, pero también - y ello es lo más habitual- en los acontecimientos cotidianos y, muchas veces, insignificantes de la vida. Nuestra actitud debe ser siempre de espera, pero también de búsqueda continua: “Oh Dios, tú eres mi Dios; yo te busco intensamente. Mi alma tiene sed de ti” (Salmo 63). Al Señor lo encontramos con seguridad profundizando en nuestro interior, mediante el ejercicio de la oración: “No la busques fuera, que en el interior del hombre habita la verdad” (San Agustin). Entremos, por tanto, dentro de nosotros mismos; allí, en la “noche sosegada” del silencio reflexivo percibimos una “música callada” y una “soledad sonora”: es la voz del Señor, que nos invita a recrearnos en él y en su amistad.

        Nuestra misión como cristianos suele llevarse a cabo en situaciones normales y de manera natural. La fuerza evangelizadora habita por lo común en nuestra interioridad y no tanto en la actividad frenética que, casi siempre, engendra improvisación, inquietud y nerviosismo. Así es como el Señor educa a Elías: después de gozar en paz del susurro de la brisa -continúa el texto- desanda el camino para cumplir con la misión que Dios le había encomendado.

Salmo responsorial – 84 (85)

 

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. 

Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos».La salvación está cerca de los que lo temen,  y la gloria habitará en nuestra tierra.

 

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, y sus pasos señalarán el camino.

 

 

 

Respondemos a la lectura recitando la segunda parte del salmo 84, un salmo redactado poco después del retorno del exilio babilónico. Un retorno que debería haber sido un nuevo comienzo de Israel en la relación con Dios y en la solidaridad fraterna de todos los compatriotas. Pero la realidad fue muy distinta. De hecho, muy pronto aparecieron las infidelidades a la Alianza, las disputas y disensiones con ocasión de la reconstrucción del templo y, ¡cómo no!, las injusticias sociales.

Es verdad que la vuelta a Jerusalén fue un hecho definitivamente asentado, al menos en el plano socio-político. Así lo apreciamos en los primeros versos del salmo, omitidos, por cierto, en la liturgia de este día: “Señor, has sido bueno con tu tierra, has restaurado la suerte de Jacob, has perdonado la culpa de tu pueblo, has sepultado todos sus pecados, has reprimido tu cólera, has frenado el incendio de tu ira” (2-4). Pero, como hemos dicho -“no es oro todo lo que reluce”-, existían entre los regresados, y también entre los que habían permanecido en Jerusalén, actitudes que se oponían a la voluntad de Dios y ello acentuaba el temor de que Dios no estuviese contento del todo. Daba la impresión de que muchos de los que volvieron físicamente a Jerusalén, no habían abandonado completamente las costumbres vividas en Babilonia y, contagiados por la idolatría de aquel pueblo, les faltaba la vuelta espiritual al Dios de la Alianza. Así lo atestiguan las peticiones de los siguientes versículos del salmo, también omitidos en la liturgia de este domingo: “Restáuranos, Dios salvador nuestro; cesa en tu rencor contra nosotros. ¿Vas a estar siempre enojado, o a prolongar tu ira de edad en edad? ¿No vas a devolvernos la vida, para que tu pueblo se alegre contigo?” (5-7). 

Era lógico, por tanto, que el salmista, en nombre de todo el pueblo, siguiera demandando del Señor su compasión: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”.

En la primera estrofa que nos propone la Iglesia, el salmista renuncia, al parecer, a escuchar las palabras del mundo, consciente de que éste no le va prestar ninguna ayuda, y decide escuchar la palabra del Señor. ¿Y que le dice el Señor? El Señor le habla de paz, paz para su pueblo y paz para sus amigos. Su pueblo es Israel, la nación por Él elegida para, a través de ella, llevar su salvación a toda la humanidad, y sus amigos son los miembros de ese pueblo que se mantienen fieles al pacto del Señor, aquéllos que tienen a Dios como único refugio y cuyo verdadero sustento vital es la Palabra divina.

El salmista tiene la certeza de que esta Palabra le guiará por el camino recto hacia su verdadera felicidad. Nosotros, que rezamos hoy este salmo, sabemos que esta Palabra es Cristo, la Palabra de Dios encarnada: Él, como el buen Pastor de nuestras almas, “haciendo honor a su nombre, nos conduce a las aguas tranquilas y da paz a nuestra alma” (Sal 23,1).

Esta paz mueve al creyente a esperarlo todo de Dios y a confiar en la pronta realización de sus promesas: La salvación está cerca de los que lo temen”. Para nosotros, esta salvación se ha hecho realidad en Jesús, cuyo nombre (=Dios salva) resume todo el contenido de su misión: “Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). le dice el ángel a María. Y con Jesús, que se hace uno de nosotros, “el peso de Dios”, es decir, la gloria de Dios, se hace realidad en nuestro mundo: “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). 

En la última parte del salmo se anuncia como presente un mundo nuevo, en el que el amor y la fidelidad, como si fuera personas, se funden en un efusivo abrazo, al mismo tiempo que se dan un beso de amor la justicia la pazLa verdad (la fidelidad) brota inesperadamente del suelo de nuestra y la justicia, es decir, la salvación la santidad se preparan para iniciar el nuevo camino de la humanidad, una humanidad en la que todos los hombres volverán a ser hermanos”.

Escuchemos lo que nos decía San Juan Pablo II en una catequesis sobre el salmo que nos ocupa: “Todas las las virtudes, antes expulsadas de la tierra a causa del pecado, ahora vuelven a la historia y, al encontrarse, trazan el mapa de un mundo de paz. La misericordia, la verdad, la justicia y la paz se transforman casi en los cuatro puntos cardinales de esta geografía del espíritu. También Isaías canta: «Destilad, cielos, como rocío de lo alto; derramad, nubes, la victoria. Ábrase la tierra y produzca salvación, y germine juntamente la justicia. Yo, el Señor, lo he creado» (Is 45,8)” (Juan Pablo II, Catequesis, 1984).


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9,1-5

Hermanos: Digo la verdad en Cristo, no miento –mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo–: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.

En estos primeros versículos del capítulo noveno de la carta a los Romanos San Pablo manifiesta vehementemente la tristeza y el dolor que siente por sus hermanos de raza que, al no aceptar a Cristo, en quien se cumplen las promesas hechas a los patriarcas, han negado el sentido de su propia historia. Este dolor es tan sincero, que desearía ser separado de Cristo, si ello sirviese para la conversión de sus hermanos.

Pablo sabe que este deseo es irrealizable, que Dios no puede aceptar el sacrificio de la salvación personal; pero emplea esta fórmula porque ninguna otra expresión le parece más adecuada para dar a entender la vehemencia de su amor por sus hermanos de sangre.

A continuación pasa a la defensa de su pueblo, proclamando los títulos que le darían derecho a ser, de algún modo, los primeros en recibir el cumplimiento de las promesas. Ellos tienen el nombre que Dios dio a Jacob: son israelitas (descendientes de Jacob =Israel); a ellos se les concedió en primer lugar la gracia de la adopción filial; ellos fueron el único pueblo al que Dios se manifestó personalmente; con ellos hizo Dios un pacto de amistad, renovado una y otra vez a lo largo de su historia; ellos son los herederos directos de Abraham, Isaac y Jacob y, como colofón de todo, de ellos procede el mismo Cristo según la carne, al que Dios ha constituido Señor de todo y en quien se cumplen todas las promesas.

El aspecto central de esta lectura se encuentra al final: “Cristo está por encima de todo y es bendito por los siglos”. Nosotros nos hemos insertado en la historia de Israel a través de Cristo y con él participamos de su poder sobre todas las cosas y de las bendiciones en él depositadas. 

El interés de San Pablo por la salvación de sus hermanos de raza nos da pie a la reflexión sobre el peligro de entender la salvación cristiana desde un punto de vista exclusivamente individual. 

El Concilio Vaticano II afirma a este respecto: “Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (Lumen gentium, 9).

“Nadie se salva por sí solo. Somos una comunidad, y vivir juntos nuestra fe no es un adorno, sino algo esencial de la vida cristiana, del testimonio y de la evangelización", nos dice el Papa Francisco.

Aclamación al Evangelio

        Aleluya, aleluya, aleluya. Espero en el Señor, espero en su palabra.


Proclamando la esperanza en el Señor y en su Palabra nos disponemos a escuchar la lectura del Evangelio: Señor, “como un niño en brazos de su madre” (Sal 131,2), todo lo espero de ti.



Lectura del santo evangelio según san Mateo 14,22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

Este evangelio es la continuación del relato de la multiplicación de los panes. Jesús despide personalmente a la gente, no sin antes ordenar a los discípulos que se dirigiesen en barco a la otra orilla. Él se va al monte para orar a solas. Llega la noche. La barca, azotada por el viento contrario y las olas, quedaba ya lejos de la orilla. Ya bien entrada la noche, Jesús camina hacia la barca, andando sobre el mar. Al verlo, los discípulos se asustan y gritan, creyendo ver un fantasma, Soy yo, les dice Jesús para tranquilizarles. Jesús accede a la petición de Pedro, que baja de la barca y camina hacia él. Cuando siente la fuerza del viento, tiene miedo y comienza a hundirse. Jesús, recordándole su poca fe, lo agarra y lo sostiene. Cuando suben los dos a la barca, amaina el viento. Los discípulos, postrados ante Jesús, exclaman: “Realmente eres Hijo de Dios“

“Mientras él despedía a la gente”.  

Un rasgo, que dice mucho de la humanidad y amabilidad de Jesús, es el detalle de atender personalmente a las personas que, posiblemente, no querían marcharse sin antes haber cruzado una palabra con él.        

“Subió solo al monte para orar”. 

Otro aspecto que de ningún modo podemos obviar es el trato prolongado que Jesús mantiene con el Padre, algo fundamental para comprender el origen de sus acciones y de su enseñanza. Benedicto XVI nos dice en su libro ‘Jesús de Nazaret’ que, para entender el misterio de Jesús, son fundamentales las repetidas indicaciones de que se retiraba «al monte» y allí oraba noches enteras, «a solas» con el Padre”. La relación personal con Dios en la oración es fundamental en nuestra vida cristiana, no solo, ni principalmente, como medio que nos lleve al compromiso con el Evangelio -que también-, sino como un momento imprescindible, junto con la celebración eucarística y la participación en los demás sacramentos, en el que llevamos a cabo nuestra unión con Cristo.

Jesús, centrado en el trato personal con el Padre, es igualmente consciente del momento crucial que están pasando los discípulos en una barca que, azotada por las olas y el viento contrario, está a punto de hundirse. La oración, si es auténtica, no nos evade de los problemas y sufrimientos de nuestros hermanos. Al contrario: nos acerca más a ellos y, por cierto, con un amor incondicional, que supera con creces al amor meramente humano, “pues en Dios y con Dios -nos dice Benedicto XVI- amo también a la persona que no me agrada y que ni siquiera conozco, es decir, aprendo a mirar a las personas, no sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo: su amigo es mi amigo”. (Deus caritas est, número 41).

“No tengáis miedo, que soy yo”, dice Jesús a sus atemorizados discípulos. Y también nos lo dice a nosotros en los momentos en que parece que los enemigos nos acosan por todas partes: en medio de las múltiples turbulencias de este mundo tenemos la gran seguridad de que el Señor, que siempre está a nuestro lado, no permitirá que nos hundamos en una vida al margen de Él.

“Al sentir la fuerza del viento, Pedro empieza a hundirse”. En lugar de mirar a Cristo, piensa en las dificultades y en las propias posibilidades. Una lección de suma utilidad para nosotros, que debemos, como Pedro, arriesgarnos a superar todos los obstáculos en la difusión del Evangelio, pidiendo la ayuda del Señor cuando se presenta la inseguridad y la duda. En los momentos bajos recordemos las palabras que Jesús dirige a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí” (Jn 14, 1).

Ante estas manifestaciones de Jesús -su mayestático caminar sobre las aguas, su superioridad sobre las fuerzas de la naturaleza, permitiendo a Pedro que baje de la barca y se acerque a él, y su poder soberano sobre el viento y las olas-  los discípulos, ya tranquilos, se postran ante él, reconociendo su divinidad: “Realmente eres el Hijo de Dios”

 

Oración sobre las ofrendas

        

Acepta complacido, Señor, los dones que en tu misericordia has dado a tu Iglesia para que pueda ofrecértelos, y que ahora transformas con tu poder en sacramento de nuestra salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Pedimos al Señor que acoja con agrado el pan y el vino que, frutos de su amor y expresión de los dones dados a la Iglesia, le ofrecemos en el altar. Que las palabras que sobre ellos dirá el sacerdote en su nombre los conviertan en su cuerpo y en su sangre para nuestra salvación, pues al recibirlos como alimento, nos transformaremos en él y para él.


Antífona de comunión

El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo, dice el Señor (cf. Jn 6,51).

Al comer la carne de Cristo nos asimilamos a él, siendo una sola cosa con él. “Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).


Oración después de la comunión

La comunión en tus sacramentos nos salve, Señor, y nos afiance en la luz de tu verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Sin Cristo, nuestra existencia carece de vigor e ilusión, caemos en la esclavitud del egoísmo y nos pasamos la vida dando palos de ciego. En esta acción de gracias pedimos al Señor que nos salve continuamente de esta situación calamitosa, manteniéndonos siempre junto a él, que es el camino, la verdad y la vida.

 

 

 


Domingo 16 Ordinario A

 Domingo 16 Ordinario A

Antífona de entrada

Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno” (Sal 53,6. 8).

A pesar de las persecuciones de sus enemigos, David, autor del salmo, no dudó de la bondad de Dios para con él: el Señor sostiene mi vida”. Como respuesta a su ayuda, le ofrece un sacrificio de acción de gracias. Nosotros, sostenidos también por el amor de Dios, celebramos la acción de gracias por antonomasia, en la que nos unimos a Jesucristo en su ofrenda sacrificial al Padre.

Oración colecta

Muéstrate propicio con tus siervos, Señor, y multiplica compasivo los dones de tu gracia sobre ellos, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren siempre, con observancia atenta, en tus mandatos. Por nuestro Señor Jesucristo.

          Deseamos y suplicamos a Dios que se nos muestre cercano (“propicio”) y nos conceda, no por nuestros méritos, sino por su compasión, una fe grande, una esperanza fuerte y una caridad operativa. La posesión y vivencia de estas virtudes teologales hará que no nos cansemos en el cumplimiento de los mandatos del Señor. De las mismas surgirán espontáneamente las buenas obras para con Dios, para con nosotros y para con nuestros hermanos. En ellas radica el secreto de la santidad, a la que todos estamos llamados: los santos no son superhéroes, sino pobres vasijas de barro repletas de Dios.

Lectura del libro de la Sabiduría 12,13. 16-19

Fuera de ti no hay otro Dios que cuide de todo, a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente. Porque tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos. Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto y confundes la osadía de los que lo conocen. Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres. Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores.

La misericordia de Dios no es debilidad, sino el signo más claro de su riqueza y poder. El verdadero poder no se demuestra con castigos, sino con acercamiento y perdón. El rencor y la violencia suelen ser fruto de la impotencia y de los complejos, nunca de la fuerza de las personas. El miedo nos hace gritar para intentar asustar al otro y la debilidad nos pone en situación de agresividad frente al que es diferente.

El Dios verdadero no necesita demostrar su poder humillando a sus criaturas, sino, precisamente porque es poderoso, es moderado en sus castigos, busca el arrepentimiento del pecador, nunca la venganza. 

Se ha dicho que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios de la fuerza, del poder y hasta de la condena sin remedio al hombre pecador, mientras que Jesús nos presenta un Dios compasivo, que se abaja para acoger a sus hijos. Esto no es exactamente así. En el himno del Magnificat María canta al Poderoso que ha hecho obras grandes en mí, que es santo en su nombre y que su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1,49-50). Y si hurgamos en el Antiguo Testamento, encontramos también un Dios, al mismo tiempo, poderoso y cercano, un Dios que perdona una y otra vez a su pueblo. Así lo vemos en las enseñanzas de los profetas. Cuando Israel era niño yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo por amor” (Oseas, 11, 1). 

Es en la entrega voluntaria de Cristo a la cruz donde más unidos aparecen el poder de Dios y la cercanía de Dios, su omnipotencia y su amor misericordioso a los hombres. Un

Salmo responsorial (Sal 85)

Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica.

 

Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios».

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera,

rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí.

 

En estos versículos del salmo 85, elegidos por la Iglesia para responder a la primera lectura, el salmista contempla, poniéndolas al mismo nivel, la omnipotencia y la misericordia de Dios. Dios es misericordioso porque es omnipotente y su omnipotencia la ejerce en el servicio compasivo a los necesitados. Al contrario de lo que suelen hacen los poderosos de la tierra, Dios emplea toda su fuerza y poder en amar a los seres que ha creado y, tratándose del hombre, en compadecerse de su debilidad y en perdonar todos sus errores y sus faltas para llevarlo a la felicidad a la que le ha destinado. Como comentábamos en la lectura que acabamos de oír, ‘el verdadero poder se demuestra con acercamiento y perdón, mientras que el rencor y la violencia suelen ser fruto de la impotencia y de los complejos’. 

La misericordia y la omnipotencia de Dios se ponen de manifiesto en las tres estrofas de nuestro salmo: en las dos primeras, el salmista contempla la bondad, la clemencia y el perdón de Dios para los que lo buscan, y lo mismo en la tercera: El Señor es un Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal”En la segunda el salmista insiste especialmente en su poder grandioso y único, creador de grandes hazañas: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios».

Los primeros versículos de la primera y tercera estrofa están ciertamente inspirados en el episodio del Éxodo en el que Moisés, airado contra su pueblo por prestar adoración y pleitesía a un ídolo -el becerro de oro-, hace trizas por el suelo las tablas de la Ley, como un gesto de que se ha roto la Alianza. Otra, muy distinta, es la reacción del Señor, que ordena a Moisés fabricar otras tablas y subir al monte de madrugada a entrevistarse con Él. Es allí cuando Dios, pasando al lado de Moisés, le hizo esta sorprendente y fundamental revelación: Yo soy el Señor, Dios misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado” (Éx 34,6-7). Moisés toma esta revelación de Dios al pie de la letra y, rostro en tierra, prorrumpe en esta oración; Si en verdad he hallado gracia a tus ojos, oh Señor, dígnate, venir en medio de nosotros, que somos un pueblo de dura cerviz; perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y recíbenos por herencia tuya”. El salmista, reconociendo la misericordia de Dios, hace lo mismo: las dos estrofas aludidas culminan con esta oración de petición: Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica” (1), Mírame, Señor, y ten compasión de mí” (3).

En la segunda estrofa el salmista se goza en la grandeza y maravillas realizadas por Dios y en la certeza de que todos los pueblos lo reconocerán y se acercarán a él para alabarlo: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre”. Encontramos en estas palabras una característica fundamental de la fe bíblica, a saber: que la salvación no queda circunscrita a Israel, sino que va dirigida a todos los hombres, siendo Israel el pueblo elegido por Dios para que, a través de él, se salve toda la humanidad.

Esta universalidad de la salvación se realiza plenamente en Cristo, en quien todos los hombres están llamados a ser una única familia. Así comenzaron a llevarlo a cabo los apóstoles que, obedeciendo el mandato de Cristo, se lanzaron sin complejos a anunciar la Buena Nueva hasta los lugares más lejanos de la tierra entonces conocida: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

Pidamos a Dios una fe tan grande, que nos haga identificarnos con estas actitudes del salmista, actitudes realizadas de modo excelente por Cristo, nuestro indiscutible referente en nuestro trato con el Señor en la oración y en el encuentro con los demás: es Él quien mejor conoce la bondad, la lealtad y la misericordia del Padre y es Él el que desea con toda la fuerza de su ser humano y divino extender su Buena Nueva de salvación a todos los hombres. Esta extensión del Reino de Dios a todos los hombres fue la razón de ser de su venida al mundo y de su existencia entre nosotros. 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,26-27)

Hermanos: El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

 Estos dos versículos del capítulo 8 de la carta a los Romanos son la continuación de la segunda lectura del pasado domingo: en ella nos alegrábamos por poseer ya ahora las primicias del Espíritu.

Es este Espíritu el que acude en ayuda de nuestra debilidad, manifestada en este caso en nuestra incapacidad para la oración: en muchas ocasiones no sabemos lo que debemos pedir y cómo lo debemos pedir.  Es él, el Espíritu, el que se pone en nuestro lugar para provocar gemidos que, aunque no los entendamos, son la manifestación de nuestros deseos más íntimos y auténticos. El Padre, que sondea hasta el fondo nuestros corazones, conoce cuáles son estos deseos del Espíritu y sabe que están de acuerdo con lo que realmente necesitamos.

En esta situación nos ponemos en los brazos del Padre, renunciando a nuestra propia iniciativa, para que sea el Espíritu el que ore en nosotros y por nosotros. De esta forma realizamos nuestro ser hijos de Dios”, haciéndonos niños pequeños que todo lo necesitan de su padre. Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mc 18, 3).

Aclamación al Evangelio

          Aleluya, aleluya, aleluya. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños.

          Es a los pobres y pequeños a los que más toma en serio Jesús, según vemos en muchos pasajes de su vida en la tierra. Contemplemos a Cristo bendiciendo y dando gracias al Padre por revelar sus misteriosos planes a los sencillos. ¡Concédenos, Señor, parecernos a Cristo, que se hizo el más pequeño entre los pequeños y el más pobre entre los pobres! 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,24-43)

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Él les dijo: Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero él les respondió: No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».] Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas». Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta». Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo». Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo». Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

          Dividimos la lectura del Evangelio en cinco partes. En las tres primeras Jesús nos expone la parábola de la cizaña (1), la de la mostaza (2) y la de la levadura (3). Después de una breve explicación sobre el porqué de la enseñanza en parábolas (4), Jesús, como ya hizo con la del sembrador, nos desvela el significado de la parábola de la cizaña (5). 

Con la parábola de la mostaza se muestra la potencia extensiva del Reino de Dios: una de las semillas más pequeñas se convierte en un árbol grande, De un grupo pequeño de seguidores de Jesús se desarrolla la Iglesia, que se esparcirá en muy poco tiempo por todo el mundo conocido. ¿Quién podría imaginar que de la persona y el mensaje de un judío, ajusticiado en una cruz por el imperio romano, rechazado por su propio pueblo y abandonado por sus discípulos, pudiera  surgir un movimiento que dos mil años después siga creciendo por todos los países del mundo? 

Los inicios de cualquier proyecto humano suelen ser de tal forma insignificantes, que, si no estamos muy convencidos de su valor, el proyecto se truncará ante las primeras dificultades. En la vida cristiana pasa lo mismo. Si no estamos plenamente convencidos de la potencia transformadora del Evangelio, es decir, si no tenemos fe, todos nuestra vida espiritual quedará en buenos deseos: Si tuviereis fe como un grano de mostaza..., nos dice Jesús en otra ocasión- diríais a este monte: pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mt 10, 20).

Con la parábola de la levadura se resalta la eficacia intensiva que tiene el Evangelio para transformar los corazones de los hombres. La Palabra de Dios, cuando es acogida en el alma con sinceridad, va poco a poco contagiando los distintos niveles del hombre (los pensamientos, los deseos, los sentimientos, las actitudes...) hasta que consigue fermentar todo nuestro ser. Pero para que se produzca este milagro hace falta también tener la fe del grano de mostaza, fe que, por ser un don de Dios, tenemos que pedir continuamente: Señor, yo creo, pero aumenta mi fe” (Mc 9, 24),

Antes de pasar a la explicación de la parábola de la cizaña, San Mateo, se sirve del salmo 77 para hacernos ver que toda la vida y obra de Jesús, en este caso, su enseñanza a través de parábolas, es un cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento: Abriré mi boca en parábolas; (y en parábolas) anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo

Significado de la parábola de la cizaña. De acuerdo con la explicación que nos da Jesús, la semilla que el Hijo del hombre siembra en el campo del mundo no es, en este caso, la Palabra de Dios, sino las personas que han sido tocadas por la Palabra de Dios; la cizaña son los partidarios del maligno. El dueño del campo no permite a los criados  eliminar la cizaña porque, al arrancarla, se corre el peligro de arrancar con ella el trigo. Es decir. Hay que dar tiempo para que los partidarios del mal puedan convertirse -Dios quiere que todos los hombres se salven”- y a que los hijos del Reino puedan crecer en santidad a través de las dificultades de la vida.

El trigo y la cizaña no son realidades separadas en la sociedad, como si el mundo estuviese dividido en buenos y malos, sino que, como dice San Agustín, ambas realidades, es decir, el bien y el mal, se encuentran mezclados y confundidos, tanto en la sociedad como en el corazón del hombre. No nos compete a nosotros eliminar totalmente el mal de nuestro mundo, aunque, como cristianos, tengamos la obligación de luchar para atraer al Reino de Dios a los que estén realmente apartados de él.

 La eliminación definitiva del mal solo compete a Dios que, como justo juez, no dejará que los males de la historia queden definitivamente borrados ni permitirá que las buenas obras queden sin recompensa.

Oración sobre las ofrendas

Oh Dios, que has llevado a la perfección del sacrificio único los diferentes sacrificios de la ley antigua, recibe la ofrenda de tus fieles siervos y santifica estos dones como bendijiste los de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en alabanza de tu gloria beneficie a la salvación de todos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

En el sacrificio de la cruz Cristo lleva a la perfección todos los sacrificios de la Antigua Alianza y todas las ofrendas que nosotros podamos hacer a Dios. Las dones principales que en este momento del ofertorio ofrecemos al Padre son el pan y el vino, que van a ser consagrados y convertidos en el cuerpo y en la sangre de Cristo. Juntamente con ellos, ofrecemos a Dios nuestra propia vida, representada en nuestras aportaciones particulares, incluida nuestra aportación económica. Deseamos que nuestras ofrendas sean bendecidas y santificadas por Dios para nuestra santificación y la santificación de los demás,

Antífona de comunión

Mira, estoy a la puerta y llamo, dice el Señor. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap 3,20).

¿Abrimos al Señor la puerta de nuestro corazón o dejamos que pase las los días y las noches solo, en el umbral de nuestra casa, sin querer saber nada de él? 

“¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,  si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras!”  (Lope de Vega)

Oración después de la comunión

Asiste, Señor, a tu pueblo y haz que pasemos del antiguo pecado a la vida nueva los que hemos sido alimentados con los sacramentos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor. 

 .., despojaos del viejo hombre… … y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad verdadera” (Ef 4, 22-24). El paso de nuestra vida de pecado a la vida de hijos de Dios es la continua tarea del cristiano que debe estar siempre en proceso de conversión. Es para la realización de esta tarea por lo que pedimos que Dios ayude a los que acabamos de recibir el sacramento eucarístico.